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Martes, 20 de enero de 2009

PLASTICA › DEBATES SOBRE ARTE Y POLITICA EN LOS AÑOS ’30 Y ’40

Arte, revolución y modernidad

Un libro de reciente publicación rescata el pensamiento y la vida de Córdova Iturburu. Agudos debates con Borges –sobre el papel del arte en los años ’30– y con Rodolfo Ghioldi –contra ortodoxia comunista de los años ’40–.

 Por C. Córdova Iturburu *

He leído no sin desagradable sorpresa la respuesta de Jorge Luis Borges a la pregunta que formula Contra: ¿Debe estar el arte al servicio del problema social? Borges no la contesta ni deja de contestarlo. Lo elude, simplemente, deslizándose por la tangente de un fácil humorismo. ¿Es posible juzgar con benevolencia tal actitud, incursa en pecado de frivolidad, de un escritor cuya gravitación en ciertos sectores de nuestro medio es evidente? Quienes le formularon la pregunta lo hicieron de buena fe, honradamente. De buena fe, honradamente, debió contestarles. No es lo que ha hecho. La pregunta de Contra puede parecer desdeñable a Borges y desdeñables quienes se la formularon. Pero, en realidad, define una inquietud seria, fundamental, de un vasto conjunto de hombres a quienes preocupa el destino del mundo y que aspiran a influir en la realización de este destino. Y esto no es desdeñable por alto que se planee o se pretenda planear en materia de preocupaciones.

La respuesta de Borges no debió publicarse. Es una burla y una disminución intencionada del problema. Claro está que un arte al servicio del voto secreto y obligatorio o del impuesto único sería esencialmente ridículo. Tan ridículo como un arte al servicio del Jabón Reuter o de los pantalones con una franja de los compadritos convencionales del sainete. Pero no se trata de eso, Borges no puede dejar de saberlo, el voto secreto y obligatorio y el impuesto único, instituciones chatamente burguesas, opacamente liberales, pueden constituir un ideal en un comité radical o conservador o en un centro socialista y encender el verbo frenético de sus oradores. Pero el voto secreto y obligatorio y el impuesto único, tras los inútiles del liberalismo en bancarrota, son cosas enteramente ajenas a eso dramático, viviente, cálido y humano que flota hoy sobre las muchedumbres trabajadoras del mundo y que se concreta en una ideología y un sentimiento revolucionarios.

Cuando se le formuló la pregunta: ¿Debe estar el arte al servicio del problema social? quiso decírsele –y él no pudo dejar de entenderlo– ¿no cree usted que esa ideología y ese sentimiento revolucionarios tienen bastante dignidad humana para engendrar un arte? ¿No cree usted que ese espíritu universal de revuelta, generador en el sentimiento heroico de la justicia necesaria, asume una dignidad suficiente como para que los artistas desciendan de su pedestal y presten oído al rumor amenazante de la marea que sube desde capas inferiores de la sociedad? ¿No cree usted que el mundo ha cambiado, que algo se ha roto para siempre, que algo para siempre ha nacido y que ese algo –sentimiento, idea– puede constituir en muchos corazones una religión nueva, una emoción universal, rica de elementos artísticamente utilizables? Borges –hombre que vive como yo en el año 1933– no habrá dejado de advertir que una sociedad se derrumba y que otra sociedad pugna por nacer de entre sus ruinas. Tampoco ignorará que el conflicto –que tanta sangre ha hecho correr ya y tanta sangre debe hacer correr aún– se ha planteado entre una minoría sin derechos respetables al bienestar y que, sin embargo, goza de él y una mayoría injustamente sometida a la obligación de los trabajos y los padecimientos. Entre esos dos grupos humanos se ha trabado la lucha que debe terminar con la victoria de los humillados hasta ahora o con su esclavitud por un período de tiempo que bien puede ser demasiado largo. Esta lucha, por lo pronto, ha cambiado la fisonomía del mundo. Su atmósfera, de mercado, envenenada por la pugna de los egoísmos y los apetitos individuales, se ha vuelto de pronto heroica como la de los campos de batalla. Sobre lo que era el señorío de la mezquindad burguesa gravita ahora, por causa de la injusticia, el peligro dignificador, purificador. Un viento incontrastable barre de la faz de la Tierra el edificio económico levantado por la mentalidad infectada de los abogados. La vida colectiva y privada es alcanzada en sus cimientos. Una Revolución, cuyos alcances carecen de precedentes en la historia, ha comenzado. Las Masas y la Fuerza toman la palabra.

¿No hay en este mundo, así transformándose por la acción de un sentimiento universal de justicia, elementos para la realización de obras de arte? E intentada la utilización de esos elementos ¿es posible al artista el mantenimiento de una imparcialidad estricta, de una objetividad rigurosa, de un helado aislamiento frente a problemas que afectan tan fundamentalmente la vida de todos? Mírese el mundo con ojos de hombre o con ojos de artista, la imparcialidad no es posible. La necesidad de tomar partido es inevitable. Se está con la Revolución o se está contra ella. El arte-purismo es una de las formas de la reacción, del espíritu contrarrevolucionario. Ya hay de esto una experiencia aleccionadora. Los arte-puristas prerrevolucionarios rusos formaron sin excepción, en las filas de los generales blancos o, más frecuentemente, huyeron al extranjero desde donde ofician de francotiradores enemigos. El que no pone su inteligencia, su arte, es decir, lo mejor que tiene, al servicio de la Revolución, lo pone, por ese hecho, al servicio de la burguesía o, lo que es lo mismo, al servicio de la injusticia social. No hay términos medios. Mientras medio mundo se lanza sobre el otro medio en actitud de lucha, la imparcialidad no es posible ni justificable...

