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Jueves, 20 de agosto de 2015

CINE › NICOLáS AVRUJ FILMó SU DOCUMENTAL DURANTE UN VIAJE A ISRAEL Y PALESTINA EN 2000

“No pretendo contar qué es el conflicto”

El experimentado productor cinematográfico debuta como cineasta con un documental que pensó y editó durante quince años. “Tenía muchas dificultades para hablar porque sentía que hiciera lo que hiciera iba a estar hiriendo a un lado o al otro”, explica.

Todo empezó de una forma bastante casual. En 2000, Nicolás Avruj agarró su mochila y emprendió un viaje por distintas partes del mundo. En determinado momento, decidió ir a Israel para darle la sorpresa a su primo que estaba estudiando en Tel Aviv. Pero su primo no estaba: había venido a la Argentina. De repente, Avruj se encontró solo en Jerusalén. Tuvo varias experiencias imborrables en el periplo entre esa ciudad y Jericó, adonde llegó deshidratado luego de trajinar por el desierto. “Me recibieron palestinos que no me conocían y me reavivaron”, recuerda el experimentado productor y cineasta debutante. Al mismo tiempo que estaba en esas tierras, Avruj empezó a conocer algo sobre el conflicto árabe-israelí. Cuando consiguió una cámara, decidió cruzar a Gaza y Cisjordania. Con este instrumento como único compañero de viaje, decidió hablar con israelíes y palestinos, sin mencionar su religión judía en ningún caso. Y con algunas personas incluso convivió en sus hogares. “Ni siquiera sabía qué forma iba a tener el documental, pero tenía que ver con una intención, medio juvenil (tenía 24 años) y genuina, a su vez, de conocer personas y entender poco a poco un conflicto que las excede y decir: ¿Por qué no hay interacción?”, cuenta el director en la entrevista con Página/12, a raíz del estreno de Nosotros, Ellos y Yo en Arte Multiplex Belgrano y en Bama Cine Arte. A lo largo del recorrido –con buenas dosis de adrenalina, aventura y peligro–, Avruj habló con personas de diferentes edades, militantes, civiles y fanáticos, pero sin establecer un juicio de valor hacia uno u otro lado del conflicto. El resultado es un film apasionante que desnuda cómo piensan y sienten las personas comunes lo que sucede en Medio Oriente. Pero, sobre todo, el documental expone cómo lo vivió el propio cineasta. Cuando regresó, se puso a pensar cómo sería su documental. Tardó quince años en poder concretarlo.

–¿Cuál era su conocimiento sobre el conflicto árabe-israelí y qué le aportó la experiencia de haber estado en esos dos lugares?

–Es muy difícil retrotraerse a 2000. Tenía 24 años, no sabía mucho del conflicto. Al menos, no directamente. Fui a un colegio judío, mi abuela era presidenta de la Organización Sionista de Mujeres, pero nunca me había interesado el tema. A pesar de estar en esos círculos, no me interesaba. Entonces, sabía tangencialmente. Mi abuela tenía ese rol pero, a su vez, en su infancia había sido comunista y de la Cruz Roja Internacional. Había militado. Y después se volcó al sionismo: soñó un Israel diferente al que existió. Como mucha gente, con una idea previa al nacimiento del Estado, fue hacia allá para crear, quizá, ese sentimiento de una minoría perseguida durante mucho tiempo. Independientemente de cómo después tomó forma, mucha gente fue o no fue, pero creyó que se podía generar un Estado de justicia. Después, la realidad mostró otra cosa. Y hay dos Israel, algo que me sirvió para la premisa del documental. Uno, que nucleó en un lugar imaginario a mucha parte del pueblo judío, incluso ateos, pero como era el lugar de una minoría perseguida buscaron un lugar donde estar seguros. Después, la concreción de un Estado que existe y que es un Estado como cualquier otro. Es diferente, pero me refiero a que es un Estado entre otros Estados. Tiene un gobierno, sus políticas. Entonces, fue un baño de realidad muy grande, porque llegué con una idea muy ingenua de todo lo que pasaba. Lo único que sabía era: “No te subas a los taxis de patente amarilla porque son palestinos y es peligroso”. Nada más. Acto seguido, terminé en el desierto del otro lado y dije: “No puede ser”.

–Buscó establecer una mirada sobre el conflicto alejada del fanatismo y guiándose más bien por el sentido común, ¿no?

–Sí, mucho de sentido común. Después leí mucho y me metí en el tema, pero empezó ahí. Cuando llegué, estaba con una mezcla de ingenuidad y de valentía; o más bien de inconsciencia. Y conocí gente. Viajé, fui a Italia y me compré una cámara. Pero el día que volví a Israel a filmar fue el día que empezó la Segunda Intifada. Entonces, de pronto, me cambiaron el mapa, empezaron a cerrarme las fronteras. Así fue también el cambio que empecé a vivir en esos meses.

–Algo muy atractivo del documental es que no es una recopilación de opiniones de especialistas sino que testimonia gente común. ¿Por qué lo pensó de esta manera?

–Fue la experiencia vivida. Y, de hecho, la película había nacido justamente de ahí, de gente que me había cruzado o, incluso, de haber entablado una relación, porque estuve muchos meses. Como no tenía un equipo documental y estaba solo con la cámara, vivía muchas veces en las casas de la gente. Aparte, estaba sin un mango y a veces laburaba un día. Entonces, la mirada tiene que ver, por un lado, con la no pretensión de mi parte de una recopilación acerca de qué es el conflicto. No pretendo contar qué es el conflicto. Después volví y, en algún momento, tuve que ver qué había de particular en esta historia; tenía que ver con una mirada muy de acá y también de dónde vengo yo.

