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Viernes, 11 de enero de 2008

CINE › “MI NOMBRE ES AUGUST RUSH”, DE KIRSTEN SHERIDAN

Historia olvidable, con estética de clip

 Por Diego Brodersen

4

MI NOMBRE ES AUGUST RUSH
(August Rush, Estados Unidos, 2007)

Dirección: Kirsten Sheridan. Guión: Nick Castle y James V. Hart.
Fotografía: John Mathieson.
Música: Mark Mancina.
Intérpretes: Freddie Highmore, Keri Russell, Jonathan Rhys Meyers, Robin Williams, Terrence Howard.

¿Se preguntó alguna vez, estimado lector, qué quieren decir algunos críticos de cine cuando hablan de “estética videoclipera”? Pues bien, Mi nombre es August Rush puede darle una respuesta sin que sean necesarias las descripciones teóricas. Basta con ver los primeros diez o quince minutos del film de Kirsten Sheridan para acceder a un breviario de muchos de los rasgos estéticos de esos breves comerciales discográficos conocidos como videoclips. Aunque, pensándolo mejor, también se podría tratar de una publicidad de teléfonos celulares anunciando las infinitas posibilidades para estar comunicados, siempre. ¿Hay algo de malo en todo ello? No en principio, aunque es frecuente que el chisporroteo visual en formato de largometraje acompañe, indisoluble, la ausencia de ideas de puesta en escena. Un ejemplo claro en August Rush: ¿por qué una secuencia en una cabina telefónica que no ocupa más de quince segundos necesita aproximadamente la misma cantidad de planos, es decir, un plano por segundo, para encuadrar a un único personaje? Al realizador y montajista soviético Sergei Eisenstein le hubiera explotado la cabeza de sólo pensarlo.

De todas maneras, hay que decir que ese mal gusto narrativo va acompañado, como suele ocurrir salvo contadas excepciones, de una historia que le hace todos los honores. Una chelista y el líder de una banda de rock –Keri Russell y Jonathan Rhys Meyers, quien supo encarnar a mejores rockeros, verbigracia: Velvet Goldmine– se conocen una noche, hacen el amor apasionadamente y no vuelven a verse nunca más por razones que el film no termina de aclarar. El embarazo de la joven no es del agrado de su progenitor, quien opta por dar al recién nacido en adopción haciéndole creer a su hija que el bebé nunca nació. Once años más tarde, un huérfano prodigioso en cuestiones musicales –el debutante Freddie Highmore– sale en busca de sus padres biológicos. Este planteo melodramático, que podría haber dado origen a un film interesante por lo extremo de las emociones en juego, se transforma por obra y gracia del mentado estilo en un imposible menjunje de cursilería, sentimentalismo de segunda mano y misticismo ramplón. Al director norteamericano D. W. Griffith le hubiera dado un soponcio.

Como es de esperar dadas las circunstancias, las referencias a Oliver Twist son permanentes, remachadas por la presencia de Robin Williams en la piel de Wizard, un Fagin moderno que obliga a sus jóvenes pordioseros a tocar melodías en la vía pública por un puñado de dólares. El joven Evan Taylor, quien luego cambia su gracia por la más artística August Rush, va por la vida escuchando música en cualquier esquina, como un Jean Baptiste Grenouille sonoro (si hasta hay un pequeño hurto conceptual a la adaptación cinematográfica de El perfume), hasta que Wizard lo transforma en su chico estrella. De allí al cierre del relato, con nuestro héroe reuniendo a sus padres gracias al poder de la música en medio de un recital que incluye el estreno de la primera sinfonía de August, hay apenas un par de pasos. Estos incluyen una incontable cantidad de azares, telepatías emocionales varias y deseos cumplidos al pie de la letra. Podrá pensarse que, al fin y al cabo, Mi nombre es August Rush es un cuento de hadas moderno, pero todo tiene su límite. Los hermanos Grimm le hubieran bajado un par de cambios a tanto realismo mágico.

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