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Domingo, 5 de octubre de 2014

CINE › EL CINEASTA DIEGO QUEMADA-DIEZ Y SU PELICULA LA JAULA DE ORO

“Hay un abuso y una experiencia cercana a la esclavitud”

El director trabajó más de siete años en este film en el que buscó “darle voz a gente real”: migrantes indocumentados que huyen de Guatemala hacia Estados Unidos, pasando por México. La película abrirá el martes un festival que tiene por temática las migraciones.

 Por Oscar Ranzani

El director Diego Quemada-Díez tiene una estrecha relación con la migración: nació en la ciudad española de Burgos y de niño se mudó con su familia a Logroño. Pero creció en Barcelona, luego vivió en Madrid hasta que se fue a Estados Unidos para finalmente asentarse en México, donde obtuvo la nacionalidad correspondiente. No es casual, entonces, que este ex asistente de cámara de directores importantes como Ken Loach y Oliver Stone decidiera realizar su ópera prima sobre los migrantes (en este caso indocumentados) que intentan pasar desde Centroamérica y México hasta Estados Unidos, muchos de los cuales mueren en el intento. La jaula de oro se titula su película, que se exhibirá el próximo martes a las 18.30 en el Gaumont (Rivadavia 1635) y que fue elegida para la apertura del 5º Festival Internacional de Cine y Formación en Derechos Humanos de las Personas Migrantes (ver nota aparte). La jaula de oro puede resultar conocida para parte del público argentino porque conquistó el Astor de Oro, el premio mayor del Festival de Mar del Plata 2013.

El film tuvo un recorrido internacional exitoso: sus tres protagonistas, los jóvenes guatemaltecos Karen Martínez y Brandon López y el mexicano Rodolfo Domínguez (elegidos entre seis mil postulantes), obtuvieron el Premio a la Interpretación en la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes del año pasado. Y la ópera prima de este cineasta muestra con crudeza el viaje que emprenden tres adolescentes que huyen de Guatemala hacia Estados Unidos y durante su paso por México conocen a Chauk, un indígena tzotzil que no habla español y que tampoco tiene papeles. Todos tratan de pasar la frontera con Estados Unidos buscando una mejor vida, pero el sueño americano pronto se transforma en una pesadilla.

“Una de las cosas que me motivaron a hacer la película fue el maltrato que sufren los mexicanos y los centroamericanos por parte de Estados Unidos, el abuso y la experiencia cercana a la esclavitud”, comenta el director en diálogo teléfonico con Página/12. “Luego, la experiencia personal de haber vivido en otro país y lo que es la búsqueda de un lugar mejor traté de ponerlo también en la película”, agrega. Todo comenzó en 2003, cuando Quemada-Díez leyó un artículo de un periodista sobre una zona de tolerancia en Mazatlán (Sinaloa, México). El realizador no dudó en ir a conocer la zona. Allí entabló amistad con un taxista, quien le ofreció alojamiento en la casa familiar, cercana a las vías del tren, donde todos los días llegaban migrantes en los vagones. “Les dábamos agua y comida y, a partir de ahí, empecé a conocer sus historias y sentí que eran héroes que se estaban jugando la vida por sus familias y que tenía que contar sus historias a otros. Y traté de hacer como un poema épico. Entonces, empecé un proceso de recopilación de testimonios que fueron más de seiscientos y decidí concentrar la historia en un grupo de niños.”

–¿La idea fue realizar una ficción con tono documental?

–La idea original era hacer una docuficción. Pero la verdad es que no podía conseguir el dinero para eso y, al final, decidí hacer una ficción basada en la realidad. Luego, busqué trabajar con migrantes y lugares reales. Es decir, filmamos en un tren con migrantes, en los albergues, con niños de Guatemala y de México en zonas donde están emigrando mucho. Entonces, busqué darle voz a gente real y que la película tuviera el mayor número de verdades. También hicimos el viaje de Guatemala a Estados Unidos y filmamos en continuidad. Los niños no conocían la historia. Entonces, iban descubriendo lo que les iba pasando. Cinco minutos antes, yo les leía las escenas y le decía a cada uno de ellos: “¿Cómo tú dirías esto que está escrito?”. Y ahí reescribía los diálogos con ellos.

–¿Cómo fue la investigación y el trabajo de campo para realizar posteriormente el largometraje?

–Muy largo; me llevó más de siete años. Y estuve en cárceles de Estados Unidos, centros de deportación, albergues de menores, mujeres y hombres en Estados Unidos. También estuve en las fronteras de Tijuana y Juárez, en albergues de inmigrantes de la frontera norte y de la frontera sur como, por ejemplo, Chiapas y Veracruz. Siempre iba también por las vías del tren, donde suelen estar los migrantes, y hablaba con ellos para recopilar los testimonios. Para el casting de los niños protagonistas, elegí entre seis mil.

