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Domingo, 17 de noviembre de 2013

CINE › EL REALIZADOR ARGENTINO JOSE CELESTINO CAMPUSANO, PRESENTE EN LA COMPETENCIA INTERNACIONAL

“Yo creo en el arte que movilice el alma”

El director ya dio sobradas pruebas de talento en films como Vil romance, Vikingo y Fango. Ahora vuelve con Fantasmas de la ruta, que comenzó como una serie para televisión y terminó evolucionando de tal manera que llegó a tres horas y media en la pantalla grande.

 Por Ezequiel Boetti

Desde Mar del Plata

El vínculo entre el Festival de Mar del Plata y el cine directo y cargado de verdad de José Celestino Campusano empezó con el estreno internacional de Vil romance en 2008, se afianzó con Vikingo al año siguiente y terminó de consolidarse con Fango en 2012. Para el aniversario del primer lustro, y ante el temor latente de comprobar por enésima vez que el tiempo es el corrosivo más infalible de las relaciones duraderas, nada mejor que insuflarse renovados aires de confianza. Y así lo harán ambas partes, ya que el realizador entregó Fantasmas de la ruta, mientras que los organizadores del evento devolvieron gentilezas ubicándola como una de las dos producciones nacionales (la otra es La laguna, de Gastón Bottaro y Luciano Juncos) en la Competencia Internacional. Aquellos que anden por estos pagos y decidan ver antes que nadie de qué se trata el nuevo film del quilmeño deberán pegar un buen madrugón y apurar las medialunas, ya que la primera proyección será hoy a las nueve de la mañana. Los menos ansiosos tendrán su oportunidad este mismo domingo a las 17.30 o, última chance, el próximo viernes.

Surgida como un proyecto para un concurso de coproducciones con España que finalmente nunca se concretó, Fantasmas de la ruta tuvo su revancha en el Concurso Series de Ficción para Productoras con Antecedentes del Incaa. Pero Campusano se dio cuenta de que había mucho más, y que el reencuentro con Vikingo, su amistad con Mauro, el romance de éste último con una vecina y la irrupción de un pariente lejano con un jugoso prontuario funcionaría mejor articulándose de un tirón y no en entregas de veintipico de minutos. “No habíamos filmado con un formato televisivo, sino con la tónica habitual de todas nuestras películas. Cuando la terminamos y la presentamos, se me había ocurrido que tenía potencial para una película. Me dijeron que sí, y entonces nos pusimos a trabajar”, afirma ante Página/12 la cabeza visible de la productora Cinebruto. Lo que obtuvo, entonces, es posiblemente su obra más ambiciosa, tanto por la acentuación del contenido social mediante la tematización de la trata de personas como también por la duración de... ¡tres horas y media! “Es la segunda película más larga del cine argentino después de Historias extraordinarias”, asegura.

–Esa duración es llamativa no sólo dentro de los parámetros habituales de sus películas, sino también de todas las producciones nacionales en general.

–Es que la película está articulada de una forma bastante compleja y hacerla más corta significaba sustraer subtramas enteras. No se justificaba. Si hacíamos eso las cosas estarían por capricho y no por progresión dramática. Para que funcionara el mensaje, era necesario que tuviera esa duración.

–Varias críticas de Fango coincidían en que “dejaba ir” a varios personajes secundarios....

–(Interrumpe.) Eso se dice porque hay una uniformidad de criterio y la mayoría está acostumbrada a ver de una forma y no de otra. Nosotros no buscamos que haya protagonistas ni héroes, sino que toda una comunidad sea protagonista. Y en ese contexto nadie tiene que preponderar por sobre otro. Todos los secundarios cumplen un rol trascendente en Fango, pero más allá de eso no tienen que cumplir otra función. Nosotros respetamos más las leyes de la vida que los caprichos narrativos con los cuales nos viene influyendo Hollywood hace más de cien años.

–¿Pero la duración le permite darles más desarrollo a los personajes?

–Sí, y no sólo eso. Nosotros generalmente incluimos a la comunidad como es y no como hipotéticamente podría ser o como nos convendría que sea. Y acá nos dimos el gusto de incluir sectores con sus códigos: gente de circo, motociclistas, gauchos, policías. Eso se mantiene a lo largo de toda la película.

–El eje del film es la trata de personas. ¿Qué le interesó de esa problemática?

–Yo me preguntaba por qué hay ciertos estigmas que se dan en una sociedad y no en otra, por qué algunas problemáticas sociales son invisibilizadas y no se las soluciona y por qué el argentino muchas veces consume prostitución infantil o juvenil. ¿Qué nos pasa con todo eso? Acá hemos tenido matanzas enormes, se ha perseguido a los pueblos originarios, se produjo una guerra fratricida entre unitarios y federales. Todo esto genera una energía de muerte que se traslada a las actitudes y las decisiones cotidianas. Por eso hoy se naturalizan ciertas conductas y otras no. La idea es que el cine que promulgamos genere un estado de autocrítica propuesto desde la propia comunidad.

–En ese sentido, usted dijo que ser bonita y pobre era una maldición. 

–Sí, y no sólo acá sino en el mundo. Ya sabemos que los caprichos del capital mandan y son totalmente efímeros, consumistas y despóticos. Y eso es terrible para una chica que todavía no tiene una conciencia plena de su cuerpo, porque le genera una fantasía de consumo y de instalación en un segmento social que supuestamente la valora.

–En varias entrevistas usted habla de un cine orgánico. ¿Cómo se articula esa idea con Fantasmas de la ruta?

–Lo orgánico es aquello que contiene sedimentos de seres vivos en su composición. Nosotros buscamos hacer que Fantasmas de la ruta tenga la mayor cantidad de sedimento humano para que sea un documento de vida. Todos los caprichos de los géneros no tienen absolutamente nada que ver. Nosotros respetamos las reglas de la existencia.

–¿Qué le interesa de la idea de “dejar un testimonio” con sus películas?

–Es que yo no sé cuánto tiempo voy a vivir. Entonces, ¿qué voy a dejar como legado? ¿Una película grotesca? ¿Un divertimento así nos reímos todos un rato? Está bien que se haga, pero a mí no me interesa. Lo que podemos dejar es un sentido de autocrítica a través del arte. Yo creo en el arte que movilice el alma, que genere una movida de partes. Podemos apostar a que el mundo sea un lugar mejor, pero si se instala falta de autocrítica como mérito, es necesario hacer algo cuanto antes. Creemos mucho en dejar un legado decente de una comunidad que se retrata sin ningún atisbo de autocensura y sin ninguna consideración.

* Fantasmas de la ruta se verá hoy a las 9 y a las 17.30 en el Auditorium (Boulevard Marítimo 2280), y el viernes, a las 20, en el Cinema (Rivadavia 3050).

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“Hay ciertos estigmas, problemáticas sociales, que son invisibilizados y no se solucionan”, plantea.
Imagen: Joaquin Salguero
 
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