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Jueves, 21 de febrero de 2008

CINE › “PETROLEO SANGRIENTO”, DE PAUL THOMAS ANDERSON, CON DANIEL DAY-LEWIS

Un pionero del capitalismo monstruoso

El director de Boogie Nights, Magnolia y Embriagado de amor vuelve a demostrar que es un cineasta particularmente dotado, pero irregular.

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PETROLEO SANGRIENTO
(There Will Be Blood) EE.UU.,2007

Dirección y guión: Paul Thomas Anderson, sobre novela de Upton Sinclair.
Fotografía: Robert Elswitt.
Música: Jonny Greenwood.
Intérpretes: Daniel Day-Lewis, Paul Dano, Ciarán Hinds, Kevin J. O’Connor y Dillon Freasier.

Si los suntuosos movimientos de cámara y el montaje sincopado de Boogie Nights ponían a Paul Thomas Anderson en deuda con Scorsese, si el desolado rompecabezas de Magnolia parecía armado por el Robert Altman de Ciudad de ángeles, en Petróleo sangriento este multiheredero de 37 años levanta la apuesta y apunta al propio cielo del cine estadounidense, allí donde reinan Orson Welles y El Ciudadano. Contemporáneo de Charles Foster Kane, el protagonista de Petróleo sangriento es, como él, una encarnación monstruosa del capitalismo, capaz de sacrificar todo y a todos con tal de llegar hasta lo más alto. Que terminará resultando, claro, lo más bajo. Fábula moral cerradamente pesimista, no queda aquí resquicio para ningún Rosebud.

El opus 5 de Anderson es también la primera ocasión en que este wonderboy (tenía 26 años, la misma edad que Orson Welles, en el momento de su debut) parte de un texto ajeno. Versión libérrima y acotada de Oil!, del escritor socialista Upton Sinclair, There Will Be Blood (el título original de la película no rehúye las resonancias bíblicas) se inspira en la primera parte de esta novela-río, publicada a fines de los años ’20. Se narra allí un cuarto de siglo en la vida de su protagonista y de los Estados Unidos, desde fines del siglo XIX hasta las primeras décadas del siguiente, cerrándose el film con una coda que tiene lugar tres lustros más tarde. Hasta tal punto el realizador, guionista y productor no se sintió encadenado a la novela, que convirtió en protagonista a quien allí no lo era, rebautizándolo de paso. El J. Arnold Ross de Oil! devino Daniel Plainview, al tiempo que su hijo pasó de protagonista a simple marioneta, en manos del padre.

Una nada rocosa es lo primero que se ve en este film que la Academia convirtió en uno de sus dos favoritos (ocho nominaciones, incluyendo las más importantes, lo ponen cabeza a cabeza con la última de los hermanos Coen). De modo discordante con la imagen, la banda sonora del Radiohead Jonny Greenwood hilvana una partitura sinfónica y disonante. Se sobreimprime la fecha: 1890. Solo, hundido en un pozo, Plainview (Daniel Day-Lewis, cuyas dimensiones operísticas lo vuelven a poner rumbo al Oscar) coloca sus primeras cargas y sufre un accidente, que lo dejará rengueando el resto del metraje. De allí en más, Plainview no para de ascender, hasta terminar en su propia Xanadú. Que es una nueva nada, pero llena de lujo, objetos y caprichos personales, como la de Charles Foster Kane.

Escandida en dos o tres grandes saltos temporales, cada vez que la narración se asiente no lo hará en función de un acontecimiento fuerte, sino por razones más elusivas y difíciles de determinar. Ocupando siempre el centro de cada escena, en largos planos-secuencia que ya son marca Anderson, Plainview se construye a sí mismo como self-made man, hasta terminar enfrentado con los representantes de la Standard Oil. Esa condición de entrepreneur independiente (lo que los norteamericanos llaman maverick) lo empareja no sólo con Kane, sino también con el Howard Hughes de El aviador y el Tucker de Coppola. Así como no hace pie en tiempos fuertes, Anderson tampoco se apresura en definir un rumbo para su relato ni en redondear claramente a sus personajes. Pasará casi una hora (de la cual la primera mitad es pura narración visual, prácticamente muda) hasta que un acontecimiento doblemente significativo tenga lugar.

Al inaugurar su primer pozo, Plainview (cuya habla lenta y portentosa Day-Lewis parecería haberle expropiado al John Huston de Chinatown) desaira a Eli Sunday (excelente Paul Dano), jovencísimo predicador evangelista, clownesco fundador de la Iglesia de la Tercera Revelación y autoridad religiosa de la zona. A partir de ese momento, ambos librarán una pulseada que alcanza verdaderas cimas de humillación y crueldad. En verdad, el oilman y el preacher no son otra cosa que espejos enfrentados. La mentira, la manipulación del prójimo, el crimen, la inhumanidad en suma, los igualan. Si la idea de relacionar el poder del petróleo y la cruz convierte a Petróleo sangriento en una posible saga de soslayo sobre los Estados Unidos contemporáneos, la caricaturización del personaje de Sunday (posible huella del admirado Robert Altman) le quita profundidad dramática, banaliza el enfrentamiento.

Con parecida inconsecuencia, durante más de hora y media Anderson se toma el trabajo de mantener opaca la intimidad de Plainview, para terminar explicitándola en una simple línea de diálogo. De modo semejante, la coda del film agiganta las caricaturas, llevándolas hasta el extremo de la bufonada y la simplonería. Como sucedía en Boogie Nights y Magnolia (no en Embriagado de amor, por cierto), al final todos pagan por sus pecados, en medio de un furor condenatorio que parecería igualar al realizador con el mismísimo Eli Sunday. Si en sus mejores momentos Petróleo sangriento muestra a Anderson como gran narrador visual, su nueva película lo confirma como un cineasta dotado, pero irregular. Un wonderboy en busca de consumación, un campeón todavía desparejo.

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