–¿Cómo fue la elección de los protagonistas? ¿Qué era lo que buscaba entre esos seis mil? ¿Y por qué decidió que fueran adolescentes en vez de adultos?

–Primero porque hay muchos niños que están migrando. Y me parecía que era más fácil que los espectadores se identificaran con ellos. En Guatemala los busqué en las zonas rojas desfavorecidas y con alto niveles de violencia. La idea era hablar de la falta de oportunidades que tiene la juventud. Cuando buscas no actores, tienes que ver a muchos para poder escoger. Y encontrar a esta gente extraordinaria nos llevó más de nueve meses de búsqueda gracias a organizaciones que trabajan en esos lugares.

–¿El principal objetivo de la película es colaborar en que haya un cambio de percepción por parte de Estados Unidos en relación con esta problemática de los migrantes?

–Sí. La idea es mostrar la situación y el viaje desde el punto de vista de ellos para que un estadounidense, un francés, un holandés, gente del norte, los líderes, y tanto los países expulsores como los receptores vean por qué la gente está migrando. Que vean que hay un problema económico y que hay que ir a la raíz del problema. Ahora, todo lo que se está haciendo es un enfoque de represión, de militarización de las fronteras y de encarcelamiento de los migrantes. En Estados Unidos hay más de medio millón de personas en cárceles cuyo único delito ha sido cruzar una frontera. Y muchos de ellos ahora son explotados por empresas privadas como mano de obra barata. Hay personas que están obligadas a llevar grilletes electrónicos para poder monitorearlos. Hay más de catorce millones de indocumentados con el temor de ser deportados en cualquier momento. Hay redadas en fábricas y una gran hipocresía porque, al final, Estados Unidos y Europa están provocando la migración, mientras que su único enfoque para el tema es la represión.

–¿Y, a la vez, La jaula de oro es un llamado de advertencia a los migrantes frente a lo que se pueden exponer al intentar traspasar las fronteras?

–Sí, sí. Muchos de ellos me decían: “Si yo hubiera sabido, lo habría hecho de otra manera o no lo habría hecho”. Una película tiene que ser espectáculo, tiene que entretener, pero también debe tener una función. Y La jaula de oro funciona en muchos niveles.

–¿La idea del retrato crudo de la problemática fue para lograr un tono de denuncia social?

–La realidad es que, a partir de los testimonios, todas las historias eran espeluznantes. La idea era denunciar todo lo que está pasando: los abusos por parte de las autoridades y por parte de los criminales. Y los abusos de las autoridades tanto en los países receptores como en los expulsores, particularmente en Estados Unidos, porque esta problemática está provocada por el muro, por los tratados de libre comercio y por el modelo neoliberal. Esto es una consecuencia de este modelo depredador. Entonces, busqué que se generara un impacto fuerte a través de la identificación con los personajes, pero tampoco quise hacer una película de terror, porque los testimonios realmente eran de terror. Por eso traté de que tuviera un poquito de variedad y que hubiera algunos momentos de alegría. Pero la realidad es que de mil que salen, sólo llega uno. Entonces, había que honrar los testimonios. Lo que está pasando en la realidad es una masacre y la gente está siendo despedazada en el camino. Y los que llegan están condenados a una esclavitud.

–¿El problema actual es que con la globalización se abrieron las fronteras para las empresas y se cerraron para las personas?

–Todos los migrantes hablaban de los tratados de libre comercio. En un momento en que se abren las fronteras, tanto Estados Unidos como Europa tienen subsidios muy fuertes a sus productos. Entonces, es un engaño y no es una liberalización. Hay una competencia desleal. Como consecuencia, muchos de los productos (particularmente en el campo) no pueden competir con los precios y se destruye la producción nacional. Es lo que ha estado pasando. Nada más hay que ver los datos: la migración se ha disparado. Por ejemplo, en México, desde que se firmó el Tratado de Libre Comercio en los ‘90, hay pueblos donde no hay hombres, porque todos se han ido al norte. México es el mayor país expulsor de mano de obra del mundo. Es muy fuerte lo que ha pasado acá. Y es una de las consecuencias de la globalización.

–En base a esa realidad, ¿cómo fue la recepción de su película en México?

–A nivel de taquilla hemos tenido más de 300 mil espectadores. Me hubiera gustado que fueran más, pero para el tipo de película todo el mundo dice que nos fue muy bien. Ganamos nueve premios Ariel, que son los Oscar mexicanos. A la gente que la vio, la película la ha tocado porque habla de una realidad contemporánea muy fuerte aquí que implica una situación cercana a la guerra. Hay zonas del país con muchísimos secuestros, trata de blancas, autoridades corrompidas. Eso es algo contemporáneo. Entonces, la idea era provocar una reflexión y trabajar el cine como un espejo, donde podamos vernos colectivamente.

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El film de Quemada-Díez fue premiado en Cannes y en Mar del Plata.
 
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