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Domingo, 11 de febrero de 2007

CINE › ENTREVISTA AL CINEASTA ALEJANDRO DORIA, DESPUES DEL PREMIO GOYA OBTENIDO POR “LAS MANOS”

“La fe no tiene que ver con la religión”

El director de Esperando la carroza dice que su film distinguido en España no es “religioso” y compara al padre Mario con el padre Mugica, porque “protegía y curaba a los humildes”. Doria sostiene que todas sus películas, en el fondo, cuentan lo mismo: “Hablan del nacimiento, de la vida, de la muerte, de la solidaridad, de la hipocresía”.

 Por Oscar Ranzani

Si bien Alejandro Doria recibió numerosos premios a lo largo de su amplia trayectoria en cine y televisión, dice no ser muy amante de los galardones. El realizador sostiene que tiene un conflicto con los premios porque nunca se los cree. “He visto a lo largo de la vida que muchas veces me han premiado y creo que no me lo merecía y otras veces no me han premiado y me lo merecía”, comenta en la entrevista con Página/12. El director de Darse cuenta y Esperando la carroza recibió hace unos días el Goya a la Mejor Película Extranjera de Habla Hispana por su más reciente largometraje, Las manos, basado en episodios de la vida del padre Mario Pantaleo, un sacerdote italiano que vino a la Argentina y que, según la creencia, tenía el poder de la sanación a través de la imposición de manos. A pesar de la distancia que traza Doria con los premios, afirma que recibir el Goya “fue importante para el país porque es genuino. No podés entrar acomodado al Goya”.

Las manos –estrenada el año pasado en la Argentina– podrá verse en España y probablemente el Goya que obtuvo le dé un envión suficiente para ser vista masivamente en la península ibérica. Protagonizada por Jorge Marrale –que encarna al padre Mario– y por Graciela Borges –que interpreta a Perla, una mujer que acudió al padre Mario para curarse de un cáncer y que terminó siendo su mano derecha–, no es un film religioso a pesar de la figura en la que se posa. Doria dice que, independientemente de los valores cinematográficos que se le puedan atribuir, “todo el mundo que ve Las manos sale conmocionado. La película tiene una genuina emoción. Creo que tiene que ver con el respeto con que la hicimos. Soy cristiano de origen, no tomé la comunión, no creo en las iglesias de ningún credo. Creo en Dios, creo en la fe y creo que hay un solo Dios para todos”, asegura.

–¿Se puede ser un hombre de fe sin ser religioso?

–La fe no tiene nada que ver con la religión porque Dios no pertenece a ninguna religión. Para mí Dios es algo que gobierna el universo que vivimos y que es inexplicable e inentendible. Hay que sentirlo o no sentirlo. No creo en la Biblia ni en nada de lo que cuentan las religiones. Sí creo en la existencia de algo superior, que es Dios. El padre Mario, si bien había estudiado y se había recibido de sacerdote, tuvo un enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica y con el Vaticano. Si vos te enfrentás al Vaticano, estás discutiendo la verdad del Vaticano.

–¿Cómo se acercó a la figura del padre Mario?

–Yo no sabía nada más del padre Mario que su nombre. Sabía que alguna gente había ido a verlo, que curaba por imposición de manos, pero nada más que eso. Una noche me llamó Graciela Borges diciéndome que estaba con dos productores que querían filmar una película sobre el padre Mario. No dije ni sí ni no. Dije: “que me alcancen el libro que tienen y lo veo”. Lo leí. El libro era de Bautista Stagnaro, estaba bien pero era muy largo. Tenía cosas brillantes. Entonces les pedí que me dejaran tres meses con Stagnaro, corregir el libro, modificarlo a ver si llegaba a una versión en que lo viera al libro. A esta altura de mi vida no filmo ni hago nada si no lo veo. Soy honesto conmigo mismo. Y en tres meses lo encontré y dije que sí. Y la película tiene el espíritu del padre Mario, que es lo que atrae y engancha a la gente. Porque la gente no te dice “es buena” o “es mala”. Te dice: “¡Cómo me emocioné!”. Ese es un valor auténtico.

–¿Usted lo considera una figura religiosa o alguien que excede esa definición?

–No, no es una figura religiosa. Es un héroe. Para mí es un hombre que luchó contra todo por la salud de la gente que lo iba a ver o lo rodeaba. Luchó contra los descreídos, luchó por la solidaridad, hizo obra en beneficio de los chicos, de los viejos, de los enfermos. Y luchó contra las autoridades de la Iglesia acá y contra las del Vaticano. Luchó como un héroe. Un ejemplo viviente de la verdad de él es Perla, la mujer que lo ayudó en su obra. Ella llegó a él en 1968, con un cáncer terminal y con una hemorragia permanente. En el primer encuentro en la casa de Pellegrini y Santa Fe, le detuvo la hemorragia y en tres meses la curó. Y hoy, hace tres o cuatro meses, Perla cumplió ochenta años y está recontra sana.

