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Sábado, 16 de noviembre de 2013

CINE › BLOODY DAUGHTER, DOCUMENTAL SOBRE MARTHA ARGERICH

Varias familias para armar

Stéphanie Argerich, hija de la notable pianista, realiza un retrato íntimo familiar, en cuyo centro vive una mujer tan imprevisible como fascinante. Martha es, claro está, un imán para la cámara, pero también cultiva el arte de la fuga.

 Por Horacio Bernades

“La cosa está en otro lado, pero no sé dónde”, dice mamá a la hija, que la mira (la filma) desde el otro lado de la cámara. Después sonríe, con esa sonrisa como resignada frente a lo inasible. “Nuestro fuerte nunca fueron las palabras, lo nuestro es otra cosa.” Tal vez sea esa otra cosa, indefinible (“a mamá no le gustan las definiciones”, dijo alguien antes) e insondable, lo que, queriendo filmar a mamá, captura Stéphanie Argerich en Bloody daughter. Bueno, no sólo a mamá, sino a toda la familia. Lo que pasa es que si mamá es Martha Argerich, la mirada, la cámara, la propia dinámica familiar quedan como imantadas. Imantadas por ella, que en lugar de ocupar el centro de la escena cultiva el arte de la fuga, dejando un vacío hecho de silencios, misterios, cosas no dichas o dichas a medias. Eso, referido a la escena familiar, claro, que es la que filma Stéphanie. Porque cuando se trata del escenario, mamá Martha lo ocupa rotundamente. Pero esa escena, la escena artística, en Bloody daughter aparece entre telones entornados, casi adivinada o supuesta más que vista.

Presentada en gran cantidad de festivales –de Roma al Bafici, pasando por Locarno y la Viennale–, Bloody daughter no es el primer documental sobre Martha Argerich, nacida en Argentina en 1941 y mudada a Suiza, junto a sus padres, a los doce años. Ya existía Martha Argerich, conversación nocturna (2003), donde el suizo Georges Gachot charlaba largo y tendido con ella. Parte del carácter extraordinario de quien está considerada una de las grandes pianistas del último medio siglo (empezó a tocar a los tres, un año más tarde tuvo su primera presentación pública, es una de las mayores intérpretes de Chopin, Schumann, Bach y Ravel) es que no habla de lo que sabe, sino de lo que no sabe. Sobre todo, con quienes tiene más confianza. Con Stéphanie, por ejemplo: su hija menor, con 34 años en el momento del rodaje.

“Siempre me encantó mirarte”, dice mamá a la cámara-hija, que poco antes confesó en off su fascinación por filmar a mamá en primer plano: los ojos vivos e inteligentes, el cabello huracanado revolviéndose alrededor, el mechón que cae del lado izquierdo. “Si tuviera que hacer una caricatura de mamá dibujaría un mechón y el dedo gordo del pie”, dice a su turno Annie, la hija del medio. “Yo heredé los pies de mamá, que siempre los tuvo tan grandes que la llamaban ‘la L’”, corrobora Stéphanie. “Mamá sólo tiene hijas, y papá sólo hijos”, dice la voz en off. Tres mujeres dio a luz Martha. Las tres, de papás distintos. Cuatro varones tuvo papá, el pianista estadounidense Stephen Kovacevitch, radicado en Londres. ¿Pero por qué entonces el apellido de Stéphanie es Argerich y no Kovacevitch? “Papá y mamá tiraron la monedita, a ver qué apellido salía, y salió Argerich.”

La cosa no parece tan sencilla. La escena más dolorosa de Bloody daughter tiene lugar entre Stéphanie y Stephen (tan cercanos los nombres, tan lejanos ellos), cuando la hija intenta guiar al padre en el laberinto burocrático del registro civil, con la intención de que papá la reconozca oficialmente como hija. Es que un día, mirando su partida de nacimiento, Stéphanie descubrió por casualidad que decía: “Padre: desconocido”. No es que Stéphanie odie a papá o que entre ambos haya un abismo de melodrama. Más bien todo lo contrario. Pero por algún motivo a papá le cuesta un perú reconocer a la hija como tal. ¿Por qué motivo? Si mamá Martha habla de lo que no sabe, parecería que a la hora de filmar, su hija Stéphanie procede igual. Quien piense que un documental tiene que dar respuestas, más vale que ni se arrime por acá: puede llegar a salir muy defraudado.

Lo otro que un día descubrió Stéphanie es que no tenía una hermana, sino dos. Además de Annie, hija del primer matrimonio de mamá, el que tuvo con el director de orquesta Charles Dutoit, está Lyda, hija de Martha y un músico asiático llamado Chen, a quien conoció ocasionalmente en Nueva York, de muy joven. Hay varias familias para armar en Bloody daughter, pero a la película entera le cabe la aclaración que sobre el título hace Stephen: siendo una palabra de contenido muy negativo (equivale a maldito), bloody conlleva sin embargo un sentido cariñoso. Sentido que sólo los que hablan el idioma pueden captar. Como en una familia, donde lo siniestro puede convivir con lo amoroso. Pero sólo si se es parte de ella. Filmada por un tercero, Bloody daughter tal vez hubiera sido el retrato de una familia disfuncional, esa palabra descalificatoria. Filmada por Stéphanie Argerich es un retrato íntimo en cuyo centro vive una mujer tan imprevisible, tan incognoscible, que mientras se encamina al escenario dice sentirse mal, rara, como afiebrada, que no piensa salir. Mientras dice todo eso, se dirige como una tromba hacia el centro de la escena y se sienta resueltamente al piano, al que de inmediato hará suyo.

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La película se puede ver en el Malba, los sábados, a las 22.
 
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