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Martes, 11 de enero de 2011

PLASTICA › MUESTRA DE PINTURAS DE FERNANDO FAZZOLARI EN CURA MALAL

Al margen de las estadísticas

Un reducido grupo de plásticos organiza el proyecto Corral de Piedra –una serie de actividades artísticas y culturales autogestionadas– en un pueblo de cien habitantes: Cural Malal. Arte al margen y curiosidades estadísticas

 Por Fabián Lebenglik

El pueblo de Cura Malal (voz auracana que significa “corral de piedra”) está ubicado en el partido de Coronel Suárez, provincia de Buenos Aires, y queda a unos 700 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. Fue fundado a comienzos del siglo veinte, cuando tenía unos mil habitantes. Hoy tiene diez veces menos pobladores –entre otras causas, por el desmantelamiento ferroviario y la mecanización agrícola–, pero a los fines de la estadística su número es perfecto: cien habitantes. Si allí se juntaran, por ejemplo, diez pintores para llevar a cabo alguna actividad afín, ese número de artistas representaría el diez por ciento de la población. Aunque no pretendemos abusar de la estadística, si sumáramos a los artistas y a los amantes del arte que están haciendo y promoviendo actividades relacionadas con las artes visuales en Cura Malal, estaríamos ante un porcentaje poblacional abrumador.

Aquí nos ocuparemos de unos pocos individuos dedicados a las artes visuales (altamente significativos por muchas causas, pero en este contexto, también por causas estadísticas).

Corral de Piedra es un proyecto artístico-cultural abierto y participativo, creado en el 2009 y organizado por los artistas Mercedes Resch y Fernando García Delgado en Cura Malal, para desarrollar actividades en el ámbito rural del pueblo. Es un proyecto autogestionado que trata de mantenerse con el funcionamiento de La Tranca, gracias a la venta de productos artesanales y de obras de artistas.

En este tiempo se realizaron varias actividades, la más reciente se está llevando a cabo ahora: una muestra individual de Fernando Fazzolari, llamada Viento, siempre el viento, que es la primera exposición de pinturas en el pueblo y sobre el pueblo y continúa hasta fin de febrero.

Nacido en Buenos Aires en 1949, Fazzolari se formó entre fines de los años sesenta y principios de los setenta, en pintura con Jorge Demirjian y en dibujo con Julio Pagano. Hasta 1973 presentó algunas muestras individuales y participó de varias colectivas. Pero abandonó la pintura durante una década para, entre otras cosas, estudiar economía política. Desde 1983 se aplicó a la construcción de un cuerpo de obra coherente, que demuestra fidelidades sostenidas.

Su producción tiene un fuerte componente narrativo: se compone de relatos visuales construidos en series temáticas en las que desarrolla personajes, paisajes, mitos, retratos, actitudes, historias... y donde se cruzan también el psicoanálisis, la filosofía y las agudezas lingüísticas. Las imágenes en sus cuadros proceden de la evocación y del juego entre lo manifiesto y lo latente. Y a partir de esas pulsiones hay un segundo nivel de diálogo entre el saber y el no saber, mediante el cual el artista pasa de una realidad a otra. Los espacios se transforman en relación con la fuerza de los temas y un núcleo narrativo se enfrenta con su opuesto. Fazzolari construyó una carrera frondosa y reconocida, especialmente notoria durante las décadas de los años ochenta y noventa, cuando exponía en galerías y museos, hasta exhibir una retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes, a fines de 2002.

En los últimos años eligió dar un paso al costado y mostrar su obra desde los márgenes, en lugares menos mundanos. Desde hace una década edita la publicación El surmenage de la muerta y diseña el sitio web kulturburg.com.ar con Fernando García Delgado. Participa de la gestión del centro cultural La Barraca Vorticista.

El artista dialogó con Página/12.

–¿Otra vez en el margen?

–Y sí, hace rato que me vengo ocupando del borde como un espacio de claridad. Finisterre. De pronto resulta interesante manejarse fuera de ciertos contextos, como si realmente uno fuera el personaje de “el artista”, pero sin la presencia de un doble, ser el mismo Laiseca, sin Pángaro intermediando, tal vez Pángaro sea la representación de la intermediación misma, esa ficción. Cada día disfruto más del silencio del hacer y creo que voy a terminar por hacer un culto al margen, a lo limítrofe, a una permanente introspección.

–Ultimamente estabas más dedicado al dibujo.

–Hacía tiempo que estaba en el territorio de la línea, de las transparencias, de las sombras que provoca el texto del dibujo, su caligrafía visual. Y de pronto me entusiasmó muchísimo la idea de ir a pintar en un lugar, en el que, como siempre, termina pintándose uno. Su propia aldea personal. En realidad es un tema de insistencia, de intentar ser fiel a sí mismo, seguir caminando en la cuerda que uno eligió para hacer equilibrio en la vida, en este caso grandes paisajes, amables, bucólicos, donde termina resaltado lo que se puso en el catálogo, un texto extractado de un libro de enseñanza de la pintura de hace dos siglos, acerca del paisaje.

–Un texto que rescata la economía y accesibilidad del género del paisaje y la condición de turista y viajero del artista que se dedica a ese género. En tu caso el paisaje es también un relato.

–En realidad creo que jamás me alejé de los grandes relatos y tal vez hoy más que nunca se me hacen necesarios frente a la fragmentación extrema de lo digital. Casi como una ideología personal. Pero en este caso además tenía el plus de acompañar a Fernando García Delgado en este proyecto de Corral de Piedra. Un emprendimiento cultural en Cura Malal, paraje donde el viento, siempre el viento...

–Y hablando del viento, aparece la idea de “vórtice”. 

–Está bueno lo del instrumento vorticista. Fernando (García Delgado) es un ser musical, hasta podría decirse sinfónico y a veces de cámara medieval, un compositor que hace arte actual gestionando espacios con músicas perdidas, como el arte correo, la poesía visual, el libro de artista, las estampillas, la fusión de disciplinas, pero sobre todo por su capacidad de congregar intérpretes de diferente temperatura para producir eventos donde lo comunitario termina siendo el factor de ensamblaje. Y de ese ensamblaje surgió este dúo que constituyó con Mercedes Resch para llevar adelante un espacio cultural en medio de la pampa, en Cura Malal, un pueblo que según el último censo disfruta de noventa y cuatro almas y en el que, de buenas a primeras, el espacio de La Tranca de Corral de Piedra se termina convirtiendo en un punto de resignificación de identidad e ilumina con ese acto devocional otra escena, otros personajes, otras miradas, más inocentes, tal vez más diáfanas. Y en verdad la obra de Fernando (García Delgado) como artista, más allá de la propia obra que produce y que es muy sentida, se define por la convocatoria. Su patrón es la capacidad de convocar, de dar cobijo a la obra de muchos otros en los espacios que a lo largo de su vida fue abriendo y ofreciendo sin exigir nada a cambio. Lo cual es una suerte de excentricidad en el sentido de lo dislocado, en términos de los valores contemporáneos.

–¿Y cuál es tu papel en esta invención?

–Solidario; allí estaba yo acompañándolos en sostener esa permanente irrealidad que es dar espacio al arte en nuestro país y hacer arte en el espacio de la marginalidad. Casi una especie de gestión de políticas descontaminadas y laterales, caprichosas, obsesivas, de otros territorios.

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Detalle de la muestra de pinturas de Fernando Fazzolari en La Tranca, de Cura Malal.

Una pintura de Fazzolari en la puerta de La Tranca.
 
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