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Martes, 20 de noviembre de 2007

PLASTICA › LA EXHIBICION DE KIRIN EN LA GALERIA DANIEL MAMAN

La huella y el sonido del pigmento

Obras pintadas a ciegas mientras se registra el sonido del grafito sobre el papel. Objetos que evocan los gabinetes de curiosidades del Iluminismo. Obras negras. Expone Kirin.

 Por Fabián Lebenglik

Kirin nunca fue un artista mundano, sino convencidamente secreto. Esta es una condición de su trabajo, en el sentido no solamente de lo reservado y lo oculto, sino también por el tipo de conocimientos que maneja y porque ese manejo exhibe un especial cuidado por parte del artista. Esta es una de las razones por las cuales su obra resulta al mismo tiempo poética y silenciosa.

Nacido en Bahía Blanca en 1953 como Carlos Dell’Agostino, se formó de manera autodidacta y comenzó a exponer a fines de los años setenta. Realizó 24 exposiciones individuales y publicó cinco libros de imágenes, con textos propios y de terceros.

Desde entonces su obra se compone de collages, objetos y pinturas, y también de instrumentos de invención y construcción propias con los que se dedicó a producir sonidos a partir de la propia materialidad sonora de esos instrumentos, que emiten una extraña musicalidad. La cualidad sonora resulta central en su trabajo, en muchos casos tanto como la gráfica: especialmente en esta nueva exposición.

Lo que Kirin hacía hasta ahora estaba asociado al collage, no sólo a la técnica específica, sino al concepto ampliado de collage, en el sentido del encuentro entre imágenes y materiales heterogéneos, provenientes de distintas fuentes dadas, en combinaciones creativas, extrañas, sorprendentes, poéticas. Y de allí pasa también al collage literario (con frases, poemas y textos fundamentalmente propios, pero no exclusivamente). Muchas de las imágenes que utiliza provienen del Iluminismo, un período que desde el punto de vista de la estética, las ideas y las creencias, le sirvió a Kirin de cantera, de reservorio, de archivo para conformar una colección a la cual echar mano una y otra vez. De algún modo Kirin colocó en el centro de sus collages la evocación de la era de la razón, en momentos de su eclipse. Pero su búsqueda no se acaba con la razón teórica, sino que supone la razón poética, combinadas en dosis y encuentros por momentos programados, por momentos, azarosos. Así, la lógica de buena parte de sus trabajos puede asociarse a incrustaciones de una estética en otra, en un abismo de implicancias lógicas, materiales y lingüísticas. En Kirin la poesía supone la verdad y la realidad, también la razón. Poesía y razón se incluyen y explican mutuamente.

En su nueva muestra el artista presenta obras en las que se arriesga al gesto, al grafismo, a las superficies de mediano y gran formato. Es algo completamente distinto de lo que venía haciendo –y que convive con la obra nueva–. Su obra anterior o, más bien, permanente, sigue el camino de la miniatura en el sentido de la condensación de imágenes y textos, de pequeños cosmos detenidos en un papel. Es el caso, por ejemplo, de las Constelaciones I y II, tintas blancas sobre papel negro, de 50 x 35 centímetros, dos trabajos de hace cinco años, en los que Kirin da cuenta de ese mundo asociado a los saberes omnívoros del Iluminismo, en los que se complementan ciencia y poesía. El discurso iluminista es atravesado también por el romántico, aquel que tiñe el mundo con la mirada subjetiva, mítica, que lo interpreta según las propias coordenadas poéticas. Allí están exhibidos también sus objetos, maquinarias, instrumentos, gabinetes de curiosidades. Obras como Triángulo, Suma de instantes, Mano de mano o Pentagrama de los objetos son continuidades en la senda que el artista venía recorriendo. Este objeto (el Pentagrama...) funciona como una suerte de arte poética del artista: allí se encuentran en una primera mirada elementos de notación musical –entre otras referencias a la música–; enigmáticos sistemas de medición, fórmulas, anotaciones, relevamientos de materiales, pigmentos... La presencia y evocación del negro. Precisamente el negro (y la designación técnica del pigmento que se utiliza para fabricarlo: PBK9) es el tema y el color de la exposición: el negro alquímico (sobre el que se extiende el poeta surrealista, escritor y ensayista brasileño Sergio Lima en el catálogo), el negro como ausencia o presencia absoluta, como índice enigmático, como sombra. El negro es una presencia fuerte y contrastante a lo largo de toda la exposición.

