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Sábado, 27 de junio de 2015

CINE › LOS DIOSES DEL AGUA, DE PABLO CESAR, CON JUAN PALOMINO

Un viaje hacia las cosmogonías africanas

 Por Ezequiel Boetti

No es un buen síntoma que lo más interesante que se pueda decir de Los dioses de agua haya ocurrido detrás de cámara y no delante. Esto porque se trata de la primera coproducción entre la Argentina y Angola, surgida a raíz de la misión comercial a aquel país que encabezó la presidenta Cristina Fernández en mayo de 2012, a lo que luego se le sumó Etiopía. Suena lógico que el encargado de llevar adelante esta experiencia sea Pablo César, quien ya había rodado cuatro films en Africa. Su opus nueve vuelve a incurrir en las temáticas predilectas del director (las diferentes cosmologías, los mitos, las culturas foráneas y ajenas) mediante la historia de un antropólogo (Juan Palomino) que se embarca en un viaje hacia los orígenes del hombre –y del continente negro, claro– como destino.

Filmada en 35 mm y con lentes anamórficos que intentan aprehender la majestuosidad geográfica, el nuevo trabajo del director de Equinoccio, el jardín de las rosas (1991), Fuego gris (1993), Unicornio, el jardín de las frutas (1996) y Afrodita, el jardín de los perfumes (1998) marca de entrada que Hermes (Palomino) es un apasionado por las culturas antiguas cuando lo presente investigando el diseño de los tejidos de la comunidad Qom. La escena, además, sirve de excusa para incluir a la cantante de Tonolec, Charo Bogarín, que más tarde se convertirá en protagonista de una obra de teatro. Porque Hermes, además de hombre de las ciencias sociales, es dramaturgo y se apresta a debutar como director con un texto inspirado, claro está, en su área de interés, en este caso un mito del pueblo dogón, de Mali, que plantea que el nacimiento del hombre es consecuencia de un experimento extraterrestre.

La coproducción meterá la cola sometiendo la trama a los requerimientos contractuales tripartitos y empujando a escena a un estudiante angoleño que llega a Buenos Aires para completar sus estudios académicos y al que podría quitarse sin que altere en lo más mínimo el resultado final del film. Lo mismo que a Bogarín, que después de un número de baile se esfuma sin dejar rastro. Los elementos forzados seguirán con el arribo de otro antropólogo retirado y enfermo (Boy Olmi, con respirador artificial y tos, mucha tos) que, alertado de las investigaciones de Hermes, lo invitará a la casa para un par de largas charlas que operan como introducción para principiantes a la cosmología africana y puntapié para el anhelado viaje al otro lado del Atlántico. Un viaje entre metafísico y surrealista, como la película entera.

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