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Sábado, 13 de mayo de 2006

CINE › ABBAS KIAROSTAMI EXPLICA SU PREDILECCION POR LA FOTOGRAFIA

“Sólo una foto registra la eternidad”

La exposición de fotos del director de El sabor de la cereza que cuelga en el Malba hasta junio coincide con el estreno de Five, su experiencia más radical hasta la fecha, un film contemplativo que, concebido a partir de cinco únicos planos fijos, desafía los límites de la “imagen en movimiento”.

 Por MICHEL CIMENT

En los últimos 25 años, el realizador iraní Abbas Kiarostami ha explorado, además del cine, los campos de la fotografía y la poesía, que comparten con su obra cinematográfica tanto una búsqueda estética singular como la reflexión sobre el lugar del hombre en el mundo. En este sentido, Kiarostami se reconoce hoy más como fotógrafo que como cineasta.

–Usted ha sido pintor y dibujante. ¿Qué tipo de relación tienen esas formas artísticas y la fotografía?

–No creo que me esté preguntando en qué se parece o no la pintura a la fotografía. Esas dos formas de expresión, como su nombre lo indica, tienen sus propias particularidades. Esta pregunta es difícil, dada la multitud de otras preguntas que puede engendrar. Por ejemplo, de qué tipo de pintura o de fotografía estamos hablando. Es casi obvio que entre las pinturas realistas y la fotografía de la naturaleza existen puntos en común. Se trata de la mirada de un hombre sobre un sujeto: la naturaleza. Esta ha sido la fuente de inspiración de todos los tiempos y ése podría ser un punto en común entre la pintura y la fotografía.

–De manera complementaria, ¿cómo puede el ejercicio de la fotografía servir a la dirección de cine y viceversa?

–Una puesta en escena simple e inmóvil es en realidad como la fotografía. Cuando se trata de una puesta más compleja, con una cámara que se mueve, es aún fotografía pero en movimiento. El visor funciona como un simple aparato fotográfico. Mirar buscando un cuadro es un ejercicio permanente que finalmente ayudará a la dirección de cine. Debo hacer una confesión: me gustaría haber nacido con barras rectangulares pegadas a la pupila para habituarme a mirar todo a través de ese cuadro sagrado...

–¿Cuál es el origen de estas fotografías?

–La primera imagen capturada por el ojo humano debería ser considerada como el nacimiento de la fotografía. Se cuenta que el diablo convenció a Eva para que comiera el fruto prohibido para ser más bella, tan bella como la imagen que se esconde en un pozo. Eva miró en el pozo y por primera vez vio una imagen: la suya. Podríamos decir que la fotografía se inventó porque Eva quería ver la imagen de la otra: la creación de una imagen eterna.

–¿Desde cuándo practica usted la fotografía?

–Los primeros años de la revolución frenaron nuestro trabajo. Un día en que no tenía nada que hacer, me compré una cámara de fotografía Yashika barata y tomé el camino de la naturaleza. Tenía el deseo de ser uno con ella y ella me conducía. Al mismo tiempo tenía el deseo de compartir con los otros esos momentos agradables de los que había sido testigo. Fue el motivo por el cual comencé a tomar fotografías. Eternizar de alguna manera esos momentos de pasión y de dolor.

–Entre todos los géneros de fotografía –retrato, naturaleza muerta, desnudos, reportajes, escenas callejeras, publicidad–, usted se consagra exclusivamente a los paisajes. ¿Por qué?

–Creo haber respondido ya a esa pregunta. Mis fotos no son el resultado de mi amor por la fotografía, sino del amor que le tengo a la naturaleza. Es como un regalo o un souvenir.

–En el cine, usted hace muy pocas tomas y a menudo para usted la primera es la mejor. ¿Es lo mismo en fotografía, elimina muchas fotos que ya tomó y según qué criterio?

–El método de trabajo en el cine es diferente al de la fotografía. Para el cine, todo ya está preparado, organizado. Cada plano, aunque sea independiente, depende también del plano precedente y del que le sigue. El director ya tiene su idea en la cabeza, y durante el rodaje trata que la escena corresponda a lo que él imaginó. Es muy diferente con la fotografía, sobre todo la de la naturaleza. A veces, una imagen aislada y subjetiva perturba la coherencia mental del fotógrafo y lo incita a tomar una posición, a concentrarse, a hacer una elección, y finalmente a apretar el disparador para tomar la foto. Nada se organizó con anticipación. A menudo se habla de los cazadores de imágenes. Creo que esta expresión lo dice todo. A menudo, se fija el sujeto, pero si lo que se ve en el cuadro no satisface, la foto no se toma. Es algo que me sucede seguido. Creo que una buena foto se manifiesta en el momento en que se la toma. En realidad, no llego a definir qué es una buena foto. Simplemente tengo un sentimiento de satisfacción. A menudo es ese sentimiento el que me dirige. No existe una regla absoluta que me hace apretar el disparador, salvo el placer instantáneo. Cuando no estoy satisfecho con la revelación, rompo todo.

–¿Va en busca de paisajes específicos o se deja guiar por el azar?

