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Sábado, 19 de octubre de 2013

CINE › CAITO, EL DEBUT EN LA DIRECCION DEL ACTOR ARGENTINO GUILLERMO PFENING

La historia de Luis, sin golpes bajos

De larga trayectoria en televisión y varias apariciones en la pantalla grande, Pfening consigue un debut como director por demás convincente, que pone el foco en su hermano menor.

 Por Horacio Bernades

Hay una escena de Caito en la que se celebra un asado en honor del protagonista, Luis “Caito” Pfening. Uno de los intervinientes (a la sazón, el actor Lucas Ferraro) canta una canción compuesta especialmente para él. En ese momento es como si la película entera condensara su función, su ambición y su sentido. Así como el personaje que Ferraro representa en ese momento (y que bien podría ser el propio Ferraro), el actor Guillermo Pfening “compone” su primer largo como realizador en homenaje a su hermano, cuyo seudónimo familiar da nombre al film. Es como si la película entera estuviera escrita en segunda persona, dedicada a otro que, de modo infrecuente, es a la vez su protagonista. Claro que hay otra persona a la que en este juego (la película tiene mucho de lúdico) cabe el papel de testigo, cómplice y tal vez, de algún modo, co-constructor de un modo de enunciación que confía en el armado sobre la marcha. O en la simulación del armado: eso es también parte del juego.

Tal como explica a cámara, adoptando la clase de lenguaje neutramente científico más indicado para la ocasión, Caito sufre de una forma rara de distrofia muscular, que dificulta la motricidad de sus piernas. Para trasladarse debe ser cargado a hombros. Aunque también es capaz de manejar autos y, sobre todo, un ciclomotor que le da toda la libertad del mundo para andar de aquí para allá. Con treinta años al día de hoy, Caito es el hermano menor de Guillermo Pfening (1978), conocido sobre todo por su protagónico de Nacido y criado (2006) y El último verano de la Boyita (2009) y dueño de una abundante foja televisiva, que va de Campeones de la vida (1999) a Condicionados (2011), pasando por Costumbres argentinas, Vidas robadas y Valientes.

Casi diez años atrás, Pfening había filmado ya un corto del mismo título (Caito, 2004), en el que aparecía junto a Luis, en la natal Marcos Juárez, al sur de Córdoba. Producido por Pablo Trapero y co-escrito junto a Carolina Stegmayer y Agustín Mendilaharzu, Caito, el largo, no es tanto una expansión del corto como un abordaje distinto de la figura de su hermano. Si la distrofia del protagonista es rara, la película también deberá serlo, parece haberse planteado Pfening, que en su debut apuesta fuerte en términos de forma, estilo y narración. Marcada enteramente por la idea de representación y con una notoria insistencia metalingüística, Caito está dividida en dos partes claramente separadas.

En la primera parte, Pfening, que desde ya aparece en cámara (tanto la primera persona y la voluntad metalingüística, así como su propia condición de actor, colaboran para ello), se aproxima a su hermano desde diversos ángulos, de modo fragmentario y diluyendo en todo momento los límites entre lo actuado y lo “espontáneo”. Delgadísimo y carismático, de largo pelo llovido, dueño de un sentido del humor bastante socarrón y con un carácter no precisamente débil (en la propia canción se habla de él como “tirano”), a Caito se lo ve en Marcos Juárez, en familia, visitando a la kinesióloga como todas las mañanas, intimando con Guillermo (está claro que se aman incondicionalmente) y estableciendo una relación con dos chicas. Una de ellas, Anita, tiene unos once años y una madre jodida. La otra, Suzuki, tiene veintipico y da la impresión de recibir ese apodo por su potencia en caballos de fuerza. A Caito no le es indiferente: “Vamos a los girasoles”, le dice en un momento, cabreado, después de haber galopado allí con ella, en el asiento delantero del auto.

Ensayo y error, Pfening intenta llevar adelante una película “a lo Kiarostami”, con todos los nombrados haciendo de sí mismos, pero no llega muy lejos. Convoca entonces a un elenco profesional, integrado por las actrices Romina Ricci, Bárbara Lombardo, el mencionado Ferraro y el director Juan Bautista Stagnaro (que venía de dirigirlo en Fontana, la frontera interior, 2009, y aquí hace su primer pequeño papel como actor). Con ellos, Pfening filmará una película que incluye algo así como el sueño jamás expresado por Caito: huir a la libertad, montado en el cuatri y acompañado por Suzuki, devenida ya su pareja, y Anita, “adoptada” por ambos para resguardarla de la siniestra madre.

Como todo film de estructura libre y abierta, Caito es atractiva, genera empatía por las dosis de riesgo que Pfening corre estéticamente y además cuenta con el enorme carisma de Luis, que si atrae miradas no es por morbidez, ni por un falso pietismo buenista, sino por su simple y fuerte presencia. El riesgo, que en un par de escenas queda más expuesto, es el de la metalingüística forzada, al borde mismo de cierto esnobismo intelectual. En más de un momento darían ganas de que la película hablara un poco menos del hecho-de-hacer-una-película-sobre-Caito y un poco más sobre Caito.

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Caito sufre de una forma rara de distrofia muscular.
 
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