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Viernes, 4 de marzo de 2016

CINE › EL MOVIMIENTO, DE BENJAMIN NAISHTAT, CON UN EXCELENTE PABLO CEDRON

La historia argentina como una fábula

El segundo largometraje del director de la celebrada Historia del miedo incursiona en una hipotética Argentina circa 1835, acosada por la violencia, la anarquía y el discurso mesiánico del caudillo de un partido fantasmal dividido en dos facciones irreconciliables.

 Por Horacio Bernades

“Tenemos que purificar el Movimiento, librarlo de quienes lo corrompen, de los violentos”, dice el hombre que recorre la pampa intentando sumar gente para su fracción, una de las dos en las que se halla partido el fantasmal movimiento político al que nunca se le da nombre. Un cartel inicial se ocupa de definir las circunstancias, con engañosa precisión histórica. “1835. Argentina. Anarquía. Peste”. En los libros de historia argentina, lo que se consideran los años de la anarquía política concluyen en marzo de 1835, cuando Juan Manuel de Rosas asume su segundo mandato como gobernador de la Provincia de Buenos Aires. ¿Transcurre El Movimiento entre enero y febrero de ese año? La película no lo explicita, colocándose deliberadamente en un margen impreciso, entre la historia y la fábula. Ese margen se ensancha en la referencia a la peste: si se trata de la fiebre amarilla, ésta tuvo lugar en la ciudad de Buenos Aires, en la segunda mitad del siglo XIX. ¿Qué decir del Movimiento, referencia que trae tantas resonancias provenientes de la historia y la política argentinas?

La reducción es de los hombres ante el paisaje, motivo clásico de la gauchesca.

Curiosa coproducción argentino-coreana, presentada entre otros en los festivales de Locarno, Jeonju (Corea del Sur) y Mar del Plata (donde fue elegida Mejor Película de la Competencia Argentina), El Movimiento acentúa el carácter alegórico de Historia del miedo (2014), ópera prima del joven realizador Benjamín Naishtat (Buenos Aires, 1986). Si allí el encierro de un barrio privado representaba el de una clase en su conjunto, aquí la abstracción es mayor. Hasta el punto de que no puede decirse qué es exactamente lo que se representa. Algo relacionado con la política argentina, es lo máximo que puede arriesgarse. Un mundo en el que el poder se manifiesta con violencia. Y también con un discurso palabrero y engañoso. En la escena inicial, una partida de soldados detiene a un pobre anciano, simple vendedor ambulante, y pretendiendo que se trata de un traidor lo someten a un castigo brutal, ordenado por el oficial a cargo. De allí en más el film sigue los pasos del antedicho predicador político (el excelente Pablo Cedrón), que a pesar de declamar una presunta no violencia no tiene ningún problema en ejercerla entre bambalinas, de modo falsario y atroz.

En El Movimiento todo se presenta reducido. En algunos casos, como modo de acentuar el carácter metonímico: el realizador eligió rodar en un tamaño de cuadro de 4 x 3, semejante al del cine mudo, que subraya la condición de representación del dispositivo. A la vez, la reducción es de los hombres ante el paisaje, motivo clásico de la gauchesca. O bien ante la Inmensidad, lo cual deriva las cosas hacia la pura abstracción metafísica. Rodada en blanco y negro, en El Movimiento los seres aparecen como sumergidos, engullidos por el negro de la noche. Con una duración total de poco más de una hora, el primer plano diurno tiene lugar recién a los 50 minutos de película. A su vez, la escasez tanto de acólitos como de asistentes a un acto de intenciones proselitistas le da a los esfuerzos del político un carácter absurdo, febril. Concluido el acto, Naishtat filma a los asistentes como cabezas parlantes de un documental, incluyendo el anacronismo de hacer pasar a una motocicleta por detrás de ellos. La ingenua credulidad ante el político no deja a estos campesinos bien parados. Si se trata de una representación del pueblo, lo menos que puede decirse de El Movimiento es que se trate de un film populista.

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