–De ninguna manera. En lo que concierne al sujeto, no busco un paisaje en particular. Pero es natural que en un día de otoño, por ejemplo, si me encuentro en las estepas, y es el crepúsculo, mis fotos tendrán un carácter otoñal. Es el paisaje mismo el que me invita a detenerme y grabarlo en la película. La composición de elementos, el color y, sobre todo, la luz son determinantes para la belleza de la imagen, le dan su carácter particular.

–Usted quiso esperar hasta la primavera para filmar la secuencia final de El sabor de la cereza. ¿Hay estaciones predilectas para su trabajo como fotógrafo?

–Todas las estaciones son buenas para la fotografía. Para mí, trabajar en primavera es un poco difícil. La primavera tiene su propia estética, que no me conviene. Escapar a los clichés de las fotos primaverales es realmente difícil. Durante esta estación, los colores son crudos, sobre todo el verde. En cambio, adoro el otoño y el invierno. Tomo una enormidad de fotos durante estas dos estaciones. Me gustaría tener un álbum de fotos de primavera, pero en la centena de negativos que tengo sólo hay unas pocas que me gustan. Me parece que el tiempo en la primavera es tan bello que la cámara es inadecuada.

–Roland Barthes escribió: “Lo que la fotografía reproduce infinitamente sucedió sólo una vez”. ¿Esta frase se aplica a la foto del paisaje?

–Estoy totalmente de acuerdo con Barthes. Sólo la fotografía puede ofrecernos ese lujo de registrar para la eternidad los momentos únicos que no duran más que un instante. Una vez, fotografié un árbol inmenso que se encontraba entre dos colinas. El negativo de esa foto se rayó en el laboratorio. Dos días más tarde fui a fotografiar el mismo árbol en el mismo momento, con el mismo objetivo y desde el mismo eje. Comparé las dos fotos. No se parecían para nada. Se puede fotografiar el mismo paisaje varias veces seguidas. Las fotos pueden ser todas bellas, pero jamás serán parecidas. ¿Heráclito no decía que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río? El río no será nunca más el mismo, y uno también ha cambiado. Una vez filmé dos veces la misma escena bajo las mismas condiciones y obtuve dos resultados diferentes. Usted no me va a creer, pero parecía que los árboles expresaban dos sentimientos diferentes.

–La fotografía de paisaje, ¿es también para usted un reflejo del hombre sobre su lugar en la naturaleza?

–En el misticismo islámico, el cielo, la tierra y el árbol no están en conflicto, más bien lo contrario, existe una intimidad y una unidad entre ellos. Por eso prefiero que hablen de una mirada que reconcilie al hombre y la naturaleza.

–¿Qué pintores de paisajes admira usted particularmente?

–Ahora que usted insiste, estoy en la obligación de decir que mi pintor preferido es la naturaleza, pero si usted quiere un nombre, me gustan las fotos de Ansel Adams. Parece que fotografió toda su vida el jardín público de su barrio.

–Salvo alguna excepción, no hay seres vivos en sus paisajes. ¿Por qué?

–Esta dificultad fue creada por sí misma. Quizás haya que ir a ver el costado de mi inconsciente. Si a veces se pueden encontrar seres vivientes en mis fotos, es porque son parte de la naturaleza. En mis nuevas fotos todavía inéditas, se ven más. Pero, como acabo de decir, están íntimamente ligados a la naturaleza. Los perros vagabundos, la oveja, el pastor y los campesinos son partículas de la naturaleza.

–Usted tiene una predilección por los árboles...

–Para mí el árbol es un fenómeno maravilloso y en mis fotos trato de capturar algunos momentos de esa maravilla. La forma, el ángulo de la toma y la luz contribuyen a crear el aspecto material y objetivo de la esencia del árbol. Pero cada vez que se miran las fotos, el espíritu general y organizado del árbol se encuentra en la existencia de los diferentes árboles y sugiere una definición secreta de los árboles: un árbol viejo, un árbol joven, un árbol grueso, un árbol verde, un árbol seco, un árbol primaveral, un árbol otoñal. Pero esas fotos y esos árboles nos indican también otra cosa, un árbol vivo, un árbol enfermo, un árbol alegre, un árbol triste, un árbol inquieto, y árbol calmo y un árbol... simplemente un árbol y nada más. Ibn Arabi dice que el árbol es la hermana del hombre. Dice que la palmera está hecha de la esencia del hombre y por consecuencia posee las mismas zonas sombrías que los seres humanos. Es bajo la sombra de una palmera que María y su bebé encontraron refugio. Los budistas reconocen al árbol bajo el cual Buda llegó a la luz y que se convirtió en lo que él se convirtió. En la literatura persa también se habla de árboles maravillosos. Arboles que representan atributos humanos. El árbol y la vida del hombre están ligados de manera inseparable. Se arraigó en nuestra vida cotidiana, en nuestra cultura, en nuestro espíritu, en nuestros sueños, en nuestros mitos y leyendas y finalmente en los secretos y los misterios de todas las religiones. Es por eso que son raras las personas que conscientemente o no se sienten familiares con el árbol. Para retomar la comparación de Ibn Arabi, puedo confesar que extraño más a un árbol que a mi hermana. Puedo vivir sin mi hermana, ¡pero jamás sin un árbol! No hablo de los beneficios que me puede dar. Amo al árbol por él mismo, sin pensar en el oxígeno y los frutos que me da.

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“Prefiero una mirada que reconcilie al hombre y la naturaleza”, dice Kiarostami.
 
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