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Viernes, 9 de noviembre de 2007

CINE › “HALLOWEEN, EL COMIENZO”, DE ROB ZOMBIE

Un problema de terapia fallida

 Por Horacio Bernades

5

HALLOWEEN, EL COMIENZO
(Halloween) EE.UU., 2007

Dirección y guión: Rob Zombie, sobre guión original de John Carpenter y Debra Hill.
Intérpretes: Malcolm McDowell, Brad Dourif, Tyker Mane, Sheri Moon, William Forsythe, Udo Kier y Danny Trejo.

No son uno sino al menos dos los asesinos de la versión Rob Zombie de Halloween, el superclásico de John Carpenter que en Argentina se conoció, en su momento, con el título de Noche de brujas. El primer asesino es el psicologismo, que convierte a Michael Myers en un vulgar paciente de terapia (terapia fallida, sin duda) en lugar del Mal puro, sin explicaciones, que casi treinta años atrás esa máscara supo representar. Por algo era una máscara y no una persona. El segundo asesino es el mecanicismo, que hace de la última media hora (o más) de proyección una reiterada, aburridora sucesión de cuchillazos, hachazos y otras técnicas de corte e incisión. No es que Zombie se regodee en ello: nada más lejos del cine de torturas actual que los sobrios rituales mortuorios del ex rocker. No se regodea, pero tampoco parece ocurrírsele otra cosa para hacer que no sea matar y seguir matando.

Fiel a su etología previa, el realizador de las estimables 1000 cuerpos y Violencia diabólica hace descender a la familia Myers más de un buen par de escalones en la pirámide social. El pequeño Michael, sus papás y hermana –que en la película de Carpenter ocupaban una de las tantas casas residenciales del barrio donde la historia transcurría– se ven relocalizados ahora en los barrios más rascas de la ciudad.

Familia Zombie a la enésima, mamá Myers (Sheri Moon, Sra. de Zombie en la vida real) trabaja como bailarina de caño en la línea Vélez-Fulop, mientras el papá es uno de esos white trash de musculosa, pelo sucio, latita de cerveza y gesto permanente de siteagarrotemato. No sólo eso: en cuanto se asoma a la cocina la hermanita de Michael, que andará por los 15, los ojos de papá (el genial William Forsythe, que desde Erase una vez en América viene puliendo su galería de monstruos) se posan sin disimulo en la parte más mullida de su espalda adolescente. Por las dudas que nadie se haya dado cuenta, le comenta a mamá qué lindo culito está echando la nena.

Con una familia así cualquiera se convierte en Michael Myers, podrá pensarse. Ese es el problema: buena parte del poderío de la versión Carpenter derivaba justamente de la condición inhumana del protagonista, por lo cual su humanización no podía generar un efecto que no fuera negativo. En sintonía con su paciente, el Sam Loomis de Donald Pleasence dejó de ser un cazador de monstruos –discípulo de Van Helsing y no de Freud– para convertirse en un psicoterapeuta común y corriente, al que Malcolm McDowell ni siquiera le aporta algo del Alex de La naranja mecánica. Otro tanto podría decirse de Brad Dourif, que hace del sheriff, y en quien se extraña la locura que le entregó a su extraterrestre de The Wild Blue Yonder, esa maravilla de Werner Herzog.

Hay un cameo de Udo Kier y está también Danny Trejo, gigantón de piel poceada que es uno de los actores-fetiche de Robert Rodríguez. Pero están tan diluidos que el crítico no puede ni recordar qué papeles hacen.

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Imagen: Malcolm McDowell.
 
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