No nos adjudicará Borges, seguramente, el honor de haber inventado todo esto. No afirmará que se trata de antojadizas fantasías más o menos literarias. Su realidad se confirma cada día con nuevos martirios de revolucionarios y lo rubricó, en Rusia, el aniquilamiento indispensable de la burguesía.

Creemos, por otra parte, que este momento que vivimos es de una extraordinaria hermosura porque al imperio de los apetitos ha sucedido el imperio de la pasión. Si la Revolución no se realizara, para salvar al mundo, este sacudimiento aventador de podredumbres y entronizador de heroísmos ya la justificaría.

André Gide señala un estado de religiosidad en el fervor con que los jóvenes rusos se entregan a la edificación socialista con el sacrificio absoluto de sus fuerzas, de su descanso, de sus vidas. Un estado de religiosidad, de poesía, rueda hoy por el mundo. Se llama Revolución. El que no lo advierte carece, humana y artísticamente, de un sentido importante. (Publicado en revista Contra, abril de 1933.)

Contra la ortodoxia
del Partido Comunista

Septiembre 16 de 1948. Mi estimado Rodolfo Ghioldi: Te pido perdón por la tardanza en contestar tu afectuosa carta de días pasados. No lo hice antes por varias razones. Una de ellas es que esperaba verte. Es tanto y tan largo lo que habría de conversar sobre este apasionante asunto [...] Yo no me quejo –como pareces creerlo vos– del tratamiento injusto que los soviéticos dan a los modernistas. Mi actitud es otra. Lamento ese tratamiento. Y lo lamento no por los modernistas, sino porque pienso que no es posible que un arte revolucionario, nuestro, comunista, sin la utilización de los elementos estéticos y técnicos proporcionados por la gran experiencia artística y literaria de nuestra época. Pienso, en una palabra, que no podemos hablar válidamente, desde el punto de vista artístico sino con el idioma artístico de nuestra edad. La sensibilidad del hombre moderno es una consecuencia de los factores sociales, políticos, económicos y técnicos de nuestro tiempo. ¿No crees que la visión constante de nuestras ciudades de cemento y hierro, que todo el espectáculo artificial del mundo de hoy, que las máquinas que nosotros vemos todos los días y que no vieron nuestros antepasados, han modificado nuestra concepción de lo bello y de lo feo, nuestra sensibilidad estética, en una palabra? [...] Tú hablas, en tu carta, de la deshumanización del arte moderno. Esa expresión de la deshumanización del arte fue lanzada –te lo recuerdo porque no voy a suponer que lo desconoces– por el señor Ortega y Gasset en un famoso ensayo que siempre me pareció que adolecía de esa inconsistencia propia de las generalizaciones demasiado dilatadas. ¿Puede aplicarse esa expresión a todo arte moderno? ¿Es deshumanizado el impresionismo, esa expresión tan humana de la emoción del hombre frente al fenómeno maravilloso de la luz? ¿Es deshumanizado el expresionismo, esa profundización en el carácter de la realidad de la naturaleza y de la psicología humana mediante la exasperación expresiva de las formas? ¿Es deshumanizado el surrealismo, esa incursión del arte en el dominio humano de los sueños, de los impulsos imprecisos de la subconciencia, de las subyacencias espirituales y nerviosas, si te parece mejor, del ser humano? La expresión deshumanización del arte fue consecuencia de la ligereza snob de un conferencista para señoras bien vestidas y perfumadas [...] No es posible abrazar en una generalización de tal calibre a todo el arte moderno [...] Pero todas estas escuelas, en la tentativa o logro de expresión de sus mundos sensibles específicos, han hecho exploraciones, descubrimientos e invenciones en el terreno de la expresión formal que, en mi criterio, son positivos, esto es, utilizables para la realización de un arte revolucionario. [...] Conozco algunas expresiones de la actual poesía soviética y he visto algunos cuadros... Creo que lo que se está haciendo es tratar de expresar el mundo nuevo con un idioma viejo. No sería nada difícil demostrar que esos cuadros pueden filiarse dentro de los límites estéticos y técnicos del naturalismo de fines del siglo pasado... Me queda mucho aún por conversar contigo, mi querido Rodolfo... Te mando un apretón de manos muy cordial. (Carta de C.C.I. a R. Ghioldi, 1948.)

* Selección de textos C.C.I, del apéndice del ensayo “Estética, arte y militancia”, de Natalia Verón y Ma. Gabriela Vicente Irrazábal. Publicado en El rol del crítico de arte en la Argentina del siglo XX, editado por las fundaciones Espigas, Telefónica y FIAAR.

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Revista Contra (1933).
 
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