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Jueves, 27 de noviembre de 2014

CINE › LA VIDA DE ALGUIEN, DE EZEQUIEL ACUñA, EN MAR DEL PLATA

Disfrutable y melancólica

La cuarta película del director de Nadar solo se parece a un concentrado de su obra hasta la fecha, en la que el goce y el sentido está en la puesta en escena. También están en las competencias No todo es vigilia, de Hermes Paralluelo, y Branco sai preto fica, de Adirley Queirós.

 Por Horacio Bernades

Desde Mar del Plata

De una melancolía a destiempo está teñida la obra de Ezequiel Acuña, desde que a los 27 filmó, en 2003, Nadar solo, donde el protagonista se iba a pasear su soledad por una Mar del Plata despoblada. Tres films más tarde, el protagonista de una película de Acuña (Buenos Aires, 1976) vuelve por unos días a Mar del Plata, ya no tan solo. Pero sí recordando el pasado como un tiempo dorado que no puede recuperarse, como sucedía en la previa y magnífica Excursiones (2010). La vida de alguien, opus 4 de este reconocido hincha de Chacarita, es, después de Jauja y El Perro Molina, la tercera y última película argentina que presenta la Competencia Internacional, donde por estos días también puede verse No todo es vigilia, notable documental del catalán Hermes Paralluelo. La trifecta ganadora se completa con Branco sai preto fica, ovni brasileño, parte de la Competencia Latinoamericana y uno de los films más singulares de todo el festival.

Acuña ha querido hacer de La vida de alguien una suerte de concentrado de su obra hasta la fecha. Así lo sugieren no sólo las continuidades temáticas mencionadas, sino el importante rol que le cabe, desde el fuera de campo, a Ignacio Rogers, protagonista de Como un avión estrellado (2005), el coprotagónico de Matías Castelli (uno de los roles centrales de Excursiones) y la sorpresiva y postrera aparición de Nicolás Mateo, repitiendo su personaje de Nadar solo. Para no hablar de Santiago Pedrero, presente en las cuatro películas del realizador, que se tenía largamente ganado el protagónico que le cabe aquí. La vida de alguien es una de esas películas en las que la historia en sí no es nada, todo el goce y el sentido están dados por la puesta en escena, una de las más fluidas y homogéneas del cine argentino reciente. La historia recrea la del grupo uruguayo La Foca, a cuyos miembros Acuña conoce desde hace rato y que habían participado ya en las bandas sonoras de varias de sus películas. Se hacen amigos en el secundario, arman el grupo y cuando están por editar las cintas que llegaron a grabar, uno de ellos parte y no vuelve. Años más tarde, dos de los miembros fundadores deciden reunirse y editar finalmente aquel disco. Pero, ¿seguirán vivas esas viejas canciones?

La vida de alguien confirma que cada película de Acuña es como las anteriores, pero mejor. Si existe lo que en términos tradicionales puede llamarse un “núcleo narrativo”, está más en lo que le pasa por dentro a Guillermo, líder de la banda y promotor de su reunión (Pedrero), que en “lo que pasa” en estrictos términos de acción. Lo que pasa es el intento de reunión, las dudas, los ensayos, la incorporación de una cantante y tecladista que, se ve desde la primera escena, va a tener una historia con Guillermo (Ailín Salas, que pasa del apagamiento a la más enceguecedora luminosidad), alguna gira y sus presentaciones, el compinchismo entre los miembros de la banda. Es notable y sumamente infrecuente en el cine argentino el modo en que la cámara se incorpora al grupo y lo sigue bien de cerca, con un brillante trabajo de edición del propio Acuña y unos claroscuros espectaculares aportados por Fernando Lockett, sin duda el más talentoso director de fotografía del cine argentino contemporáneo, donde la competencia no es precisamente escasa. Basta sumarle los luminosos temas de La Foca (y del propio Pedrero, Julián Tello & Cía) para completar un film tan bello y disfrutable como el más bello y disfrutable tema pop. Bello, disfrutable y melancólico.

