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Viernes, 16 de agosto de 2013

CINE › A LA CANTABRICA, ESCRITA Y DIRIGIDA POR EZEQUIEL ERRIQUEZ

Un enigma que nunca termina de revelarse

 Por Diego Brodersen

Hay tres películas conviviendo en A La Cantábrica, primer largometraje de Ezequiel Erriquez que viene de recorrer festivales como el de Roterdam y el de Mar del Plata. La primera de ellas describe la relación de cuatro púberes (tres varones y una chica), su convivencia en la escuela, sus vagabundeos por un ambiente definidamente suburbano. La segunda acompaña a cada uno de los integrantes del cuarteto en solitario, concentrada en la vida familiar o en sus conflictos personales: la chica sufre cada uno de los minutos de sus clases de ballet, uno de los muchachos se enfrenta a la enfermedad de su abuela, otro parece obsesionado con su incipiente sexualidad. La tercera intenta relacionar las dos anteriores con un contexto histórico determinado, los últimos años del menemismo, y con las consecuencias sociales de sus políticas. La Cantábrica del título es, precisamente, el nombre de una fábrica en la cual trabaja el padre de uno de los protagonistas, a punto de bajar sus persianas para siempre.

Las tres películas cohabitan y se relacionan de manera algo espasmódica, como si el enlace entre ellas estuviera determinado por un delgado hilo siempre a punto de cortarse. Existe asimismo una lucha entre las escenas de observación, donde la cámara sigue a los protagonistas en sus ratos de ocio, momentos de escasas o nulas palabras donde el film logra generar climas interesantes, y aquellas en las cuales A La Cantábrica adopta un tono enfático, con diálogos que muchas veces se sienten falsos, inexactos. La obsesión de Erriquez por el trasfondo social (el realizador nació en 1985, por lo que no resulta ilógico imaginar un componente personal en esa descripción) lo lleva a incluir regularmente, casi de forma cronometrada, alguna referencia a hechos puntuales ocurridos durante aquellos tiempos, de la Carpa Blanca de los docentes al asesinato de Cabezas –entre otros menos recordados–, casi siempre bajo la forma de un televisor prendido en el fondo del cuadro. Esa recurrencia, lejos de sumar relevancia o profundidad, termina empapando el relato de un tono alegórico no siempre pertinente.

El film gana en precisión narrativa durante su segunda mitad, se hace más interesante, pero al mismo tiempo comienza a sumar elementos simbólicos que anuncian la inminencia de un grave hecho. A La Cantábrica termina con un regreso a su primera escena, con el grupo de chicos ingresando a la fábrica del título, transformada ahora en terreno abandonado, y un enigma que Erriquez no desea resolver. ¿Es esa incógnita un simple misterio o una metáfora de algo mucho más importante y aterrador? Todo parece señalar lo segundo, pero la película llega a su fin y deja al espectador con la sensación de que lo más interesante son algunos destellos de verdad que se cuelan entre los resquicios de un guión tenso y tal vez demasiado programático.

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