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Jueves, 15 de octubre de 2009

TELEVISION › DROMO ES UNA APUESTA A LA FICCIóN, AUSTERA PERO ENTRETENIDA

La vuelta del género fantástico

El programa producido por Alejandro Fiore y Andrés Gelós, que narra historias de ciencia ficción, suspenso y terror, debutó con buen pie en el prime time de América, con recursos básicos pero eficaces, y evitando la grandilocuencia visual.

 Por Emanuel Respighi

Si producir ficción en Argentina no es tarea fácil, tomar la decisión de hacerlo desde una productora reciente, creada para la ocasión y motorizada únicamente por el deseo de plasmar en pantalla inquietudes personales, es más una aventura sin destino cierto que una inversión –de tiempo, dinero y talento– que devolverá algún tipo de beneficio a corto plazo. Si, además, a esa cruzada se le suma el adicional de contar historias de género, en el registro de la ciencia ficción o el terror, la apuesta se vuelve un riesgo difícil de sortear. A todas esas dificultades se enfrentó Dromo, el ciclo de unitarios que el martes, a las 22.45, empezó en la pantalla de América. Y nadie podrá discutir que, pese a sus limitaciones, el debut del programa producido por el actor Alejandro Fiore y Andrés Gelós salió airoso de la prueba de fuego, poniendo al aire una propuesta austera pero entretenida. No es poco para una TV tan chata como la de este año.

La TV argentina suele destacarse en todo el mundo por su gran nivel de producción, pero también por el conservadurismo que acompaña a sus guiones de ficción. El alto costo monetario que requiere una producción de ficción sirve de excusa para que algunos productores justifiquen la repetición constante de fórmulas, estructuras narrativas y géneros. Que una serie como Dromo se proponga desarrollar historias fantásticas, cruzando el terror, el suspenso y la ciencia ficción según las necesidades de cada capítulo, es digno de celebrar. Hace rato que la TV argentina no se le anima a producir ficción de género. No debe llamar la atención, entonces, que el regreso surja desde un lugar autogestivo, fuera del mainstream catódico. De alguna manera, Dromo se propone zanjar el vacío de las productoras “grandes”, retomando el espíritu –no más que eso– de recordados ciclos como Cuentos asombrosos o Cuentos de la cripta.

Protagonizado por Fiore, Nancy Duplaá y Federico D’Elía, “El árbol familiar” fue el capítulo que dio inicio a la serie, que contará con un elenco rotativo. La trama se centró en una familia en la que, por las arbitrariedades del destino o por alguna incomprensible razón, todos los hombres terminan suicidándose. Pero ésa no es la única coincidencia: un antiquísimo árbol que se eleva, gigantesco, al lado de la casa de campo familiar es el lugar en el que, de generación en generación, los hombres se ahorcan. Así se mataron el abuelo y el padre de Agustín (Fiore), el mayor de tres hermanos, que se considera “maldito”. Argumentos para creer eso no le faltan: fue él quien encontró a su papá y su abuelo, con treinta años de diferencia, con la soga al cuello.

Hasta ahí, el (escabroso) preámbulo de la historia. Lo mejor de la trama vino después, cuando el inescrupuloso hermano menor, Leo (D’Elía), le propuso a Agustín vivir en la casa del horror hasta conseguir comprador. Pese a los esfuerzos para convencerlo de que abandonara ese lugar destinado al horror de su ex mujer (Duplaá) y su otro hermano, Daniel (Marcelo Savignone), el hombre en duelo, desempleado y con la autoestima por el suelo, decidió quedarse. Atrapado por las imborrables imágenes de sus seres queridos colgados del árbol, el protagonista intenta destruir de cualquier manera aquel árbol que cobija sus peores pesadillas. Pero él tampoco escapa al final que el destino le tenía preparado, y por accidente termina su vida al igual que sus ancestros.

Con un final previsible, pero bien resuelto, Dromo es un claro ejemplo de que un sólido guión y actuaciones medidas bastan para generar una propuesta televisiva atrapante. Si bien nunca llegó a causar “miedo” en los televidentes, por momentos el envío logró transmitir una atmósfera espesa, escalofriante, incómoda, que alimentó cierto escozor. Así como la falta de recursos técnicos se hizo visible para el armado del clima que toda historia de terror necesita, no es menos cierto que la adecuada fotografía y una serie de flashbacks en color sepia intercalada en el relato disimularon las falencias. En efecto, el único recurso “técnico” utilizado, la música incidental, terminó atentando por su exceso contra la verosimilitud del relato. Se sabe: cuando los recursos se sistematizan, el efecto que pretenden termina neutralizándose invariablemente.

En su debut, Dromo supo pergeñar una propuesta televisiva pequeña y atrapante a la vez, sin perder calidad estética, sobreponiéndose a sus propias limitaciones, amparándose en recursos básicos pero eficaces, tomando riesgos sin caer en la grandilocuencia visual. La exploración de nuevos lenguajes y géneros parecieron ser bien recibidos por el público: “El árbol familiar” promedió 7,7 puntos de rating, una cifra nada despreciable para un canal que en el prime time no suele superar los 5 puntos. Con Dromo, las historias fantásticas están de vuelta.

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El debut de Dromo hizo 7,7 puntos, más que lo que suele medir América en ese segmento.
 
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