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Martes, 18 de marzo de 2014

PLASTICA › LILIANA FLEURQUIN EN EL CICLO “LA LíNEA PIENSA” DEL CENTRO BORGES

Trazos, tiempo y espacio

En el proyecto dirigido por Luis Felipe Noé y Eduardo Stupía, la arquitecta y artista plástica presenta la muestra Al blanco por el negro, en donde cada obra exhibe distintas aproximaciones, texturas y técnicas de dibujo.

 Por Fabián Lebenglik

Liliana Fleurquin (Buenos Aires, 1953) acaba de inaugurar su muestra Al blanco por el negro en el ciclo “La línea piensa”, que dirigen Luis Felipe Noé y Eduardo Stupía en el Centro Borges. La exposición reúne dibujos realizados durante los últimos dos años.

Fleurquin, que también es arquitecta, se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, en la Escuela Superior Ernesto de la Cárcova y se especializó en pintura china. Comenzó a exhibir su obra, individual y colectivamente, en 1980.

Entre otras muestras individuales, presentó pinturas y acuarelas en la galería Altamira de Maracaibo, Venezuela (1986); óleos y gouaches en la galería Lawrence-Esucomex de Santiago de Chile (1991); Tunas en el Centro Recoleta (1992); pinturas en la galería Adriana Indik (1993), y Tramas aproximadas en Gachi Prieto Gallery (2009) y en la sala Alejandro Bustillo del Banco Nación (2012).

Participó de varios salones nacionales y municipales, de muestras grupales y ferias de arte en Estados Unidos, Malasia, Hong Kong y Beirut; premios como el Chandon y el que organiza la UADE. En la exposición Abstracción contaminada, en el Centro Recoleta (2010) y el Centro Cultural Parque de España (Rosario, 2012), etcétera.

Las obras que presenta en el ciclo “La línea piensa” se dividen básicamente en dos series, de pequeño formato sobre papel y de gran formato sobre tela. En ambas, la artista está muy atenta a las texturas de los respectivos soportes, sacando provecho de las posibilidades que ofrecen los materiales. Fleurquin produce secuencias en las que concentra, en cada una de sus obras, diferentes aproximaciones y modos de dibujar. De modo que cada trabajo ofrece lo que podríamos pensar como un catálogo visual que logra mayor nivel de condensación, y por lo tanto mayor efectividad, en las piezas de pequeño formato, mientras que, en las de formato, la sumatoria de actitudes dibujadas cristaliza en un conjunto que puede pensarse como evocaciones del paisaje.

En el texto de presentación, Eduardo Stupía dice que “la artista nunca se inhibe de exhibir su regusto por el mero artificio en el devenir del trazo, de la textura, de la línea, en un desarrollo sensual que puede parecer espontáneo y azaroso, pero que siempre obedece, aun en sus momentos más ligeros y deshilachados, a la lógica constructiva y rigurosa que define su concepción. De tal manera, la cita paisajística, el enhebrado minucioso, delicado y también sintético de motivos arbóreos y orográficos [...] conviven con una naturalidad sorprendente con ingresos nítidamente geométricos, o arbitrariamente gestuales. Estas llamativas, sonoras incrustaciones –como ese silencio gráfico de blanco neutral que es a la vez materia y vacío, o ese recorte de negro pleno abismal– interrumpen programáticamente la respiración expansiva de las evoluciones más referenciales, y a la vez enriquecen la ilusión de profundidad y el quiebre de la razón espacial de un plano resuelto según el canon de la pintura oriental en sus variantes más atmosféricas [...].

En las piezas de pequeño formato, todas esas aproximaciones al dibujo logran el efecto de transformarse en un mecanismo; el menor espacio hace que la cantidad de recursos actúe como positiva sobrecarga sobre el resultado final, al modo de miniaturas. Allí, la obsesiva acumulación de trazos, gestos, manchas, filigranas, escalas, rectas y curvas ocupa cada centímetro.

En los trabajos de mayor tamaño encuentran su mejor forma las evocaciones de paisajes. Aquí las diversas aproximaciones tensan el espacio de la tela para marcar contrastes más evidentes. En cada obra de las de formato mayor, las tramas dibujísticas y el despliegue evocativo del paisaje ofrecen momentos de buscada y contrastante discordancia. Así conviven líneas tenues con sectores geométricos oscuros; trazos milimétricos con manchones difusos, o sectores de negro pleno con blancos silenciosos. En esa alternancia, la artista busca lo que se propone en el título: ir “al blanco por el negro”, tanto desde la perspectiva literal y técnica, como desde lo metafórico y conceptual.

“La acción de dibujar –dice L.F.– es también el momento del descubrimiento de un trazo perpetuado en la superficie, y las fracciones de segundo en el que el evento transcurre. Una tras otra, ideas-trazos, tiempo y espacio, instante tras instante, son la experiencia y la ilusión que quedan registradas en una acción perecedera, pero necesaria y vital.” (Centro Borges, Viamonte y San Martín, hasta el 6 de abril.)

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Dos de los dibujos de Liliana Fleurquin en el Centro Borges.
 
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