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Martes, 3 de abril de 2007

PLASTICA › APUNTES SOBRE LA RECIEN INAUGURADA BIENAL DEL FIN DEL MUNDO

Dos vertientes de la idea del fin

El cambio climático, el fin –territorial, temporal...– expresados a través del arte, en la primera Bienal internacional del Fin del Mundo realizada en Ushuaia.

 Por José Luis Tuñón *
Desde Ushuaia

La idea de un fin del mundo resulta del modo en que nuestra civilización se identifica como el mundo mismo. Y crea un más allá que suscita esa mezcla de temor y excitación que impulsó e impulsa aún a los aventureros y conquistadores que partieron en todas direcciones en busca de riquezas y nuevas experiencias. Casi me animaría a decir que esa urgencia es el espíritu mismo de nuestra civilización y busca satisfacerse en ese más allá que crea. Pero no resulta, no puede declararse satisfecha y se revuelve sobre todo lo que consolida en busca de novedades y cambios.

¿Cuán lejos podemos llegar?

Las dos vertientes de la idea del fin nacen de esta pregunta. El fin como un límite geográfico, territorial. Pero también el fin de los tiempos.

Esta bienal se tensa entre las dos vertientes. Por un lado celebra la expansión y los cambios. Alardeando incluso de haber llegado al fin –“Bien al Fin”, como reza su slogan–. Pero, por otra parte, se recrimina, se culpa y hasta con saña por las consecuencias.

La urgencia climática es uno de los temas de la Bienal. Pero bien podría ser la urgencia –a secas–. Ese tiempo y sus declinaciones son el eje que recorre las producciones más diversas. Desde la aceleración progresiva, a la calma chicha que encubre procesos que no vemos.

Por ejemplo, la obra de Gisela Motta y Leandro Lima. Su sonido se impone en todo el predio de la Bienal. Un pitazo y un rumor creciente anuncian lo que parecería ser un tren. Al llegar sólo vemos los aledaños de una vía. El leve temblor de la hierba es lo único que permite distinguir lo que vemos de una imagen fija. La obra instala una calma tensa que culmina cuando el tumulto creciente se resuelve en el paso, no sólo del tren sino también de todas las imágenes que arrastra: fachadas, personas desconocidas, fragmentos de una vida cotidiana que resultan de fundir el ojo del espectador con el del pasajero del tren.

El rumor creciente lo volvemos a encontrar en la obra de Flaminio Jallageas. Suspendidas en lo alto del recinto, vemos una máquina de coser y una silla. En un momento y por una escalera de cuerda sube el autor, que lenta y pausadamente comienza a pedalear aquella máquina dejando caer una larga tira de lona blanca. En el piso ya hay otras que sugieren la misma operación. El rollo que sostiene en la mano y la aceleración creciente de la máquina nos da una idea del tiempo angustiante de aquella improbable tarea.

Aunque sin sonido, dos obras instaladas en el exterior del predio de la Bienal operan en el mismo sentido. Tres contenedores montados uno sobre otro evocan la urgencia del tren, pero también del toro. Pintados con los colores primarios, dialogan muy bien con una ciudad y un paisaje que ya ofrecen mucho para ver. Cerca de ella la obra de Horacio Zabala advierte el avance del desierto y muestra un auto invadido por una pila de tierra. Las puertas violentadas aumentan el efecto dramático. En un comercio de Ushuaia oí el relato de un habitante quien, ante el comentario de esta obra, traía la pregunta fundante del arte contemporáneo: ¿y eso es arte?

La obra de Charly Nijensohn traslada ese paso a los hielos de la Antártida. Cuatro pantallas muestran un paisaje glacial de sugestiva belleza. El movimiento horizontal de la deriva de los hielos y la presencia de figuras humanas en ellos resultan muy inquietantes.

En el otro extremo de la urgencia encontramos varias obras que trabajan sobre el tiempo de las descomposiciones encubiertas y lentas. El tiempo real del derretimiento del hielo en la obra de Fernando Goin, descubriendo unos pájaros momificados. Las columnas de parafina que se derriten lentamente al calor de unas estufas de cuarzo en la obra de Daniel Trama, las burbujas de metano en la obra de Andrea Juan evocan el revés de la urgencia.

El Grupo Bejarí aborda las consecuencias sociales de los cambios. Su obra consiste en una cantidad de graffiti y afiches que se distribuyen por toda la ciudad. Muestran una figura en el momento de arrojar una bomba casera. La leyenda “¿Por qué luchamos?” acompaña la silueta. La respuesta se encuentra en el recinto de la Bienal donde se muestra un video con imágenes de George Bush y su relación con el alcohol. La performance que acompaña la obra incluye el reparto de cachaza entre el público.

