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Viernes, 23 de septiembre de 2016

CINE › LOS 7 MAGNIFICOS, DE ANTOINE FUQUA, CON DENZEL WASHINGTON Y ETHAN HAWKE

A los tiros en el capitalismo salvaje

El western siempre fue un género político, utilizado para retratar la historia y los valores de los Estados Unidos como nación, y el director de Día de entrenamiento no desaprovecha esa herramienta, que tiene como lejano origen el clásico Los siete samuráis, de Akira Kurosawa.

 Por Juan Pablo Cinelli

Los siete magníficos, un grupo heterogéneo que replica el amplio catálogo étnico estadounidense.

Nuevo trabajo del cada vez más prolífico, desparejo y usuario serial de distintos géneros narrativos Antoine Fuqua, Los 7 magníficos representa un film infrecuente dentro del perfil actual de la categoría de los blockbusters, los mentados tanques de Hollywood. Inusual porque rescata un género como el western, virtualmente extinto como negocio a gran escala. Por eso tampoco extraña que para recuperarlo se haya elegido la jugada menos riesgosa, que es la de rescribir uno de los éxitos más grandes que dio el género en lo comercial, en lugar de usar un guión original. El rulo se retuerce más si se toma en cuenta que aquel original homónimo, dirigido en 1960 por John Sturges e interpretado por estrellas como Yul Brynner, James Coburn, Steve McQueen y Charles Bronson, era también una remake. En aquel caso de Los siete samuráis (1953), obra maestra de Akira Kurosawa, una de las muchas que llevan la firma del director japonés. También es todo un síntoma que el modelo de western elegido no haya sido el del vaquero solitario, sino el de un grupo de hombres con habilidades especiales unidos para combatir el mal. Un modelo que de algún modo se asemeja al del equipo de superhéroes, al estilo de Los Vengadores o la reciente Escuadrón Suicida que, al contrario de lo que ocurre con las películas del oeste, sí son uno de los negocios más redituables de la industria del cine contemporáneo.

La historia es la de siempre: un pueblo es asolado por el malo de turno, esta vez Bartholomew Bogue, violento empresario que ha hecho un imperio minero saqueando villorrios perdidos como ese, en el extremo suroeste de un país que acaba de terminar su Guerra Civil. La cosa empieza con una gran escena: el pueblo reunido en asamblea dentro de la iglesia discute cuál es el mejor camino para resolver el asunto. Pero lo que en realidad se está debatiendo son las diferentes formas de enfrentar al capitalismo, sistema del cual el corrupto Bogue representa su variante más salvaje. Para unos lo mejor es bajar la cabeza y que cada quien siga en lo suyo; otros argumentan que lo correcto es unirse, armarse y enfrentarlo. Una discusión tan vieja que Fuqua consigue adaptarla con ingenio al contexto del lejano oeste, para hacer de ella el punto de partida de su película. La irrupción de Bogue en medio de la asamblea termina de establecer cuáles son las condiciones: el que está de acuerdo se queda y el que no, se lleva una bala en la cabeza como souvenir. Casi como en la vida real. Es cierto que la analogía en algún momento comienza a ponerse gruesa, pero aún así funciona.

Un grupo de vecinos que se cuentan entre los que han perdido algún familiar a manos de Bogue (interpretado con solvencia por el especialista en psicópatas Peter Sarsgaard), decide contratar a Chisolm, un recio oficial de justicia, para que venga a reinstaurar el orden. Conocedor del personaje al que se enfrentará, este hombre de ley decide reclutar un pequeño escuadrón de forajidos, descastados y ex soldados para cumplir con el encargo. Quien se pone en la piel del líder es Denzel Washington, uno de los actores fetiche de Fuqua; el otro es Ethan Hawke, que también forma parte del equipo. Con ambos filmó su primer éxito, Día de entrenamiento (2001), por la que Washington se convirtió en el primer actor negro en ganar un Oscar por un rol protagónico. Pero el western siempre fue un género político, utilizado para retratar la historia y los valores de los Estados Unidos como nación, y Fuqua no desaprovecha esa herramienta. Sus siete magníficos son un grupo plural y heterogéneo, que replica el amplio catálogo cultural y étnico de su país. En él están todos representados: negros, indios, chinos, latinos y los blancos, claro, en sus variantes cool, conservadora y white trash. Que los que sobreviven sean los representantes de las tres minorías menos favorecidas no es una decisión azarosa, sino una forma de incluir dentro de esta clásica construcción de identidad a través de la ficción a aquellos que fueron siempre los excluidos, los parias o, directamente, el enemigo.

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