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Miércoles, 9 de septiembre de 2015

TELEVISION › CECILIA ROTH HABLA DEL ESTRENO DE HISTORIA DE UN CLAN

“El mal existe y no está en el infierno sino entre nosotros”

En la serie dirigida por Luis Ortega, la actriz interpreta a Epifanía Calvo, la esposa de Arquímedes Puccio, quien fue liberada porque no se pudo probar su participación en los secuestros y asesinatos que cometió su familia. Los trece episodios se verán por Telefe y TNT.

 Por Emanuel Respighi

El de los Puccio es uno de los clanes más siniestros de la historia argentina. Y seguramente el más popular. Mucho se ha escrito y dicho sobre Arquímedes Puccio, la figura paterna de esa familia que secuestraba y mataba a sus conocidos de la clase alta sanisidrense en su propia casa, en el primer lustro de la década del 80. Pero detrás de todo jefe siempre hay una mujer. Están las que son víctimas de la mente criminal de quien ejerce el poder en el seno de una familia patriarcal, pero también está Epifanía Calvo, la mujer de Arquímedes, que en Historia de un clan –la versión televisiva basada en aquella truculenta historia ocurrida hace tres décadas y que hoy a las 23 se estrena en Telefe– ocupa un rol mucho más activo. “La serie hace foco en los distintos vínculos internos que se dan en la familia. En el que se construye entre el padre y Alejandro, entre el padre y la mujer, entre el padre y las hijas. La ficción parte de la idea de que Epifanía era la encargada de mantener la normalidad en la casa. No sólo estaba al tanto de todo, sino que era la que debía contener la situaciones emocionales que surgían”, le explica a Página/12 Cecilia Roth, la actriz que interpreta a la mujer del clan.

En pleno boom nacional e internacional por la película sobre los Puccio, que ya superó los dos millones de espectadores, llega a la pantalla chica esta serie ganadora del concurso de ficción de prime time organizado por el Incaa y el Ministerio de Planificación de la Nación. Producida por Underground, asociada a Telefe y TNT (que la emitirá los jueves a las 23), Historia de un clan cuenta en detalle la intimidad de la familia que entre fines de la dictadura y comienzos de la democracia secuestró y asesinó a distintos conocidos de la alta sociedad. Dirigida por Luis Ortega (Caja negra, Monobloc), la serie de trece capítulos está protagonizada por Alejandro Awada como Arquímedes, el Chino Darín como Alejandro y Roth como Epifanía, esa mujer profesora de matemáticas y contabilidad que estuvo presa dos años y luego fue sobreseída por falta de pruebas.

“Los Puccio son mis tíos”, bromea Roth cuando se le pregunta cuál fue su relación con la historia de los Puccio, al momento en que trascendiera la noticia en los medios, en agosto de 1985. “Llegué la país justo en el momento en que los agarraron. Recuerdo ese año como uno en el que sucedieron muchos casos de asesinatos. Me acuerdo del caso Oriel Briant, el de la colonia Open Door... Los Puccio fueron parte de la resaca de la dictadura. Era una noticia impactante para los habitantes de la Argentina, porque a esa altura ya nadie podía decir que desconocía lo que había sucedido en la dictadura. Ya se había escrito el Nunca Más, estaba el Juicio a las Juntas... El tema estaba instalado”, recuerda la actriz, que se exilió en España entre 1976 y 1985.

–La prensa de entonces y la sociedad argentina, ¿hacían en aquel momento la lectura de vincular los secuestros extorsivos con la mano obra desocupada de la dictadura?

–Yo lo tenía muy presente porque había vivido diez años en el exterior. Al vivir afuera, probablemente tuviera más información del accionar de la dictadura y lo que ocurría. Esa era mi lectura personal. Se hablaba mucho en esa época de los servicios desocupados, de la mano de obra desocupada. Indudablemente, muchos de los que participaron de este tipo de secuestros y asesinatos en democracia ya había sido parte de este accionar de manera sistematizada y por cuestiones políticas, “cumpliendo órdenes”. Lo que hizo la democracia fue separarlas y cada uno puso su “empresa”.

