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Miércoles, 18 de julio de 2012

CINE › EL GENERAL ALADINO CONTESTA POR SACHA BARON COHEN

“Los colegas que más admiro son Saddam, Muammar y Dick Cheney”

El actor británico no acepta entrevistas si no es caracterizado como el personaje del que se trate para la ocasión. Como mañana se estrenará El dictador, donde encarna a un líder de un país norafricano, todo lo que dice será usado en su contra.

 Por Bruce Silverstein

Se llama General Aladino, es el dictador de un país norafricano llamado Wadiya, tiene por guardaespaldas a un grupo de modelos esculturales y dice estar empeñado en una heroica cruzada para impedir que la nefasta democracia llegue algún día al país al que tan amorosamente oprime desde hace décadas. El dictador es la nueva película de Sacha Baron Cohen, el cómico británico que con películas como Borat y Brüno hizo desternillarse de risa a medio mundo y ofenderse a muerte a la otra mitad. Desde ya que en El dictador, que se estrena mañana en Argentina, Baron Cohen (visto recientemente como oficial de policía francés en La invención de Hugo Cabret, de Martin Scorsese) no hace nada por congraciarse con aquellos y aquellas a quienes antes injurió. La película está llena de los chistes más ofensivos que puedan imaginarse, trátese de género, política, política de género y condición humana en general. Pero claro, que alguien se ofenda por los chistes antisemitas que pueda hacer un cómico judío (descendiente de sobrevivientes de campos de concentración, para más datos) en el papel de dictador árabe es algo que habla más de la inteligencia del ofendido que de la literalidad del ofensor.

Creador de sus propios personajes, Baron Cohen sabe que cuenta con la mejor arma para promocionar una película: él mismo. Desde las semanas previas al estreno de su opus 1, Ali G Indahouse (2002, lanzada en DVD en Argentina), este londinense no acepta entrevistas si no es caracterizado como el personaje del que se trate para la ocasión. De allí que la decisión que la BBC tomó poco antes del estreno de El dictator de no aceptar hacerle entrevistas en ninguno de los medios de su cadena si no lo hacía “descaracterizado”, generó un pequeño escandalete, siendo tomada, tanto por Cohen como por los medios en general, como censura encubierta. “Soy un gran admirador de la censura de Estado, pero que la BBC prohíba mi participación en sus pobres programas es un ultraje”, respondió Baron Cohen a través del periódico sensacionalista The Sun. Aunque, como se notará, no fue Baron Cohen quien respondió en verdad, sino el General Aladino, en su nombre.

La BBC se mantuvo en sus trece, Baron Cohen también, y no hubo entrevistas a él en ningún medio de la BBC. Lo cual no impidió, claro, que Aladino se presentara, con su larga barba alla Saddam, el uniforme lleno de medallas, el harén de chicas semidesnudas y, sobre todo, la lengua lista para las mayores ofensas, en cuanto programa de televisión estuviera dispuesto a recibirlo. Todo empezó en la lejana Australia, donde fue tal la incomodidad del terceto de entrevistadores del noticiero matutino ante el despliegue de bromas subidas de tono, que el propio General no dejó de advertirlo. “Sé lo que están pensando”, les dijo. “¿A quién se le ocurrió traerme?” Propuso que hicieran con el productor lo que él con sus opositores, allá en Wadiya: ejecutarlo. La que sigue es una de las entrevistas que Aladino concedió a diestra y siniestra en el mundo entero, con la generosidad que lo caracteriza.

–Imaginamos que estará furioso por el episodio de censura que tuvo con la BBC.

–Creo que a la gente de la BBC se le fue la mano. Yo lo único que quería era usar la cadena para promover mi política antioccidental y antisionista, tampoco era para tanto...

–¿Qué piensa sobre el presidente Obama?

–Me unen con él los más estrechos lazos. No se olvide de que fue mi padre quien, siendo presidente de Wadiya, ayudó a hacerlo entrar en Estados Unidos desde Kenia, donde Obama fue niño-soldado en la sección local de Al Qaida.

–¿Se siente traicionado por él?

–¿Cómo quiere que me sienta? Lo único que pido son armas más poderosas que las que Estados Unidos me proveyó en los ’90. Versiones más avanzadas de esas armas, nucleares... Se niega a dármelas, a pesar de que ya di garantías de que voy a hacer un uso responsable de ellas.

–¿A qué se refiere con “uso responsable”?

–Ya dije públicamente que sólo voy a lanzarlas cuando el viento no sople hacia Estados Unidos, pero parece que eso no les basta. Nada es suficiente para ellos.

–¿Qué política piensa seguir hacia el Estado de Israel?

–No pienso reclamar derechos de pesca sobre la olla que va a ocupar la zona del Mediterráneo donde ahora está Israel, una vez que ese país haya sido removido del mapa. Aun a pesar de esa clase de gestos de mi parte, ellos me siguen acosando. Son así, no tienen remedio.

–¿Mantiene relaciones con otros dictadores?

–Sumamente fluidas. Los miembros del Eje del Mal sostenemos reuniones anuales de dictadores, en un resort ubicado en la isla de Antigua.

