espectaculos

Viernes, 16 de agosto de 2013

CINE › SIP’OHI, EL LUGAR DEL MANDURE, DIRIGIDA POR SEBASTIAN LINGIARDI

Mirada real sobre la cultura wichí

Hablada íntegramente en el idioma de ese pueblo originario, la película de Lingiardi es toda una revelación. No hay aquí nada de los lugares comunes del hombre blanco frente a otra cultura y sí un retrato tan respetuoso como transparente, sin sobrecarga dramática.

 Por Juan Pablo Cinelli

Hablado por completo en wichí, Sip’Ohi, el lugar del Manduré, de Sebastián Lingiardi, es sin dudas un objeto cinematográfico infrecuente, que se propone no sólo enajenar a sus espectadores ubicándolos frente al desafío de esa lengua a la vez extranjera y propia, en tanto forma parte de las que se hablan dentro del país, sino que va todavía más allá. Este documental representa una de las puertas de entrada más vívidas que se puede tener dentro de una sala de cine hacia un universo desconocido (pero posible). Ese universo es el de la cultura wichí, y aunque en efecto se trata de un documental, el salto entre ambas realidades, pantalla de por medio, no deja de ser sorprendente. No sólo por la distancia que media entre la vida en la periferia del mundo occidental y cristiano que representa Buenos Aires y la sencillez empobrecida y semisalvaje de la comunidad wichí, sino porque el salto mismo representa una experiencia mucho más reveladora de lo que aquellas diferencias obvias suponen.

Los protagonistas de Sip’Ohi se dedicarán a contar historias, aquellas que han sido acarreadas hasta la actualidad de padres a hijos y que conforman la cosmovisión del pueblo wichí. Como en otras culturas, la primera de ellas remite a la historia del fuego. Un tigre se adueña del fuego y lo acapara, mientras otros animales fracasan una y otra vez en el intento de escamotearle al menos una brasa con la cual replicar y compartir aquel regalo de la naturaleza, de cuyos beneficios disfruta sólo su dueño. Mientras una voz gastada y morosa va construyendo el relato, en la oscuridad un par de manos se empeñan en sacarle algunas chispas a un palito frotándolo contra otro. Pero esa sincronía entre las palabras y su representación, un juego dramático que define el modo en que Lingiardi elige hacer su narración, no es lo que carga de energía a esta primera escena. Lo que no deja de sorprender es el modo en que aquella historia ancestral, cuyos orígenes se pierden en la noche de la historia preincaica, puede ser traducida de este lado de la pantalla, por ejemplo, a la dialéctica socialista.

Aunque esa conclusión parece difícil de trazar, la siguiente historia no hace sino apoyar a quien elija ese juego de trasposiciones. El narrador cuenta enseguida acerca de un tigre, sin dudas el mismo de antes, que se complace devorando un caballo entero y se niega a compartirlo con un zorro. “El tigre es el hombre blanco”, dirá el narrador, “que se niega a compartir la comida con nosotros, que somos el zorro”. Ambos relatos, fácilmente asimilables como metáforas del mundo moderno, se encuentran unidos por una escena urbana, breve y única, en la que Gustavo Salvatierra, miembro de la comunidad, afirma que en la ciudad no hay nada wichí, y decide regresar con los suyos. Esa afirmación (“Acá no hay nada wichí”) genera un juego de espejos, en donde la extrañeza de Gustavo enfrenta a la del espectador, quien podrá pensar, y con razón, que en esta película tampoco hay nada familiar, repitiendo en ese reflejarse ad infinitum la ecuación de civilización contra barbarie, pero con un resultado bien distinto.

Viendo Sip’Ohi es inevitable no pensar en El etnógrafo, el formidable documental de Ulises Rosell: los rostros y los paisajes que habitan ambas películas sin dudas son hermanos. Pero si en el film del primero el inglés Palmer funcionaba como intermediario y era quien portaba el hilo de Ariadna que permitía ir y venir del extrañamiento que produce el sumergirse en una realidad ajena, el de Lingiardi le impone al espectador la posibilidad de ver el mundo con la mirada wichí (o lo más parecido que puede haber a esa experiencia imposible). Aun así tiene la delicadeza de no acosar torpemente la sensibilidad burguesa, siempre tan susceptible, evitando empeñarse en el retrato de la parte más miserable y urgente de la vida en esas comunidades. Por el contrario, en un rico diálogo final acerca de la forma más apropiada de visibilizar a este pueblo relegado, uno de los protagonistas afirma que “vamos a dejar de pedir reconocimiento cuando hablemos por nosotros mismos”. Y de eso se trata Sip’Ohi: de mostrar lo oculto y de ver lo invisible. De que a un lado de la pantalla unos digan lo que han callado y de sugerir a los que están del otro que dejen de taparse los oídos.

Compartir: 

Twitter

El documental es la más vívida puerta de entrada dentro de una sala de cine hacia un universo desconocido.
 
CULTURA Y ESPECTáCULOS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2022 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.