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Martes, 11 de diciembre de 2007

PLASTICA › LA RETROSPECTIVA DE RUFINO TAMAYO (1899-1991) EN MEXICO

Tamayo, setenta años de pintura

En estos días se presenta en México la mayor retrospectiva de Tamayo de los últimos veinte años, con obra que va de 1921 a 1989. Arte, política, nacionalismo e internacionalismo.

 Por Fabian Lebenglik
desde México D. F.

En el corazón del bosque de Chapultepec, un gigantesco espacio verde que oficia de pulmón para esta ciudad de tránsito infernalmente caótico, el Museo Tamayo presenta hasta el 20 de enero la más grande retrospectiva de Rufino Tamayo de los últimos 20 años.

Con el título Tamayo reinterpretado, la exposición organizada por el Santa Barbara Museum of Art (SBMA), de California y el Museo Tamayo (MT), incluye noventa pinturas que dan cuenta de todas las etapas creativas del artista y abarcan, entre la primera y la última, unos setenta años de pinturas realizadas en México, Nueva York y París. El acento está puesto en las décadas del cuarenta y cincuenta, un período muy personal del artista, que lo convirtió en uno de los grandes pintores del siglo XX.

La retrospectiva, curada por Diana du Pont (SBMA) y Carlos Pereda (MT), cuenta con obra proveniente de colecciones institucionales y particulares de México, Estados Unidos, Bélgica, Francia, Japón y Noruega.

Como puede comprobarse en esta retrospectiva, Rufino Tamayo –nacido en Oaxaca en 1899 y muerto en 1991– es un modelo de artista nacional en el sentido de aquel que busca un tono propio que reúna tradición y modernidad, mexicanismo y universalidad. Gracias al profundo conocimiento de la tradición mexicana y a sus viajes continuos a Nueva York, donde vivió de manera salteada durante casi dos décadas, el artista pensaba que al arte mexicano, hasta la década del veinte, le sobraba folklorismo y arqueologismo y le faltaba contemporaneidad. De allí que, tal como les ocurrió a otros vanguardistas latinoamericanos de aquella década, fuera criticado por “europeísta y extranjerizante”. Allí se ve la influencia de Cézanne, Picasso, De Chirico, entre otros.

Lo que muchas veces se ve desde afuera como un bloque uniforme y homogéneo, esto es, la supuesta unidad monolítica del cuarteto integrado por los muralistas Orozco, Rivera y Siqueiros y el propio Tamayo (cuatro de los más importantes artistas del México moderno), tiene, sin embargo, una rica historia de diferencias y polémicas.

Más allá de las discusiones internas entre el trío de muralistas, Tamayo fue quien más polemizó con ellos. Los tres muralistas y sus seguidores pasaron a la historia como la Escuela Mexicana. Al comienzo de sus carreras –y de la Revolución como permanente telón de fondo– los cuatro artistas coincidían en vincular el mexicanismo con las corrientes europeas de vanguardia. Desde los primeros años de la Revolución, el terceto de muralistas se la pasaba pintando edificios para enseñar desde allí los avances logrados por la Revolución.

El propio Tamayo arrancó pintando motivos asociados a la Revolución, pero rápidamente se enfrentó con la canonizada Escuela Mexicana. Según Tamayo, los muralistas confundían pintura con ideología política. La consigna del mural como técnica de difusión y propaganda le parecía secundaria y nunca se sintió atraído por hacer de la pintura un arma pedagógica, ni una glosa de la política, de la historia o de la sociología. En el fondo, pensaba Tamayo, el mural se trata de decorar paredes y el eje de la pintura es el cuadro de caballete: allí el concepto obedece fundamentalmente a cuestiones estéticas y de sensibilidad. En el cuadro se ve nítidamente la autonomía del lenguaje de la pintura. “El pintor que sea revolucionario –decía Tamayo– debe serlo dentro de su oficio: es un contrasentido ser revolucionario en la vida cotidiana y conservador en el arte.”

Tamayo decía que era un contrasentido que los muralistas se reivindicaran como revolucionarios cuando eran, justamente, los pintores oficiales del régimen.

