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Sábado, 9 de septiembre de 2006

CINE › “PORNO”, UN RARO EXPERIMENTO DE HOMERO CIRELLI

Cómo filmar una condicionada en el medio de Animal Planet

El film argentino va al mundo de las triple X, pero no para el conocido tour genital, sino para concentrarse en los márgenes... y los bichitos.

 Por Horacio Bernades

Porno es la película menos porno del mundo. Eso porque su objeto no es el cine porno en sí, sino todo aquello que rodea su gestación. Y si hay algo menos excitante que una filmación, es la filmación de una porno. El incomparable hastío que pueden llegar a provocar en el observador los preparativos, tiempos de espera y repeticiones propias de un rodaje, parecería multiplicarse por mil en el caso de una condicionada. A Homero Cirelli, director de Porno, parecería venirle como anillo al dedo: tiempos muertos, desvíos de la atención, el detalle aparentemente nimio o casual, lo que no está en el centro de la escena sino fuera de cuadro son las cosas que atraen su mirada. Con lo cual Cirelli (u Homero, como le gusta firmar sus películas) se consagra como director antiporno por excelencia, teniendo en cuenta que la utopía de la estética triple X consiste en meterse allí donde solo un endoscopio podría: en el ojo del huracán genital.

Invitado a trabajar como técnico en el rodaje de una condicionada, algo de ese mundo (que según declaraciones nunca antes le había llamado la atención) cautivó a Cirelli. ¿Cómo crear excitación en el que mira, qué clase de rupturas o continuidades se establecen entre la escena y el fuera de escena en esta clase de rodajes, hasta qué punto los actores de un film porno se distancian o no de lo que actúan para la cámara? Nada de todo eso: lo que despertó el interés del realizador de Berlín (2004, presentada en el Bafici) y Los Buenos Aires (2005, presentada en el Festival de Mar del Plata) parece haber sido el mundo animal que rodeaba la filmación. Una ovejera alemana, alguna gallareta al paso y un ejército de moscas y hormigas se dan cita en el parque de esa quinta alquilada, junto a la pileta. Ahí nomás, dos chicas se intercambian jadeos y cunnilingus, mientras algún vecino se asoma, curioso, al fondo de la escena.

Colgada, estoica o escéptica frente a esos fingidos ajetreos, la cámara de Cirelli gira y va en busca de una hormiguita que carga una papa frita. O localiza una mosca que cosquillea inoportunamente la planta del pie de una de las chicas, mientras ella intenta mantener la cabeza hundida entre un par de piernas. Mejor todavía, la cámara contempla la larga marcha de la mosca (¿la misma de antes o una distinta?) por los labios mayores de una vagina depilada, que vaya a saber a quién pertenece. Allí sí, en ese plano cerradísimo, la cámara de Cirelli parece mimetizarse con la de un film porno. Pero lo hace sólo porque sobre esa vagina se pasea una mosca, y no una lengua. Si hay lengua en Porno, es la del sonidista que la deja asomar, gesto que a Cirelli no se le escapa. O la lengua de la perra, que, atraída tal vez por la agitación ambiente, ingresa subrepticiamente en escena y le estampa un lambetón a una teta.

Fijándose férreas condiciones de tiempo y lugar –límites que imponen la quinta y el fin de semana–, y aunque en los créditos diga “una película dirigida y manipulada por Homero”, Cirelli parece interesado sólo en lo que por azar se presenta ante la cámara. Diálogos al paso (“ay, me encanta el tai chi chuan”, suspira la manicura), momentos de raro lirismo (la luna llena entre las ramas), extraños fenómenos meteorológicos (una anunciada lluvia de meteoritos) o de comicidad inherente, jamás subrayada. Como cierto polvo con leche (polvo de fornicación, leche de cartón) o dos globos blancos amarrados que flotan a su aire en medio de una fiesta, evocando inconfundiblemente el desnudo frontal de una de las chicas.

“El lechazo me pegó acá”, cuenta una de las actrices y se señala un ojo. “Estoy muerta y me toca una doble penetración”, se lamenta otra antes de una escena. “Cuando se le metía una, se salía la otra”, comenta el observador de ese intento fallido. Reina de las líneas de diálogo es, sin embargo, cierto memorable aparte didáctico (sin duda, el mejor relato oral que haya dado el cine argentino en mucho tiempo) en el que un experto explica las diferencias entre montarse una vaca, una oveja o una chancha. “A la oveja se la coge diferente”, es lo primero que se oye, antes de informar que “las chanchas son peligrosas, porque te venden; después de que te las cogiste te siguen”. La cámara de Cirelli contempla impasible, como lo haría con una hormiga, una papa frita, una teta o la luna.

7-PORNO

Argentina, 2005.

Dirección, fotografía, música y montaje: Homero Cirelli.

Intérpretes: Nata-lia Miró, Celeste del Río, Beatriz Yorio, Alejandro Fella y Fiamma Politti. Se exhibe únicamente en Malba.cine, en proyección digital, los sábados a las 24.

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