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Viernes, 17 de abril de 2015

CINE › LA PARTE AUSENTE, DIRIGIDA POR EL HONDUREÑO GALEL MAIDANA

Más que ausencia, puro vacío

Cine visto. Producto del vacío contemporáneo, ciertas películas se arman como suma de otras ya vistas y conocidas. Un cartel inicial pone la historia de La parte ausente en contexto, en la tradición del cine de ciencia ficción. Se habla de una búsqueda de vida eterna y se insinúa que ciertos seres la habrían alcanzado, pero después hay una única referencia a eso, tan desconectada como todo lo demás. En lugar de desarrollar una lógica propia, La parte... corta y pega ideas incompletas, tomadas de otras fuentes. Como en algún relato de Bioy Casares, un científico busca vencer a la muerte con experimentos de laboratorio; se sugiere la existencia de una mujer-felino que, librada a sus instintos, ruge. También ruge una suerte de criatura de Frankenstein de aquí, creada por el científico de turno, a la que interpreta (sin palabras) Guillermo Pfening.

Oscuridades. Embriones de cine negro se fusionan con alguna pretensión filosófica, fuertes tormentas y algún piloto, como se supone que sucedía en Blade Runner. En un duelo se cita a los spaghetti westerns de Sergio Leone, música pseudo Morricone incluida. Pero se olvida la función de esos duelos, la de representar momentos culminantes. A partir de la suposición de que el cine negro tiene que serlo visiblemente –visibilidad encomendada a Lucio Bonelli, notable DF de Liverpool y Dos disparos–, La parte... es tan oscura en términos de trama como visuales. Lo cual sirve para disimular transformaciones que se oyen, pero se evita mostrar, en contraplanos ausentes.

Estereotipos. El investigador (Alberto Ajaka) vive en estado de dolor y melancolía, pero no se le contabilizan pérdidas. Tampoco es muy claro que se gane la vida con ello. Antes bien, basta que aparezca el equivalente de la femme fatale (Celeste Cid) para que el hombre se ponga a trabajar a su servicio. Aunque no se entiende del todo qué tiene que investigar, para qué y a cambio de qué. Luis Ziembrowski hace de dueño de bar con algunos contactos, que tampoco se sabe bien cuáles son. Su mujer canta una bonita versión de “Alma de diamante”, así como algún diálogo de pretensiones poetizantes suena a un Spinetta de segunda mano. A Cid y Ziembrowski se los ve tan tristes como a Ajaka. Lo mismo vale para el sincretismo de estilos vestimentarios, aunque no arquitectónicos. Todo está vaciado en La parte ausente. No se construyen personajes, drama o climas. Nada luce necesario. Unico posible mérito: la representación de una Buenos Aires que es y no es. Pero eso ya estaba en Invasión. Del film de Hugo Santiago parece provenir la idea de una nueva generación que hereda un mundo por el que habrá que luchar, representada aquí por una niña que habla en susurros y de la que también se ignora qué relación guarda con el resto.

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