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Martes, 29 de noviembre de 2005

PLASTICA › UNA FUNCION CLAVE DEL ARTE CONTEMPORANEO DE LOS ULTIMOS AÑOS

Qué y quiénes son los curadores

Acaba de publicarse un libro de Gumier Maier con entrevistas a 35 curadores locales. Experiencias y precisiones.

Gumier Maier está considerado uno de los más destacados curadores por su trabajo en la galería del Rojas. Acaba de publicarse su libro Curadores-entrevistas, un panorama completo de los alcances, acepciones y variaciones que el término tomó en nuestro país, a través de entrevistas a 35 curadores argentinos. En el volumen, editado por Libros del Rojas y distribuido por Eudeba, Gumier convoca a lo largo de cuatrocientas páginas a los principales críticos, investigadores, galeristas, directores de museos y artistas argentinos con amplia actuación como curadores de exposiciones locales e internacionales, para que cuenten sus experiencias.
El listado de entrevistados incluye a Rodrigo Alonso, Esteban Alvarez y Tamara Stuby, Laura Batkis, Leo Batistelli, Ana María Battistozzi, Sonia Becce, Florencia Braga Menéndez, Laura Buccellato, Fabián Burgos, Mercedes Casanegra, Rafael Cippolini, Marcelo de la Fuente, Andrés Duprat, Fernando Farina, Andrea Giunta, Alberto Goldenstein, Valeria González, Eva Grinstein, Gachi Hasper, Alicia Herrero, Inés Katzenstein, Fernanda Laguna, Adriana Lauria, Alfredo Londaibere, Victoria Noorthoorn, Marcelo Pacheco, Patricia Rizzo, Adriana Rosenberg, Livia Basimiani y Javier Ríos, Graciela Taquini, Horacio Torres, Gustavo López y Ana Porchilote.
El siguiente es un fragmento del reportaje a Alberto Goldenstein, curador de la fotogalería del Centro Cultural Rojas:
–No estaba en tus planes [ser curador de la fotogalería desde 1995]
–No estaba en mis planes, pero estaba en mi discurso docente, porque mi práctica docente no pasa por una formación técnica, sino más bien por un concepto editorial.
–La tarea de curador fue casi una prolongación de tu actividad docente...
–Y sucedió muy naturalmente. Yo me llamo a mí mismo “curador”, pero a veces me suena como demasiado. A la vez, tampoco soy simplemente el programador de una fotogalería, porque diseño una línea. A los artistas los busco. Hay un trabajo de acercamiento, de seguimiento de la obra y de discusión con el artista sobre su producción. Hay gente que me va mostrando, o los voy siguiendo y los miro desde un lugar muy complejo, no sé si de curador, pero sí de artista fotógrafo, de docente. Lo de curador es porque todo eso va a parar a una fotogalería, pero en realidad es simplemente mostrar gente. La que se me acerca, la que me consulta, o a la que me acerco. De hecho, en los primeros años mostré a pares míos: RES, Marcos López, Marcelo Grossman, Alex Kuropatwa, Julio Grinblatt, Alessandra Sanguinetti. Mostré pares generacionales artísticos y también a viejos fotógrafos, a fotógrafos académicos, a fotoperiodistas. Digamos que en ese tiempo fui eligiendo lo que me parecía mejor y más posible mostrar, en el sentido de que quisieran hacerlo allí. Quería mostrar gente de mi generación y también incluir cosas que yo había generado en otros. Obras más desprejuiciadas. Y yo tenía que mostrarlas, porque no sirve que haya un artista desprejuiciado si no hay otro que lo muestra. Y eso no existía en la fotografía. Yo me puedo jactar de haber sido el más desprejuiciado de todos los responsables de fotogalerías.
–Incluso con ribetes de escándalo...
–Sí, por qué no. No escándalo por mostrar una teta, sino por mostrar a fotógrafos políticamente incorrectos. El mundo de la fotografía era un plomo atómico, entre prehistórico y estalinista. Y yo veía en el mundo de las artes plásticas mucho desprejuicio. Hoy en realidad comprendo que el desprejuicio que yo veía era el de mis amigos artistas, no que las artes plásticas en general fueran más desprejuiciadas que la fotografía. Tuve la suerte de cruzarme en la vida con artistas que sigo, admiro y defiendo. Eso también es crucial, de ahí me agarré siempre. Con la experiencia de los artistas amigos míos armaba el mirador desde el cual trabajar. En esa compañía, y sumándome a esa energía, hacer algo en fotografía.
–Y de hecho, la fotogalería empezó a interesar a un público no exclusivamente fotógrafo.
–Exactamente, a mí me interesaba también influir desde la fotografía en los artistas plásticos. Me interesaba provocarlos. En lo posible atraerlos, y también molestarlos.
–¿Por qué decís provocarlos y molestarlos?
