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Martes, 20 de septiembre de 2016

CINE › LA ANTROPóLOGA Y DIRECTORA MARIANA ARRUTI PRESENTA SU DOCUMENTAL EL PADRE

“Fue una película dolorosa para mí”

La realizadora de Trelew vuelve ahora su mirada sobre su propia historia familiar, para encontrarse con un doble desaparecido: “Yo crecí sin un papá no porque hubiera muerto sino porque ese papá no estuvo dicho, no estuvo presente en el recuerdo”, sostiene Arruti.

 Por Oscar Ranzani

“Los silencios del entorno social tuvieron que ver con la desaparición de esa figura paterna”, dice Mariana Arruti.
Foto: Pablo Piovano

La antropóloga y directora Mariana Arruti tiene una amplia experiencia en el terreno del documental histórico-político. Como ejemplo, puede mencionarse La huelga de los locos, un film sobre la historia de la huelga más larga del siglo, protagonizada por los obreros navales en 1956 y que duró catorce meses. Otro documental que forma parte de su filmografía es Los presos de Bragado, que reconstruye el proceso judicial y posterior encarcelamiento de tres militantes anarquistas por la policía de Uriburu en 1931. Sin duda, el punto máximo de su carrera como cineasta, Arruti lo alcanzó con el notable documental Trelew, que cuenta con ritmo de thriller político el acontecimiento que significó el preludio del terrorismo de Estado, producido durante otra dictadura, la de Alejandro Agustín Lanusse. El 15 de agosto de 1972, tras una fuga de prisioneros de organizaciones armadas (ERP, FAR y Montoneros) del Penal de Máxima Seguridad de Rawson, fracasó el plan, un grupo de ellos fue capturado por la Marina y una semana más tarde fueron fusilados dieciséis prisioneros en la Base Almirante Zar. El hecho pasó a conocerse en la historia como la Masacre de Trelew.

Desde el próximo jueves, el Espacio Incaa Gaumont será la plataforma de lanzamiento de su nuevo film, El padre, documental ficcionado, con guión de la propia directora y Debora D´Antonio. A través del film, Arruti inicia la búsqueda de la verdad sobre lo sucedido con su papá. A ella siempre le contaron que había muerto en un accidente ferroviario en 1973. En esa búsqueda intenta desenredar el ovillo de los silencios familiares y del entorno social más cercano para poder indagar por qué su padre, militante del Partido Comunista, fue asesinado en 1973.

Usualmente, este tipo de películas tan personales son las primeras que hacen los cineastas. Al momento de señalar qué la motivó a encarar este proyecto después de los mencionados, la documentalista señala a Página/12: “En realidad, quizás sin tener absoluta conciencia de los pasos y de la biografía de mi viejo, había un hilo invisible que me estaba juntando con otras historias. Cuando empecé a recorrer este camino personal con el intento de comprender esos silencios y esos ocultamientos que se empezaron a construir cuando murió mi padre, lo que sentí fue que quizá todo lo que había hecho antes tenía que ver con eso”.

–Al comienzo del documental señala que no se acuerda nada de su padre. ¿El film fue una manera de hacer surgir el recuerdo?

–Sí, totalmente. La película juega, por un lado, con la recuperación de los trazos de mi papá a partir de los testimonios y de mi encuentro con mi familia paterna. Y, por otro lado, el juego de imágenes que plantea en esos blanco y negro y en esas imágenes de archivo, como de las de Súper 8, tienen que ver con ese intento y esa obsesión de encontrar esa figura y esas imágenes.

–Muchos le contaron cuando era una niña que su padre había muerto en un accidente ferroviario. ¿Cuándo empezó a sospechar que esto podía no ser cierto?

–En algún lugar, siempre hubo sospecha. Me da la impresión de que a los niños es difícil mentirles. Hay una percepción o una sospecha. En realidad, a mis 17 años, una vez en Monte Hermoso, estando de vacaciones, el sobrino de un amigo de mi viejo, me dijo: “A tu papá lo mataron”. Y yo le dije: “¿Cómo? No...”. Y el me comentó: “Esa es la versión que siempre tuvimos en el pueblo”. Yo ya tenía 17 años. Eso me hizo hablar con mi mamá y preguntarle si la versión que ella me había dado de la muerte de mi padre no era verdadera. Y, en realidad, ella estaba convencida de que él había muerto en un accidente ferroviario, que eso había sido de ese modo. A partir de ahí, yo nunca dormí tranquila.

–¿Logró reconstruir el asesinato de su padre gracias a la película?

–Ni siquiera la película logra reconstruirlo. Justamente, una de las cosas que logra contar es que, a veces, hay que soportar vivir con lo que no cierra, que a veces hay que vivir con los cabos sueltos. Además, ésta no es sólo una historia personal. Es una historia colectiva, la historia de los cabos sueltos, las historias de los silencios, las historias de los conflictos familiares en relación a lo que estaba sucediendo en los años 70. Todo eso trasciende la propia historia personal. Si bien yo no quise apelar directamente a lo colectivo en el desarrollo de la historia que planteo en el largometraje (no uso imágenes de archivo deliberadamente) y no hablo de un nosotros, de lo que nos pasó como país, yo mentiría si no dijera que, en realidad, mi objetivo es que cada espectador vaya y pueda sentir que algo lo toca, que algún silencio en su familia transitó y que algún cabo suelto en su historia no tiene.

–¿Fue duro crecer sin saber quién era su papá?

–Y... sí. En realidad, yo crecí sin un papá no porque hubiera muerto sino porque ese papá no estuvo dicho, no estuvo presente en el recuerdo de anécdota, no estuvo en la transmisión de cómo era su voz, su risa, de cómo me abrazaría. Eso que no estuvo en la palabra hace que mi padre esté muerto dos veces. Algunos de los silencios de ese entorno social tuvieron que ver con desaparecer esa figura, no por la muerte sino a partir de lo que no se transmitía, de lo que no se mencionaba, de lo que no tenía palabra.

–¿Cómo fue el trabajo de equilibrar la emoción que le provocó un tema tan cercano con la necesaria distancia como documentalista?

–Lo primero que puedo decir es que fue una película muy dolorosa para mí. Me produjo mucho sufrimiento en muchos momentos. Y eso que usted dice es importante porque yo siempre me di cuenta a lo largo de todo el proceso de realización que necesitaba tomar distancia. Pero también había un tema: yo era protagonista de la película. No me pongo fuera del relato para poder construir un personaje o una historia que es sobre mi padre. La película hablaba de mi propio viaje. Entonces, yo tenía que tener una distancia como realizadora pero, a la vez, tenía que tener una cercanía como protagonista porque también mi verdad y mi dolor estaban en la cercanía.

“A veces hay que vivir con los cabos sueltos”, confiesa Arruti.

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