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Viernes, 4 de julio de 2014

CINE › AMAR ES BENDITO, ESCRITA Y DIRIGIDA POR LA CORDOBESA LILIANA PAOLINELLI

El dolor como un motor de aprendizaje

La directora dibuja con justeza el desmoronamiento de una pareja de mujeres desde un punto en el que las mira y acompaña sin jamás enjuiciarlas. Las actrices Claudia Cantero y Mara Santucho se lucen entregando hasta sus ojos a los personajes.

 Por Ezequiel Boetti

Ofelia se depila en el baño de su casa. El maquillaje resalta sus farolazos verdes y el rouge, un par de labios carnosos que dibujan una sonrisa pícara, dejando entrever que semejante esfuerzo de producción tiene como destinatario a su pareja desde hace siete años. La otra parte, sin embargo, responde a la seducción confesando un engaño con otra. La escena posterior es de un realismo desolador: son, al fin al cabo, dos seres que sienten la extinción progresiva del amor aun a su pesar, que procuran embarcarse en la aventura de poner en palabras los vericuetos insondables del corazón. Lo anterior bien podría corresponder al desenlace de cualquier película sobre el descascaramiento de una relación, pero se trata del inicio de Amar es bendito, sorprendente opus tres de la cordobesa Liliana Paolinelli. Sorprendente por la elección de su punto de partida, pero también porque debajo de esa premisa anida un compendio de particularidades que abarcan desde una narración libertaria e impredecible hasta la focalización naturalista en un tema que, todavía hoy, hace arrugar la nariz de aquellos portadores de idearios sociales decimonónicos. Porque la pareja de Ofelia se llama Mecha, y la otra, María Laura.

El film propondrá una elipsis de seis meses para encontrar a Mecha (Claudia Cantero) trabajando en su taller textil. Ofelia (Mara Santucho, uno de los rostros emblemáticos del llamado Nuevo Cine Cordobés) la visita y le propone ir a dormir una siesta juntas, síntoma de que la infidelidad es un triste recuerdo relacional. Esto aunque ambas carguen en las miradas el peso de una herida. Punto a favor, entonces, para las actrices, quienes entregan hasta los ojos a sus personajes. Pero Mecha sigue viéndose con su amante. Todo indica que la separación es inminente. O no: a partir de ahí, Ofelia se obligará a acostarse con un hombre con el único fin de enrostrárselo a su pareja. Pareja con la cual, vale aclarar, sigue compartiendo el techo. La irrupción de María Laura y del flamante encame masculino completarán las coordenadas de un cuarteto amoroso cuyo derrotero será un crescendo de situaciones por momentos forzadas –habrá intercambio de parejas, robos e incluso un secuestro–, aunque siempre motorizadas por la preocupación de Paolinelli por la suerte de sus mujeres. Es coherente la decisión de la cineasta de ubicarse en un justísimo punto medio, mirándolas y acompañándolas sin jamás enjuiciarlas.

“Me interesa explorar algún problema”, aseguró la directora en estas mismas páginas. En ese sentido, y si la distribución y exhibición de cine argentino no fuera un auténtico cocoliche de desprolijidades, podría pensarse el estreno simultáneo de El tercero y Amar es bendito como dos narraciones cuyos planteamientos son complementarios. Es que si en la primera Rodrigo Guerrero propone un universo plástico cuyas criaturas (una pareja homosexual y un adolescente al que conocieron en un chat) parecen moverse regidas por lo pulsional, el deseo y el juego, la realizadora de Lengua materna apuesta por otro mucho más desprolijo, cotidiano y auténtico, en el que lo físico es casi un aspecto secundario. Esto dicho no porque se esfume la viabilidad de una atracción, sino porque los comportamientos impulsivos de las chicas se cifran como anticuerpos ante la certeza del virus de la rutina y la rotura de un vínculo. Así, el “problema” que explora Paolinelli va mucho más allá del mero arrojamiento a los placeres carnales; el “problema” son los sentimientos contrapuestos, la incertidumbre ante lo no recíproco y, como bien remarca un justísimo y sorprendente desenlace, la certeza de que en la escuela de la vida, el dolor es el principal aprendizaje en cuestión de amores.

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Los comportamientos de las chicas se cifran como anticuerpos ante la certeza del virus de la rutina.
 
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