–Porque a veces la fotografía tiene como una economía intrínseca, una austeridad intrínseca como objeto, que a mi modo de ver vuelve muy superfluo gran parte del arte plástico que se produce. Y a veces, en las artes plásticas se ve una búsqueda forzada de la simpleza que no rinde, porque no resulta simple, y creo que la fotografía tiene bastante que decir al respecto. Tiene esa cosa inquietante de que a veces con una foto se puede llegar al mismo punto, y si es más sencillo y ocupa menos lugar, mejor. Es como agregar ese dilema, uno más entre los tres millones de dilemas que hacen a la producción de una obra. La pregunta: “Bueno, ¿vale la pena?”. La idea era no sólo influir al medio fotográfico, sino también dialogar con las artes plásticas. Con el afán de integración, pero también en un afán de reverberación, de rebote, de ping-pong, de diálogo. De... “bueno, veamos este problema, que parece ser problema”. [...]
–Esa división supuesta entre el fotógrafo y el artista que hace uso de la fotografía también fue encaminando la producción hacia cierto tipo de obra. Esta aceptación de la foto la formateó bastante...
–Claro, empezaron a verse obras de gran tamaño, cajas de luz, el backlight fue como un furor, fue como la época de la botamanga ancha, digamos, y aparentemente pasó por completo porque aquí ya nadie hace más backlights. Fotos grandes sí, pero eso tiene que ver también con que se hace fotografía para espacios grandes, museísticos. Está Jeff Wall o Thomas Struth, que hacen cajas de luz de seis metros por cinco. Obras gigantescas para museos de arte contemporáneo, a nivel de murales. Hay una referencia en esos trabajos al arte renacentista, llevado a un objeto ultramoderno, que a mí personalmente me encanta. Es un espejito de color, la verdad que sí, pero la fotografía es un espejito de color, así que curtirlo me parece totalmente lícito. [...] Volviendo al tema, creo que es un momento en el que hay un cambio, una mutación en la fotografía y en el gusto por la fotografía. Si la fotografía es un arte contemporáneo más, empieza a dialogar con nuevos formatos, con nuevos planteos, con nuevas ideas, entra a compartir conceptos y está muy bien que así sea.
–Estas muestras que fueron “políticamente incorrectas”, también fueron, de alguna manera, sacarle el jugo a una escena que se estaba dogmatizando en torno a lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer.
–Claro, yo creo que cuando comenzó la fotogalería era un momento en el que hacía falta una revisión. Se estaban dando por sentado demasiadas cosas que para mí no eran así, y se caminaba como si tal cosa. Creo que no se puede ir para adelante dando por sentadas las cosas. Las cosas no se dan por sentadas, menos en esto. Y a mí me pareció que Aldo Sessa, o la fotografía de fotoclub por otro lado, estaban muy vilipendiadas. Y más allá de que tuvieran razón o no para serlo, los que las vilipendiaban no tenían mucha razón para hacerlo. Fue por eso que los mostré y los que se pusieron más nerviosos fueron los vilipendiadores, obviamente. A los demás les importó un pito. Les gustó o no les gustó y listo. Los que se pusieron como locos fueron todos aquellos a los que quise molestar, o sea, estuvo perfecto.
–¿Cómo fue, lo invitaste?
–No, fue casual. Apareció en la inauguración de una muestra, no me acuerdo de quién. Lo vi y estaba sonriendo, le gustaba mucho el espacio, me pareció muy caballeroso en el trato, me encantó eso. Y en un momento me pareció un tipo muy serio, y era Aldo Sessa. Lo invité ahí mismo.
–¿Y ahí mismo dijo que sí?
–Se hizo la estrella, pero agarró viaje. Se frenó para no decir “sí, dale”, pero estaba contentísimo con la idea. Y a mí me encantó que se pusiera contento, me hablaba un poco mejor de él todavía. En ese momento lo sentí así. Y lo del fotoclub también, fue como llevar a todo el Jurassic Park, pero ellos estaban chochos, los hice felices, lloraban de la emoción, es un trabajo que hacés una sola vez en tu vida: ir ahí, ver el material. Fui con un espíritu algo excéntrico: era la manera de abordarlo. Y se armó una muestra histórica copada. Eran como veinte. Pero bueno, eso fue una gota más en el desarrollo del espacio. La fotogalería, del algún modo, en un momento generó una estética y la sostiene. Marca una cosa que es rara.
–¿Rara?
–Rara, sí, me parece que es rara. Particular, digamos. Me gustaría no ser el que la dirige para poder verla. Me encantaría. Me encantaría tener una opinión sobre la fotogalería, pero no la tengo. Sé cómo la trabajo, que ahora cada vez lo hago de una manera más natural [...] Estoy muy feliz y agradecido con el Rojas. Tampoco tengo perspectiva para ver al Rojas, como no la tengo con la fotogalería. La gente dice, con respeto: “Ah sí, ¡¡el Rojas...!!”, y a mí interiormente me causa gracia, aunque cada vez me causa menos gracia: la estoy creyendo un poco en ese punto. Me parece que el Rojas es un lugar serio, al menos por comparación. Entonces estoy feliz, porque me parece que uno también trabajó para eso. (Fragmento de Curadores-entrevistas, de Gumier Maier, Libros del Rojas, 400 páginas.)

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Vista parcial de la muestra de Enrique Mármora en la galería del Rojas, en 1993.
 
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