–¿Se sintió conflictuado por encontrarse con una realidad tal vez distinta de la que le habían contado cuando era chico?

–En el momento, tenía mucha bronca porque lo que veía era muy concreto. Veía cosas terribles, sobre todo porque no conocía nada de Israel ni del conflicto. Entonces, desayunarme con todo eso era fuerte, como ver enfrentamientos armados y destrucción de casas. Compare eso con un Estado que busca la justicia. Estaba muy enojado. No con la gente: era con el estado de situación que yo creía que era de una manera y era de otra. Y después, en estos años sí me sentí re conflictuado, no sólo con qué pasaba ahí sino también con el tema de la justicia. ¿Qué es la justicia? Tenía un deseo íntimo, pero cuando se persigue justicia en donde hay tanta injusticia no existe eso. Por más que el amor haga nacer la justicia, cuando se persigue tanto y tanto, desaparece. En este tiempo, tenía muchas dificultades para hablar porque sentía que hiciera lo que hiciera iba a estar hiriendo a un lado o al otro. Por eso, entre otros motivos, tardé tanto en armar la película: trataba de hacer algo que fuera justo. Y como la iba editando, le mostraba la película a una persona y me decía que era pro-israelí y, de pronto, me decían que era pro-palestino. Típico. Pero eso, en definitiva, resumía esta imposibilidad de contar mi propio punto de vista.

–¿Qué sensaciones tuvo al cruzar la frontera por primera vez?

–En el momento, había algo de incertidumbre o de aventura. La sensación de adrenalina la tuve, pero más allá de cruzar la frontera, en muchos lados me sentí muy cómodo. Obviamente, en algunos no tanto, porque me mandaba solo por cualquier parte. Como no había extranjeros y no estaba tan mediatizado el conflicto, llegué al mismo tiempo que los primeros periodistas. No había extranjeros, sobre todo en Gaza. Por un lado, me agarraban y me decían: “Ey, ¿qué tal? ¡Vení!”. Sólo había un par de decenas de personas de las Naciones Unidas que vivían en un sector muy cerrado de Gaza, pero yo me metía en los campos de refugiados, caminaba sin saber mucho. También es algo exótico, en un punto, Gaza más que Cisjordania, porque en ese momento ver una mujer con velo era rarísimo para mí. No estaba acostumbrado. Pero me pasó lo mismo cuando iba al Muro de los Lamentos y veía a 150 ortodoxos cantando. Era una cosa de mucho exotismo. Sentí peligro una vez que me metí en un lugar y me agarró un pendejo que tenía entre 15 y 18 años, que no entendía nada y no me soltaba. Quería llevarme a un lugar. Eso no estuvo bueno. Pero después, no.

–¿Cómo cree que podrían evaluar su película un palestino y un israelí?

–Algo que nunca dejó de llamarme la atención es que acá, a la distancia, hay muy poco de los israelíes y de los palestinos: estando allá me di cuenta de que había muchas organizaciones y gente que tienen voluntad de acercamiento sobreponiéndose muchas veces, incluso, a un familiar muerto. Hay una diversidad importantísima tanto en Palestina como en Israel. Entonces, una cosa es qué piensan ellos y otra es qué piensan las embajadas. De hecho, fui a hablar y no les copó ni un poco. Creo que mucha gente ha sufrido y sufre tanto por esto, y tiene una vulnerabilidad y una sensibilidad tal que cuando ve mi película, es como si no viera. La película es un poco un espejo, pero es como que si se pusiera en el lugar de “¿qué pensarán los demás?”. Pasa mucho. Entonces, como los palestinos sienten que o son víctimas o no son nada, y los israelíes también –hablo de posiciones más extremas–, creen siempre que están mal retratados. Sobre el plano que hice de un pajarito atado con un hilo a una piedra, algunos israelíes me han dicho que “es una metáfora muy explícita de la dominación palestina y, entonces, es un plano pro-palestino”. Y otro, del otro bando, me dijo que era muy injusto poner ese plano “porque hacía un retrato del palestino como un ser cruel hacia los animales”. Esto pasa en los extremos. A lo largo de este tiempo, hice algunas proyecciones y noté que hay una cosa de mucha identificación, porque hay mucha gente que le cuesta hablar de esto. Es más, a mí me ha pasado de no decir lo mismo cuando tengo una persona enfrente que cuando tengo a otra.

–Desde el título puede intuirse que usted no se para ni de una vereda ni de la otra. ¿Es así?

–No me paro en una película panfletaria, justamente porque no me dedico a denunciar solamente los crímenes. Hay un montón de películas excelentes que te destruyen. Intenté hacer una película desde mi lugar. Traté de buscar una honestidad de qué me pasó a mí con todo eso también, usando obviamente como hilo conductor el conflicto. Pero me paro en ese lugar. Y al hacerlo, le doy cierta verdad, en el sentido de que no hago un manifiesto. También me parece que era necesario decir de dónde vengo y cuáles eran mis ideas previas. Y creo que, a veces, hasta atento contra una imagen de mí mismo, como que no quedo bien. Después del estreno, vamos a hacer proyecciones con debate, porque me gusta mucho escuchar. La película está construida un poco para eso, porque así como a mí me costó hablar, hay mucha gente a la que le cuesta escuchar. Entonces, hacer una película más ruda, más “blanco y negro”, dejaría a mucha gente afuera porque ya estaría catalogada.

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“Veía cosas terribles, sobre todo porque no conocía nada de Israel ni del conflicto”, afirma Avruj.
 
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