La obra de Patricia Gerber también se ocupa del trabajo, su performance consiste en trasladar laboriosamente cucharadas de harina de un montón a otro. Un sistema de audio parece aludir a la distancia entre ese trabajo y su mundo interno.

Este proceso de cambio irreversible que marca la expansión de nuestra civilización también determina la condición de los artistas participantes e influye en el decurso de sus obras. La condición de artista internacional se opone a la de artista local. Esta polaridad se acelera cuando los primeros van a buscar a las regiones una realidad que se les diluye en los códigos internacionales. Y los locales nos apuramos a adquirir esos códigos para no quedar afuera del movimiento.

Pero no tiene remedio y lo mejor es trabajar en esa contradicción. Así lo entienden los artistas de un proyecto del grupo Delborde (de Santa Cruz y Tierra del Fuego), quienes han llevado a Ushuaia una precaria casa similar a las construidas en las ocupaciones territoriales que han poblado nuestras ciudades. En su interior, un sistema de video registra la interacción con los visitantes. He tenido la oportunidad de compartir con ellos la visita de muchos habitantes de la ciudad, quienes encontraron en el arte una legitimidad que no hallaron en otros ámbitos. Recuerdos nostalgiosos y reproches a los que olvidaron su origen de ocupantes ilegales y hoy los combaten. La cantidad de destinos ofrecidos a su proyecto habla de las posibilidades del arte contemporáneo.

La ciudad ha hecho un loable esfuerzo para recibir esta bienal. Esfuerzo que seguramente dará sus frutos. La participación de los ciudadanos ha sido intensa y las transformaciones que propone ampliarán el horizonte de la ciudad. La transformación del Polideportivo, un espacio que tenía múltiples usos, incluidos los velorios, en un centro de exposiciones, no dejará de tener consecuencias. Una ushuaiense resumía así esta contradicción: “No parece Ushuaia, pero lo más lindo es que es Ushuaia”.

En la parte alta del Polideportivo se encontraba la obra pionera de Benedit, sus trabajos sobre Darwin conservan todo su interés. Verlas fue recordar el momento de descubrir otras prácticas posibles para el arte y otro tratamiento para los llamados “temas locales”.

En la misma sala puede verse una excelente obra de Mónica Girón, varias cabezas lombrosianas y referencias a la ciencia del siglo XIX mostraban otras direcciones para esa fuerza hegemónica que procura llegar al fin.

La Bienal transcurre en varias locaciones. Una de ellas es el ominoso Penal de la Ciudad, corolario del imaginario del Fin del Mundo. La gravedad de lo allí ocurrido merecía un tratamiento museístico adecuado. Lo expuesto alcanza en determinados momentos el nivel de lo obsceno.

En el ámbito del penal pueden verse obras de varios artistas. En primer lugar la de León Ferrari, que encuentra en los siniestros calabozos un escenario más que propicio para su obra. Destacada también, la del brasileño Rufino, quien dispuso en esos estrechos recintos unas camas contrahechas de aspecto monacal. Su madera lustrada contra el blanco de las paredes condensa el tratamiento de la crueldad cuando no se la encubría con corrección política. La obra de Hamilton también resulta muy eficaz en aquel escenario. Ocho máscaras de soldar muestran en su visor una fotografía iluminada de algunos paraísos turísticos. Por último encontramos la obra de Gonzalo Díaz, una lista de palabras escritas en neón iluminan de naranja dos recintos un poco más amplios. Creí entender en ellas ese tiempo anterior al desfallecimiento del ser.

Muchas otras actividades se llevan a cabo y otras tantas hay anunciadas para los próximos días. Entre otras, performances como la de Teresa Pereda, videos como el de Alicia Herrero. Y la interesante videoinstalación de Gerardo Romano en la glorieta de la Casa Beban.

Si es necesario destacar los proyectos que incluyen el trabajo con niños y con docentes, ellos abren un horizonte de posibilidades para el arte contemporáneo que supera la exhibición de obras. En ese sentido el proyecto pedagógico es un ejemplo.

No hay más que celebrar esta iniciativa. Hacerla en Ushuaia ha sido un acierto que no dejará de tener consecuencias en nuestra Patagonia.

* Artista plástico y psicoanalista chubutense. Subsecretario de Cultura de Comodoro Rivadavia.

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Contenedores del cubano Edgar Hechevarría, colocados en la entrada de la Bienal.
 
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