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Martes, 8 de mayo de 2012

TELEVISION › LOS PIBES DEL PUENTE, DIARIAMENTE POR CANAL 7

La complejidad de lo real

Sin pretensión aleccionadora, la creación de Patricio Salinas Salazar y Celeste Casco construye un retrato amplio de un posible colectivo marginal, al que no se juzga, priorizando siempre la reflexión a los golpes de efecto.

 Por Emanuel Respighi

Ningún pibe nace chorro. Pero no todos pueden elegir su destino. Esas dos verdades, tan obvias como contundentes, son las que parecen haber promovido el guión y la puesta de Los pibes del puente, la miniserie de ocho capítulos que Canal 7 emite diariamente a las 22.30. Ganadora del primer puesto de la región metropolitana del concurso Serie de Ficción Federales convocado por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), la flamante ficción aborda con crudeza la problemática de los niños y adolescentes “de la calle” en una trama que, sin enfatizar en innecesarios golpes de efecto, logra atrapar a los televidentes, a la vez que los invita –solapadamente– a reflexionar sobre el mundo en que se vive. Sin estigmatizar a esos chicos para los que el futuro no es más que una posibilidad abortada por las condiciones sociales que el sistema les impone, Los pibes del puente posee la virtud de contar una historia verosímil mostrando causas y consecuencias, en un relato que no es ajeno a una realidad que incomoda y que muchas veces se vuelve invisible a los ojos de los grandes medios de comunicación.

En la misma línea estética de películas como Pizza, birra, faso y series de TV como Okupas o Tumberos, Los pibes... forma parte del género de “ficción social” que paulatinamente fue incrementando su espacio en la pantalla chica. En este caso, el programa se sumerge en un grupo de chicos y chicas excluidos de la sociedad, que intentan sobrevivir con las herramientas –no siempre legales, no siempre acordes a los modos de la clase media– que pudieron obtener por su cuenta. Sin pretensión aleccionadora, la creación de Patricio Salinas Salazar y Celeste Casco (también autores) construye un retrato amplio de un posible colectivo marginal, al que no se lo juzga. Como una manera de no caer en la estigmatización del periodismo televisivo, en Los pibes... no por “víctimas” los chicos no dejan de cometer delitos, en un concepto equilibrado para contar esa realidad en toda su complejidad.

Sin concesiones, Los pibes... cuenta la vida de un grupo de chicos de la calle, cada uno con una pesada historia sobre sus hombros, que tratan de abrirse paso en un mundo que, lejos de cobijarlos, los expulsa a cada instante. Suerte de “pandilla” cuyos integrantes saben que lo único que tienen son ellos mismos, los chicos conforman un colectivo que, sin perseguirlo explícitamente, resulta ser el único de la vida social que los contiene. En ese encuentro autodidacta de estrechos lazos vinculares, los chicos cometen sus “errores”: encabezados por Bingo (Matías Marmorato), quien se gana la confianza de un importante narcotraficante (El Ruso, interpretado por Gustavo Garzón), comienzan a duplicar cocaína en una fábrica abandonada. La trama se complejiza cuando Yessy (Guadalupe Docampo), la acomodada hija de El Ruso, deprimida por la dudosa muerte de su madre, se enamora de uno de los amigos de Bingo, encontrando en ese grupo su lugar en el mundo. A partir de allí, la historia avanza sobre las dificultades que enfrentan los amigos en un mundo infernal al que sobreviven creando sus propios anticuerpos.

En la representación de ese universo cotidiano y real, Los pibes... logra trascender, incluso, el sesgo social que los grandes medios refuerzan a cada instante. La incorporación al grupo de Yessy, una chica de clase social alta y con necesidades materiales satisfechas, le aporta a la trama un tamiz superador, que no limita a los excluidos en función de sus condiciones socio-económicas. En este caso, el guión amplifica su mirada hacia la juventud excluida en situación de desamparo afectivo –tanto familiar como social– al que se ven sometidos miles de chicos en edad en la que desarrollan su personalidad y se empiezan a formar como ciudadanos. Con crudeza y violencia, aquí no hay “pibes chorros” sino adolescentes vulnerables ante la falta de redes de contención. La mirada crítica del programa, en todo caso, hace foco en cómo los mecanismos de contención social –desde la familia hasta las instituciones estatales– fallan indistintamente, expulsando jóvenes de toda clase.

Más allá de las intenciones, buena parte del logrado trabajo de Los pibes... es la coherencia y la sensibilidad en las que se basa la propuesta. El diseño estético de la ficción se corresponde con la historia que cuenta, a partir de una cámara en movimiento cuyos planos dan la sensación de “espiar” a los protagonistas, sin preciosismo sino en función de la historia áspera que retrata. En este punto, las locaciones en exteriores y el uso de luz natural en casi todas las tomas le imprimen al programa una cuota de verosimilitud necesaria, en un montaje “duro” que enfatiza el naturalismo de las ajustadas actuaciones. Al cuidado técnico se le suma, además, un minucioso trabajo en los libretos, capaces de reflejar un universo duro sin caer en los estereotipos ni en la estigmatización mediática. En Los pibes... hay delitos, brutalidades y asesinatos, y la droga sobrevuela a los chicos. Sin embargo, en ningún momento se muestra a los personajes drogándose ni tomando alcohol. Una precaución que, junto con la idea de hacer una ficción y no un documental como una forma de proteger a los verdaderos “chicos en situación de calle”, le otorga a la problemática abordada una sensibilidad fina, sin maniqueísmos ni golpes bajos.

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El programa se entronca en la línea de películas como Pizza, birra, faso y series como Okupas.
 
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