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Miércoles, 10 de marzo de 2010

DISCOS › IRM, OTRO DELICIOSO DISCO DE CHARLOTTE GAINSBOURG

Papá Serge estaría orgulloso

En su tercer álbum, la cantante y actriz puso su voz y sus vivencias en manos de un declarado admirador de su padre: Beck. El rubio californiano recupera la impronta del francés más provocador y hace sentir a la dama como en casa.

 Por Roque Casciero

Durante mucho tiempo, Charlotte Gainsbourg le rehuyó a la música: la sombra de su padre, el gran Serge, era demasiado opresiva como para que se sintiera cómoda frente a un micrófono. La dama, hija también de la cantante y actriz Jane Birkin (la de los suspiros orgásmicos en “Je T’aime Moi Non Plus”), encontró más placer en la actuación, hasta que un cruce fortuito con sus compatriotas de Air le abrió las puertas a esa carrera que ya había olvidado (su padre le había producido un disco en los ’80). La dupla del french touch, más el productor Nigel Godrich (Beck, Radiohead) y el ex Pulp Jarvis Cocker, le ayudaron a dar forma al hermoso 5:55, aparecido en 2006. IRM, segundo álbum de la vida adulta de Charlotte, también la encuentra bien arropada por un gainsbourgófilo de primera: Beck. Y, otra vez, la dama puede poner su voz chiquita, casi susurrante, a veces atractivamente desapasionada, en un disco que haría sentir orgulloso a papá Serge.

Las líneas que se cruzan son tantas que, finalmente, uno se cuestiona por qué el álbum sólo lleva el nombre de la chanteuse. Porque bien podría ser un disco de Beck –que compuso y produjo todo el material y canta en el hitazo “Heaven Can Wait”– intentando pisar en las huellas de Serge Gainsbourg, con la presencia de la hija de éste como motivación. De allí ciertas orquestaciones, cierto pulso irreverente para intentar construir canciones de un pop maduro, profundo. Pero, por otra parte, Charlotte no sólo es central en el álbum por su garganta y su interpretación íntima: sin ella, estas canciones no tendrían sentido, ya que Beck las compuso en base a vivencias que ella le transmitió. De hecho, el nombre del álbum es la abreviatura de “imágenes de resonancia magnética”, un procedimiento médico que Charlotte debió pasar una veintena de veces después de sufrir una hemorragia cerebral tras un accidente. Mientras la máquina escaneaba su interior, ella se preguntaba si en el resultado aparecerían sus recuerdos y disfrutaba de los sonidos del aparato como verdadera música. Beck, rápido de reflejos, sampleó esos ruidos y los usó como ambiente sonoro del temazo que da nombre al álbum.

En el cover “Le Chat du Café des Artistes”, del canadiense Jean-Pierre Ferland, Beck pisa el palito y se acerca al “tributo a Serge Gainsbourg” (lo cual debe ser muy tentador teniendo cerca a su semilla), sensación que se repite en “Time of the Assassins”. En otros temas, en cambio, le permite a Charlotte moverse con elegancia y abandono en contextos de blues glamoroso (“Dandelion” tiene algo de T-Rex) o postpunk enfático (“Trick Pony”, “IRM”). Lo más “Serge” del disco son los usos particulares de la percusión, que llevan a Charlotte a convertirse en casi el único sostén melódico. Eso sucede en “Master’s Hands”, que abre el disco, y también en “Voyage”, con tambores africanos y una sección de cuerdas que ataca imprevistamente. ¿Se sentiría cómoda la cantante en un contexto diferente, en el que nada recuerde a su padre? Es probable que no, y que por eso elija trabajar con músicos que lo admiraron. A esta altura, es difícil precisar dónde termina el mundo creado por Serge y dónde empieza el que transita Charlotte, pero esto no le escapa a la lógica de la sangre. Además, ¿cabe cuestionar tanto cuando los resultados son tan encantadores como IRM?

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Gainsbourg sabe rodearse de colaboradores: primero Air, ahora Beck.
 
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