En Yatasto (2011), Hermes Paralluelo (Barcelona, 1981) filmó, en la provincia de Córdoba (cursó posgrados en la Argentina), a unos chicos locales dedicados al cirujeo, plantando la cámara frente al asiento delantero de su carro de caballos. Estrenada en San Sebastián, en No todo es vigilia (título de resonancias macedonianas, pero no por Macedonia sino por Macedonio) filma a sus abuelos zaragozanos. Los abuelos tienen ochenta y pico y están no sólo bastante achacosos, sino –tal como los muestra el nieto– solos en el mundo. Y bastante perdidos. Es que el mundo que los rodea es uno lleno de dispositivos, cuyo uso ignoran. Trátese de un despertador digital, una estufa que les dé algo de calor o la aparatología médica a la que los someten en un hospital. Por ello, la situación de Antonio y Felisa es de extrema fragilidad. Algo les queda: los recuerdos de infancia, que como a todo anciano se les hacen presentes como si hubieran tenido lugar ayer (aunque evocan una España que parecería de tiempos del Quijote). Y ese gracejo de nativos de Teruel, que los ayuda a encarar las contrariedades con espíritu alto.

No todo es vigilia es uno de esos documentales en los que una puesta en escena pensada, ensayada y meticulosamente ejecutada –se filmó no en un hospital, sino en cuatro distintos, para dar con los encuadres buscados– no “mata”, sino que refuerza la espontaneidad de los protagonistas, dando un sentido a sus acciones. Poco antes del final, la cámara queda contemplando la foto de casamiento que muestra a ambos a los 25. “Qué bellos éramos”, se dicen Antonio y Felisa. Qué bello es ese plano, en el que la luz aumenta y disminuye imperceptiblemente. Como si al filmar la luz, Paralluelo viajara en el tiempo, de ida y de vuelta.

En el tiempo viaja uno de los protagonistas de Branco sai preto fica. Pero uno se da cuenta de ello recién cuando la película ronda la mitad de su metraje. La ópera prima de Adirley Queirós en el cine de ficción es la película de ciencia ficción menos de ciencia ficción desde Alphaville, de Jean-Luc Godard. Nativo de Ceilândia, próxima a Brasilia, Queirós filma la capital del país como las ruinas urbanas en las que vivía Brad Dourif en The Wild Blue Yonder, de Herzog. Explanadas vacías, galpones, containers, edificios sin gente, casas que parecen talleres. Hay tres personajes en los que el film hace foco, cuyo verdadero carácter y vinculación comenzarán a asomar bastante avanzada la película. Uno de ellos es un DJ de música negra (soul y funky, sobre todo) que se desplaza en silla de ruedas y rememora ciertos bailes de los años ’80. Otro, un hombre triste y solitario, negro también, con pierna ortopédica de metal. El tercero, un tipo metido adentro de un contenedor que de a ratos se sacude como licuadora, con luces como de discoteca. El tipo resulta ser un agente enviado desde el futuro por un grupo de resistentes a la “dictadura católica” que gobierna Brasil. El container, su cápsula de tiempo. El de la pierna ortopédica quedó así por un balazo policial y el DJ es su amigo, al que la ley dejó en silla de ruedas. Y que mientras sueña con el soul de los ’80 prepara... un macroatentado contra el Poder. Hecha con dos reales, con la audacia suficiente como para convertir un suburbio contemporáneo en un apartheid del futuro, reciclando decorados de un modo asombroso, no por chorrear melancolía Branco sai... deja de ser la película más terrorista del festival.

* La vida de alguien se verá por última vez hoy a las 21.30, en el Paseo 2. No todo es vigilia, a las 15.30 en el Auditorium. Branco sai preto fica, a la misma hora en el Cinema 1.

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La vida de alguien confirma que cada película de Acuña es como las anteriores, pero mejor.
 
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