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Jueves, 4 de septiembre de 2014

CINE › UN VIAJE DE DIEZ METROS, DIRIGIDA POR EL SUECO LASSE HALLSTRÖM

Fallida batalla de aromas y sabores

 Por Diego Brodersen

Alguna vez prestigioso, el sueco Lasse Hallström (El año del arco iris, ¿A quién ama Gilbert Grape?) viene dando tumbos desde hace años en producciones de diverso tenor graso. En Un viaje de diez metros (en realidad son unos treinta, si se convierten los cien pies del título original) –producida, entre otros, por Steven Spielberg y Oprah Winfrey–, el realizador parece querer repetir el enorme éxito de su anterior Chocolate (2001). Aunque en esta ocasión sin ese dulce manjar como centro del relato, ocupado por los más diversos platos, tanto de la cuisine française como del menú tradicional indio. Cine y comida, nuevamente. Atención: tal vez la única manera de disfrutar de algunos de los ingredientes, condimentos y preparación de la película es tomarla como lo que es, una fábula con príncipes y princesas de las ollas y sartenes, villanos culinarios que no lo son tanto y decisiones de vida que se ven reflejadas en la forma en que se cocinan y consumen los alimentos. En otras palabras, más allá del curry y la salsa holandesa, que hacen su aparición en pantalla, a lo que más se asemeja Un viaje de diez metros es a un postre almibarado, esponjoso y algo (o bastante, dependiendo del gusto) empalagoso.

En el prólogo del film, una familia numerosa de un suburbio de Mumbai abandona el país luego de la trágica muerte de uno de sus miembros (la película evita mencionar un dato central en las primeras páginas del libro de Richard C. Morais en el que se basa: el clan Kadam pertenece a la minoría musulmana) y termina recalando en un pueblecito francés cerca de los Pirineos. De idiosincrasia más barullera y menos afectada que los pobladores del lugar, el choque cultural llega a su apogeo cuando el pater familias de los Kadam (el veterano actor indio Om Puri) decide abrir un restaurante de comida “étnica” justo enfrente del “clásico” restó de Madame Mallory (Helen Mirren, quien nunca falla a pesar del peor contexto, hablando un inglés con perfecto acento francés). Con ese punto de partida, la batalla de aromas y sabores ocupa previsiblemente la primera mitad del metraje, aunque las cosas tienden a complicarse aún más cuando el primogénito de la familia, Hassan (Manish Dayal), es descubierto como un talentosísimo chef en potencia.

Y surgirán subtramas románticas que atraviesan todas las barreras étnicas y culturales (y por dos: la obvia entre Hassan y una joven aspirante a cocinera y otra aún más insospechada), comparaciones entre la vida en el pueblo y la Ville Lumière y un acento en los buenos corazones de todos los involucrados, más allá del carácter testarudo y algo endurecido de algunos de ellos. Un pasaje puntual que detalla la cocción de una omelette remite a una famosa escena de un film animado reciente, la del crítico y su visceral respuesta al probar una ratatouille. Ante la inoxidable obcecación de Un viaje de diez metros por agradar al público en todo momento y a toda costa, la historia del ratoncito chef es, en comparación, no sólo una película llena de aristas y complejidades narrativas (que lo es por mérito propio), sino también un relato inesperadamente adulto.

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Un viaje de diez metros, una fábula empalagosa.
 
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