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Jueves, 31 de julio de 2014

CINE › MAREA BAJA, CON DIRECCION DE PAULO PECORA

Deudas en el Delta del Paraná

 Por Horacio Bernades

Después de Sudeste, La León, El sueño del perro, La orilla que se abisma y El rostro (actualmente en cartel), el cine argentino vuelve a internarse en la zona del delta del Paraná, cuyos densos juncales y escondidos arroyuelos parecen siempre propicios a ocultar misterios, mundos al margen, una salvaje vecindad de la civilización. Todo ello vuelve a darse cita, de modo literal incluso, en Marea baja, opus 2 en el largometraje de Paulo Pécora, uno de los nombres más activos del cortometrajismo local, que ya se había aventurado en la zona en su ópera prima, la mencionada El sueño del perro. A diferencia de aquélla, tan elusiva como su título, en Marea baja Pécora aborda el género, sin perder las marcas del cine de autor. El resultado es dispar.

Marea baja es tan seca y callada como su protagonista, un tal Pascual (Germán de Silva, a criterio del que escribe el mejor actor argentino en actividad). El hombre se abre paso entre los juncos para llegar a una casa, donde rentará un cuarto. Gestos breves y grandes elipsis definen el modo narrativo de Pécora, construyendo un relato sobre la base de escasas puntuaciones narrativas. Pascual, cuyo nombre demora casi una hora en oírse (la película dura una hora doce), encuentra un machete y lo guarda, a hurtadillas. En el bolso carga un revólver y varios atados de billetes, que se ocupa de esconder detrás de unas tablas. De día cava, en busca de algo que se supone será un botín. Sueños pesados lo hacen despertarse jadeando en la noche, echando mano del revólver, la mirada alerta. Teme, es evidente, la llegada de alguien que venga a cobrarse alguna deuda.

Mientras se mantiene en esa insinuación de tan elíptica casi abstracta, Marea baja (título discutible, teniendo en cuenta que esas orillas no son de mar, sino de río) tiene personalidad, acierta un pleno con una puesta en escena económica y exacta, sabe lo que quiere y cómo lo quiere. El tempo narrativo es justo, y Pécora hace tan buen uso del sonido (el viento, el río, los pájaros, el silencio sobre todo) como de planos-detalle que muestran el trabajo de la naturaleza: hormigas, abejas, babosas, unas preocupantes cabezas de caballos muertos. Magnífico es el modo en que la narración se balancea entre la realidad y el sueño, sin que pueda determinarse del todo cuándo se está de un lado y cuándo del otro.

Una de las herramientas más preciosas y olvidadas de la lengua cinematográfica, el fundido encadenado, permite crear un clima de enrarecida ensoñación, que la presencia de unas cartas de tarot no hace más que potenciar. Las dos mujeres que alquilan la pieza a Pascual (Susana Varela y Mónica Lairana) enrarecen más la cosa, con peleas, rivalidades y envidias. El problema surge cuando Pécora aborda resueltamente el género, con la llegada de los que vienen a cobrar la deuda. Las propias armas parecen portarse de modo forzado, la narración se vuelve plana y conocida, la influencia de El tesoro de la Sierra Madre se hace, en el final, demasiado evidente.

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