La verdadera formación de Tamayo, luego de una mala experiencia académica, fue la que tuvo en Nueva York. Allí llega por primera vez a los 26 años y vuelve una y otra vez. Es contratado como profesor de arte en esa ciudad, con la que se familiariza. Nueva York se convierte en el observatorio privilegiado desde donde Tamayo conoce las vanguardias europeas y vive el frenesí artístico que sucedía en el entonces centro del arte mundial. Hasta mediados de la década del ’30, los únicos latinoamericanos que hacían pie en la cultura y el mercado de arte de Nueva York eran el chileno Matta, el cubano Lam y el mexicano Tamayo.

Desde su primera exposición individual en México a los 26 años, Tamayo fue absorbiendo y transformando las propuestas que venían del postimpresionismo –las teorías y las obras de Cézanne se conocieron recién a partir de su muerte, a comienzos del siglo XX, por las pocas exposiciones que el gran pintor francés había hecho en vida–, el fauvismo, el futurismo, la pintura metafísica y el surrealismo. A partir de entonces y hasta los 49 años, la mayoría de sus exposiciones habían tenido lugar en Estados Unidos. Pero llega el momento del reconocimiento en su propio país con la gran retrospectiva que se organiza en México en 1948.

A partir de entonces, con su primer viaje a Europa, vive en París; es invitado, junto con los muralistas, a la Bienal de Venecia de 1950. Representa a México en la segunda Bienal de San Pablo (1953), donde gana el Gran Premio Internacional de Pintura. Es invitado a decorar el edificio de la Unesco en París, junto con Picasso, Miró, Matta, Moore, Calder, Noguchi, Appel, Arp y Brassai. La Bienal de Venecia de 1968 le dedica una sala especial y lo mismo sucede en San Pablo nueve años después.

Entre los muchos premios y distinciones que le otorgaron, hay uno que rechazó: la orden del Quetzal, conferida en 1980 por el gobierno guatemalteco: “No la acepté –decía Tamayo– porque no me lo permiten mis ideas políticas; estoy en contra de los regímenes como los que desgraciadamente prevalecen en casi todos los países latinoamericanos. Me manifiesto en contra de cualquier dictadura y me solidarizo con los pueblos que luchan por conquistar su libertad, ya que su lucha es la más justa de todas”.

A lo largo de la exhibición Tamayo reinterpretado se van estableciendo secuencias cronológicas y temáticas, como “Imágenes de México”, “Naturalezas muertas”, “Imágenes de mujeres”, “Cuadros de género”, “Metáforas de la naturaleza humana”, “Alegorías de la guerra”, etc. Y a través de la totalidad de la retrospectiva, desde el “Paisaje” de 1921; pasando por el “Homenaje a la raza india” –una pintura de cinco metros por cuatro–, realizada sobre cuatro paneles pintados en 1952; hasta el óleo “Manos arriba”, fechado en 1989, resulta evidente el realismo poético y profundamente pictórico de Rufino Tamayo.

La exposición incluye una serie de actividades complementarias: una “sala interactiva Tamayo”, un simposio sobre su obra, conferencias, actividades para chicos, talleres, mesas redondas, cursos con artistas contemporáneos orientados a los jóvenes para acercarse a la obra y el pensamiento de Tamayo, etcétera.

Cuando en 1981 se fundó el museo que lleva su nombre, el artista donó unas 300 piezas que componen el grueso de la colección: obras de Picasso, Motherwell, Tàpies, Rothko, Saura, Vasarely, Soulages, etc. También hay obras de sus compatriotas, así como de artistas argentinos y, por supuesto, piezas del propio Tamayo.

El patrimonio del Museo Tamayo es relativamente pequeño pero exquisito en su composición y selección, marcada por la lúcida mirada de su mentor y por el tiempo que le tocó vivir a lo largo de buena parte del siglo XX, como testigo y protagonista de las tensiones productivas entre vanguardia y modernización.

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“Comedor de sandía”, óleo de Tamayo de 1949.
 
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