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Jueves, 14 de septiembre de 2006

CINE › “TRANSAMERICA”, OPERA PRIMA DE DUNCAN TUCKER

El juego de las diferencias

Una mujer, Felicity Huffman, hace de un hombre que quiere ser mujer. El director aborda el tema alejándose de toda moralina, pero, también, de cualquier forma de corrección política.

 Por Horacio Bernades

“No me llamo Stanley, mi nombre es Bree”, repite Sabrina ante quien la confunda, o la conozca de antes. Se defiende con la clase de virulencia con que el invadido reacciona ante el invasor. Es que no es fácil haber sido Stanley y ser ahora Sabrina. Sobre todo cuando faltan siete días para que Bree (diminutivo de Sabrina) consume la operación que la convertirá en la persona que siempre quiso ser. Lo cual no es lo mismo que convertirse en un modelo de persona. Es esa diferenciación que la película establece entre consumar el más íntimo de los deseos y alcanzar un falso ideal de perfección, entre ejercer la libertad de elección y convertirse en heroína ejemplar, lo que arranca a Transamérica de toda corrección política, de toda prédica altisonante, de todo afán pedagógico. Y la devuelve al terreno que toda película debería pisar: el de una fábula sin moraleja, con un ser humano por protagonista. Ser humano tan resuelto y falible, tan patético y admirable, tan corajudo y asustado como cualquier otro.

Cómo respetar la decisión de alguien y ponerse de su lado, sin por eso endiosarlo o volverlo intachable: ése es el desafío del que Duncan Tucker, escritor y realizador de Transamérica, sale tan victorioso como pocos, en su ópera prima. Pero no es el único desafío que Tucker encaró. Había que poner también a una mujer a hacer de hombre que quiere convertirse para siempre en mujer y lograr que una actriz transmitiera todo eso. En su primer y consagratorio protagónico en cine, Felicity Huffman, la Lynette de Amas de casa desesperadas, transmite todo eso y mucho más. Acomodándose el bulto cuestión de que no abulte, anudándose foulards para que no se le note la nuez, levantando la mandíbula para disimular el nerviosismo, “vendiéndose” con una tensión facial típicamente masculina y bajando el timbre de voz por lo menos una octava, Huffman compone su Bree de adentro para afuera, logrando el milagro de volverse-un-hombre-que-quiere-volverse-mujer, no sin que se note todo el tiempo que está actuando. Que es lo que correspondía. Que no le hayan dado el Oscar en la última entrega, a pesar de haber estado nominada, es un verdadero escándalo. Pero no debería sorprender.

Sin embargo, Transamérica no es esa típica película-de-actor, que es mucho actor y poca película. Hay una construcción del personaje de Bree, de la que Tucker es al menos tan responsable como Huffman. Y que hace que ya desde las escenas iniciales –donde a la protagonista se la ve tan envarada como una directora de escuela en medio de un acto patrio– se produzca en el espectador la rara mezcla de curiosidad y distancia, de empatía y rechazo, esenciales para lo que la película quiere transmitir. Bree es una freak. Pero no por transexual, sino por asexuada y pacata, por fóbica y quisquillosa. Entra en una típica habitación de varones y contiene la respiración. Ve dos hombres en bolas y se tapa la cara. Peor aún: un grupo de transexuales asumidos la invita a una reunión (que no es ni siquiera una festichola) y Bree se horroriza, reniega de ello, quiere huir. Con la operación, lo que quiere Bree no es liberarse, sino más bien lo contrario: quiere, convertirse en señora de su casa, de lo más formal y normal.

Eso es justamente lo que la hace interesante como personaje. Lo que la diferencia de la larga galería de travestis y transexuales martirizados, heroicos y ejemplares que la corrección política hollywoodense viene ofreciendo desde hace años. Bree no está sola, claro. Transamérica es, finalmente, otra de esas películas en la que un padre debe hacerse cargo del hijo que acaba de enterarse que tenía, en formato de road movie y con la profusión de personajes que el género presupone. Claro que el padre parece aquí una madre y el hijo tiene muy poco de encantador. El pelo graso, el gesto receloso y callejero, Toby (justísimo Kevin Zegers) se gana la vida como dealer y taxi boy. Su ambición es llegar a trabajar como actor porno y es un drogón de cuidado. Que no se corrija en absoluto demuestra que otra de las lacras de las que Transamérica está libre es la del moralismo, reinante en el Hollywood de hoy en día.

Que a la larga padre e hijo aprendan a comportarse como tales demuestra que Transamérica no es una película perfecta. Es sólo mucho mejor que cualquier exponente del género “diferentes”, y eso ya es bastante.

7-TRANSAMERICA

EE.UU., 2005.

Dirección y guión: Duncan Tucker.

Fotografía: Stephen Kazmierski.

Intérpretes: Felicity Huffman, Kevin Zegers, Fionulla Flanagan, Elizabeth Peña, Graham Greene y Burt Young.

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Transamérica tiene poco que ver con anteriores miradas de Hollywood sobre travestis y transexuales.
 
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