“Yo tenía pendiente este trabajo con lo negro desde hacía muchísimos años –dice Kirin–, pero nunca estaba conforme. Hasta que apareció esto último. Quería una imagen de la cual no se pueda decir nada muy fácilmente, que cueste asociarla a algo, que no represente nada, que tenga más que ver con el silencio que con las palabras. Que las únicas pistas sean el color negro y la geometría o la ausencia de geometría.”

La presencia del negro en la imagen y la ausencia de palabras, señala Kirin; pero no se trata de la ausencia de la escritura, dado que las pinturas y tintas están llenas de palabras, poemas, aforismos, y también de textos por momentos ilegibles. Se trata aquí de la ausencia de palabras explicativas, escolares, que den cuenta una a una de las obras, como si el arte fuera completamente transparente. Fuera ya de sus collages “explícitos” (en cuanto a sus fuentes, sentidos y combinaciones) ahora el artista busca una imagen muda, que se repliega en el silencio reflexivo y en el arte sonoro.

“En medio de la ausencia de palabras –explica el artista– encontré un diálogo a través de las grabaciones de los sonidos y ruidos ampliados que produce cualquier herramienta con punta y también los lápices al trazar garabatos sobre el papel. Toda esta materia prima sonora en estado caótico, estos ruidos organizados poéticamente me hacen pensar si no serán formas de manifestarse de aquellas palabras ausentes y que aún no alcanzo a comprender. Esta obra sonora se llama Opus PBK9, que es el nombre industrial del pigmento negro para fabricar pinturas. Me resultó interesante rescatar las marcas que dejaban los garabatos durante las grabaciones. Estos trazos tanto en el papel en un comienzo y actualmente en tela componen lo que llamo ‘Partituras’.”

Aquí aparece el automatismo y el gesto de Kirin, en los trazos obsesivos, fuertes, en los acentos casi compulsivos que revelan los grafismos, donde se revela el ímpetu por la marca y la huella: círculos, curvas, líneas que barren el papel y la tela, de ida y vuelta con un movimiento amplio, cerrado, controlado y potente. Todos esos trazos son la trama visual del revés de trama sonoro. La banda de sonido es la de la frotación, amplificada y trabajada, que por momentos se superpone con la voz humana, con el recitado de textos que, como ocurre en los papeles y en las telas, también se vuelve ininteligible.

Es notorio el contraste con la obra anterior del artista: ahora se hace visible una matriz impulsiva, “ciega”. Para realizar algunas de estas obras Kirin hizo sus trazos sobre un papel grafitado que tapaba la totalidad del papel o la tela e imprimía las líneas sin que el artista viera de inmediato el resultado de su trabajo. La mano dibuja, la mano pinta, el oído percibe los sonidos, el grabador registra los sonidos, pero el ojo no ve las líneas. Pintar, dibujar, desde esta perspectiva, serían actos ciegos, gestos corporales, saberes del cuerpo, de la mano, del brazo, y el ojo, la mirada, vendrían después, para interpretar lo hecho. No hay planes aquí: hay, sí, procedimientos, mecanismos, movimientos, reglas, puntos (líneas) de partida. El resultado es, en gran parte, accidental.

“No es el sonido sino su alma lo que se ve / No es el sonido sino su forma lo que se escucha”, dice uno de los cuadros, que en clave poética revela lo que hace el artista.

El negro de los cuadros resulta también un pigmento que invade de manera inquietante las superficies de las obras, como manchas que avanzan de un modo indeterminado y que a su vez resaltan el blanco. En algunas piezas se extiende geométricamente en círculos o espirales. En otros esa circularidad nombra a la serpiente que se muerde la cola (Uroboro).

En otras telas el negro se presenta geometrías desplegadas, como moldes o como sombras de figuras. “Antes si una mancha o un roce marcaba una obra yo me desesperaba –dice Kirin–. Ahora, cada mancha es como una bendición.” Los accidentes forman parte de la nueva obra del artista, resultan bienvenidos porque están incorporados a la lógica de trabajo, a los procedimientos de realización y al sentido de estos trabajos.

(En la galería Daniel Maman, Avenida del Libertador 2475, hasta el 24 de noviembre.)

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Ni el color ni la forma, óleo sobre tela; 150 x 190 cm, de Kirin.
 
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