–¿Considera que el padre Mario formó parte de una iglesia más cercana a los desamparados?

–Totalmente. Creo que el padre Mario tenía que ver con el padre Mugica. No sé si se conocían entre ellos, pero él levantó su parroquia en González Catán, que es un lugar de gente muy humilde. Protegía y curaba a los humildes, daba misa a las cinco de la mañana para los humildes. Después, cuando empezó a hacerse conocer, lo iba a ver gente de todos los sectores sociales. También iba gente rica. Hubo fracasos en su historia. No fracasos, hubo gente que llegaba a él y era demasiado tarde. Por ejemplo, Víctor Laplace la llevó en sus últimos días a Nélida Lobato, que tenía cáncer, estaba toda tomada y el padre Mario le dijo que ya no podía hacer nada. Que sí la iba a imponer para que no tuviera dolores y Nélida pudo trabajar casi hasta el final.

–¿Cuál es su posición sobre los misterios de la fe, un tema central en la película?

–Para mí son misterios. Yo no soy cura, ni he tomado la comunión, ni voy a la iglesia a reunirme con Dios. No necesito eso. Yo creo en la existencia de Dios, y lo comparo con otra cosa que no comprendo dentro del mundo en que vivimos: la idea de infinito. Creo que mi capacidad mental no está formada para entender la idea de infinito. Tampoco está formada para entender a Dios. Dios es incomprensible. Sí puedo sentirlo. Y necesito creer que hay algo superior que nos gobierna. Y eso sería Dios.

–Es como un enfrentamiento entre la razón y la emoción.

–Exactamente. Por eso digo que en ciertas cosas no estoy del todo de acuerdo con el padre Mario. El, aunque se enfrentó al Vaticano y a las autoridades eclesiásticas, era mucho más parecido a un militante de la fe cristiana. Yo creo que la fe es una sola. No creo en los templos. Creo que las iglesias y las religiones se crearon o se formaron para dividirnos y enfrentarnos, como siempre en las guerras: los cristianos se enfrentaban con los musulmanes, con los judíos.

–¿Y qué es la Iglesia para usted?

–Es como un partido político. El poder de la Iglesia es que gobierna y domina a la gente con lo más puro que tiene, que es la fe.

–¿Qué sigue sintiendo al filmar?

–Yo siempre siento una gran angustia cuando trabajo. Una gran premura. Es como la necesidad de cumplir. No soy ordenado ni manejo bien mi vida ni mi capital pero soy cumplidor. Cuando emprendo una filmación, salgo de un puerto y en cinco, seis o siete semanas (según sea el plan) tengo que llegar a otro puerto. Soy muy responsable.

–¿Y qué es lo que más disfruta?

–Cuando está terminado un trabajo y siento que el espectador recibe lo que hice. La gente me dice “me emocionó”, como me pasó con Darse cuenta. Esperando la carroza me emociona. Pensar que han pasado 21 años y la gente se la sabe de memoria y sigue viéndola. Además, todas las películas que hice son muy diferentes. Cuando hice Darse cuenta en el ’84 tuve un éxito muy grande y al año, en lugar de imitarme a mí mismo y hacer otro Darse cuenta, dirigí Esperando la carroza, y también fue un éxito. Pero creo que todas mis películas, que son muy diferentes, en el fondo cuentan lo mismo. Yo creo que La isla es igual que Los miedos, que Los pasajeros del jardín, que Cien veces no debo. Todas hablan del nacimiento, de la vida, de la muerte, de la solidaridad, de la hipocresía.

–¿Por qué no hace TV?

–No haría. No me han llamado. Desde el ’98 que no hago. Pero no haría porque no estoy de acuerdo con la ideología que se impuso en la televisión. Entró a gobernar una ideología perversa. Aunque pudiera hacer mi programa y me llamaran y me dieran libertad para hacer cualquier cosa, ¿compartir programación con programas que desprecio? No. No estoy de acuerdo ni con las cámaras sorpresa, ni con los grandes hermanos. No estoy de acuerdo con que Mujeres asesinas (estupendo el primer año, el mejor en realización y actuación), sea un programa dedicado a contar historias de mujeres que matan. De mujeres que matan a su hijo, a su padre, a su marido, a su amante. Es como dar ideas a la gente de que una solución puede ser matar a quien le hace mal. Y el público quiere ver eso.

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Doria dice que dejó de hacer televisión porque está dominada por “una ideología perversa”.
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