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Sábado, 28 de julio de 2012

PLASTICA › HOY TERMINA LA BIENAL INTERNACIONAL DE ESCULTURA DEL CHACO

Plasmar sueños moldeando la materia

Los doce escultores invitados a la capital chaqueña disfrutaron una semana en la que volvió a quedar de manifiesto el especial interés de los habitantes en un arte milenario. “El escultor es un trabajador de la cultura. Lo que hacemos no se come”, dicen.

 Por Silvina Friera

Desde Resistencia

La vida es una nube de polvo suspendida en el aire. El milagro estético, la alquimia de las formas, el sortilegio del paisaje, el gusto de ver y oír el rugido de amoladoras sobre el mármol travertino. En Resistencia, como ha escrito el gran poeta de estos pagos, Aledo Luis Meloni, doce escultores del mundo construyen sus obras, “sueño a sueño, vocablo a vocablo”. Y golpe a golpe sustentan la lúcida imagen de las experiencias trascendentales. Los escultores son artesanos con las manos empeñadas en desplegar el poder fundador del verbo trabajar a cielo abierto. La Bienal Internacional de Escultura del Chaco, que termina hoy en el Museum del Domo del Centenario, es un fenómeno universal, un foco de irradiación de siete hectáreas donde se cocina y respira Arte y Cultura Popular con mayúscula. Unas 200 mil personas circularon durante una semana. Néstor Vildoza (Argentina), Im Ho Young (Corea del Sur), René Negrín Méndez (Cuba), Mahadev Prabhudesai (India), Alessio Ranaldi (Italia), Baku Inoue (Japón), Carlos Monge (México), Aldo Shiroma Uza (Perú), Mario Lopes (Portugal), Elías Naman (Siria), Wan Lan-Biao (Taiwán) y Fernando Pinto (Colombia), los escultores invitados, están sorprendidos por el cariño y fervor de los resistencianos. El mexicano Carlos Monge apaga la amoladora y la deja cerca de “Sexto sol”, escultura que para él representa la profecía, el tema aglutinante de esta Bienal organizada por la Fundación Urunday y el gobierno del Chaco. Tiene las cejas negro azabache, el pelo y el bigote encanecidos y las manos curtidas. “Materializar mis ideas es lo más importante para mí”, dice. “Según los antiguos mexicanos, estamos viviendo en el quinto sol, que terminará el 21 de diciembre. Quise hacer un homenaje a ese sexto sol que se avecina, que es el comienzo de la vida y no ese rollo yanqui del fin del mundo para vender películas pura mierda.”

La escultura de Monge encarna un amanecer en una forma semiesférica, cuya parte superior sostiene cinco meandros que simbolizan las eras míticas o soles que ha atravesado la humanidad. “La primera vez que me invitaron a hacer una escultura ante público me llevaron casi amarrado. No quería ser como un animalito en un zoológico; ‘me van a tirar maní’, pensé. Pero eso fue hace muchos años. Me encanta trabajar a la vista de la gente y poder intercambiar conocimientos con mis compañeros. Un público tan numeroso como aquí nunca vi en mi vida. A cualquier país que voy, los escultores quieren venir al Chaco. Esto es un fenómeno sociocultural impresionante. Hace unos años casi nadie sabía dónde estaba el Chaco. Y ahora es una referencia mundial.” Una mujer aplaude, tímidamente. Ojos que auscultan, extasiados, la escultura de Monge; orejas que se estiran para pispear los postulados existenciales del mexicano. Bocas que sorben mates que van de mano en mano. “Soy un trabajador”, subraya. “No hay mucha diferencia entre un albañil y yo, sobre todo si te fijás cómo quedamos. No me siento superior ni mejor que nadie. El escultor es un trabajador de la cultura. Esto que hacemos no se come; es para verlo y disfrutarlo. El hombre no vive nada más de la comida, ¿no? No se conforma con tener una casa. Queremos vivir con cosas bellas, así somos todos: chaqueños, mexicanos, taiwaneses... La vida es bella porque es diversa, dicen los italianos. Si todos fuéramos escultores o periodistas, qué aburrido sería el mundo.” Monge anuncia que ahora le toca el pulido, los detalles. Para el final se reserva un toque con sellador “para que el agua no la deteriore y aguante más”.

Con un turbante que lo protege del fogoso sol chaqueño y un español condimentado con expresiones italianas, el sirio Elías Naman, primera vez en la Bienal, cuenta que es “muy importante que la gente me vea trabajar”. A metros está su pequeña dama “Svela”, la escultura de una mujer cubierta con los sutiles pliegues de un velo. “La mujer representa el futuro; el velo es el misterio. La profecía es quitar ese velo enigmático y apreciar lo que nos depara el futuro.” Naman coincide con su par mexicano: es un trabajador. Ni más ni menos. Paladea el vocablo en italiano –lavorante– con orgullo. “Normalmente prefiero tallar el mármol sin máquina, en mi estudio, como hace 500 años. Como tenía poco tiempo, tuve que usar la amoladora”, aclara. “El ser escultor lo llevo en la sangre; ahora que lo pienso: más que un trabajo es una forma de vida.”

Las huellas de un cansancio que no se quita con el sueño no mellan la dicción serena de Fernando Pinto, un joven de 37 años que hace veinte que se dedica a tallar piedras. El colombiano debutó en esta Bienal con “Espejo del cielo”, una pieza que como las once restantes de sus colegas quedará como legado en la ciudad. “Me fascina la manera en que Resistencia acoge las esculturas y las cuida”, advierte Pinto. “Jamás había visto tanta curiosidad y espontaneidad del público para acercarse a los escultores. Somos personas solitarias que trabajamos en nuestros estudios. Y nadie quiere compartir estudio con alguien que hace polvo y tanto ruido.” “Espejo del cielo”, como sus esculturas de gran formato, tiende a reconectar al espectador con el agua, el viento, las estrellas. “El escultor de piedras es apasionado por el material; nos golpeamos, nos llueve encima y seguimos igual porque amamos la piedra. Estamos en otro mundo cuando tallamos la piedra y no nos importa nada más”, revela Pinto. “Trabajar con piedras es una rebeldía del espíritu; en un mundo donde todo es desechable, donde cambiamos un coche cuando se le dañan las bujías y tiramos casi todo, la piedra es perenne.”

Las palabras nunca se atropellan en la boca de Baku Inoue, especie de ídolo popular de 57 años que firma autógrafos y baila el tango. “Yo amo la naturaleza, tenemos que vivir más con ella”, afirma mientras ultima “El bosque en paz”. “El elefante es un símbolo de la paz, un animal tranquilo que se mueve despacio. En Buenos Aires arrasan con la naturaleza; el chaqueño es tranquilo y la protege”, compara Baku. Yamanashi es el nombre de la ciudad donde vive, a dos horas de Tokio, donde hay muchas frutas, campos y ríos. “Los pájaros y los insectos me miran trabajar en Yamanashi. Ustedes ahora son mis animalitos. No hay diferencias.”

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En esta Bienal, Resistencia sumó doce esculturas.
Imagen: Gustavo Torres
 
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