–¿Puede darme una breve opinión sobre algunos de sus colegas?

–Desde ya que a quienes más admiro son Saddam, Muammar y Dick.

–¿Qué Dick?

–Dick Cheney, el ex vicepresidente de Estados Unidos, en tiempos de Bush.

–¿Y Kim Jong-il, ex dictador de Corea del Norte?

–Fue una gran inspiración para mí. El desparramó piedad, sabiduría y herpes sobre el mundo.

–¿Cree que Kim Jong-un, su hijo, representará una adecuada continuidad para la dictadura impuesta por su padre?

–No veo que esté dando los pasos correctos. Todo dictador tiene que tener un buen director de vestuario y está visto que el de Kim Jong-un no es el caso. En términos de vestuario, parecería no terminar de decidirse entre el Elvis soldado y el Elvis gordo de Las Vegas. Necesita un urgente golpe de timón en ese terreno.

–La mayoría de sus ídolos murieron recientemente: Saddam, Khadafi, Kim Jong-il. ¿Será que la era de los dictadores se acerca a su fin?

–No diga tonterías, por favor. Se trata de una moda pasajera, como el ula-ula o los derechos humanos. Yo estoy muy tranquilo de que no habrá “primavera árabe” en Wadiya. Los meses de primavera fueron removidos del calendario wadiyano en fecha reciente, y el mes de febrero tiene ahora 128 días en mi país. En cuanto a Muammar, debo reconocer que estoy empezando a desear que atrapen al verdadero. Desde que su doble fue masacrado en Libia, Muammar se instaló en mi palacio y ya me tiene un poco harto, si me permite que le diga. Le digo más: desde que lo tengo de inquilino empiezo a entender por qué el pueblo libio lo odiaba tanto.

–¿Tiene miedo de ser odiado usted también por el pueblo wadyano?

–¿Odiado? Si acabo de ganar el premio al Mejor Dictador 2011. Kim Jong-un quedó verde con el premio, creyó que lo iba a ganar él. Como si ser gordo y buen dictador fueran lo mismo.

–¿Qué piensa sobre la actual situación en Siria?

–Me da vergüenza ajena la reacción popular en contra de mi colega Bashar Al Assad. En cuanto cometió un pequeño genocidio ya estaba todo el mundo en armas contra él, como si fuera un monstruo.

–Usted ha padecido una trágica historia personal, ¿verdad?

–Mi madre falleció por estrangulamiento durante el parto. En cuanto a mi padre, resultó tener una intolerancia por las granadas. En los buenos tiempos de los dictadores caballerescos, era suficiente con asesinar a tu padre para serlo. Ahora eso no basta, para llegar a dictador es necesario anular elecciones y arrestar a los ciudadanos de tu país.

–¿Qué clase de relaciones mantiene su país con Kazajistán?

–Las mejores, todo un ejemplo de amistad y cooperación internacional. Ellos son gente de coraje, no se andan fijando en tonterías como las sanciones internacionales. Nos venden lo que les pidamos: minerales, armas, manzanas, esclavos, lo que sea...

–Hay quienes acusan a El dictador de ser pura propaganda.

–¡Que necedad! Lo único que pretendía con mi película era que fuera de visión obligatoria en mi país, que mi pueblo siga viendo en mí el mayor ídolo popular de todos los tiempos.

–¿A eso apunta su declarada intención de dedicarse a la actuación, una vez retirado de la política?

–Llegará el día en que me canse de reprimir y asesinar a mis conciudadanos y prefiera dedicarme a la actuación, como hizo Schwarzenegger después de su asesinato, cuando lo convirtieron en una máquina.

–¿Se considera cinéfilo?

–Desde ya. Mi género favorito es la ciencia ficción. La lista de Schindler, sobre todo. Un extraordinario trabajo de la imaginación. Fuimos a verla con mi amigo Mahmud Ahmadinejad, el presidente iraní, y la pasamos bomba.

–¿Cómo hace para tener tanto éxito con las mujeres?

–Retener sus pasaportes es un factor que influye. Algunas logran huir de mi disco privada, pero sobrevivir en el desierto no es fácil.

–¿No le parece contradictorio salir de shopping por Nueva York, teniendo en cuenta su declarado odio hacia los Estados Unidos?

–Para nada, me encanta Nueva York. Hoy fui a Prada y me compré tres trajes y dos vendedoras.

–¿Es verdad que logró levantar una pista de esquí en su país? ¿Cómo hizo, teniendo en cuenta que es puro desierto?

–Helando 20 mil millones de botellas de agua traídas de las islas Fiji.

–¿Qué otros hobbies tiene, además de esquiar en la nieve?

–Mantener mi barba a la altura del ombligo, coleccionar tanques, apostar cuántas modelos de Victoria’s Secret puedo hacer entrar en mi cama y jugar al juego de Internet Angry Birds.

–¿Qué versión de Angry Birds prefiere?

–La de iPhone y la real, que juego disparando sobre pájaros en extinción.

Traducción, edición e introducción: Horacio Bernades.

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