–¿Le llamaba la atención que la maquinaria de la dictadura siguiera operando, aunque ya no de manera orgánica?

–No me llamaba la atención. Entendía que era parte de un proceso inevitable. Es más, creo que en la Argentina todavía continuamos en un proceso de democratización, que por suerte está en movimiento. Hay que seguir mejorando. Es necesario. Pero la democratización de todas las instituciones lleva tiempo y en el camino se cometen errores graves, algunos menores, debates y replanteos.

–¿A qué se refiere con “errores” que se cometieron en el proceso de consolidación democrática?

–A que uno va cometiendo errores a lo largo de un proceso de cambio como el que vivió la Argentina entre el pasaje de la dictadura a la vida democrática. Hubo varios gobiernos. Hay errores que se subsanan con el tiempo, otros que se profundizan. Con errores me refiero a situaciones en la práctica que demuestran que hay que modificarse. Es necesario. Cuando uno construye algo distinto comete errores y los va corrigiendo sobre la marcha. No es ilógico, es normal.

Una familia muy normal

–¿En qué aspecto de los Puccio hace foco Historia de un clan?

–Al ser una serie de trece capítulos, tiene la oportunidad de construir una ficción que se toma atribuciones artísticas. No buscamos contar la causa judicial sino animarnos a pensar cómo pudo haber sido esa familia que tenía a los secuestrados en su casa, manteniendo las formas para el afuera y para el adentro. Un artista no sólo tiene la posibilidad de trascender lo real sino que debe aprovecharse de eso. Tanto Luis (Ortega, el director) como los autores y los actores nos fuimos adueñando de los personajes, o ellos de nosotros, no lo tengo muy claro. Había una continuidad de pensamiento que no estaba escrito en los libros. La cotidianidad de la familia es un invento nuestro, pero no es arbitrario, sino que se basa en haber investigado y hablado con bastante gente. En efecto, muchos de los vecinos de la casa en la que filmamos la serie conocían a los Puccio. Muchos nos hablaban de ellos. El otro día, viajando en avión, pasillo de por medios un señor de San Isidro me pregunto si había hecho la película, porque la gente confunde la película y la serie, y me comentó que él recordaba perfectamente a Arquímedes barriendo la vereda. Y me decía que es verdad que cuando barría la vereda miraba mucho para todos lados, pero eso recién lo había pensado después, una vez que se había enterado de la noticia. Todo el mundo ponía las manos en el fuego por Alejandro, el hijo mayor.

–¿Cree que buena parte de la incredulidad de muchos cuando se conoció la noticia, y parte de la conmoción que causó, tiene que ver con que los Puccio eran de clase alta?

–San Isidro es como una patria aparte, como una Argentina muy particular, por sus características... Cada barrio tiene sus particularidades. Pero San Isidro tiene particularidades en las cuales no encajaba un clan asesino como el de los Puccio. Entonces, en un principio se lo defendió. Y después, se subrayó que “Puccio” no era un apellido de San Isidro.

–Se los “desclasó”.

–Claro. La historia es tan siniestra que una amiga mía, que era cercana a ellos, cenó varias veces en la casa de ellos en el momento en que había secuestrados ahí adentro. Incluso, hablaron sobre los secuestros y asesinatos con estupor. Me lo contó llorando, treinta años después de aquello. La serie hace foco en los distintos vínculos internos que se dan en el seno de esta familia. En el que se construye entre el padre y Alejandro, entre el padre y la mujer, entre el padre y las hijas. Y se detiene en esta mujer, Epifanía, tratando de justificar cada acto con la idea de pertenecer, con una enorme ambición. Era una mujer que hacía todo como un medio para ser alguien.

–¿O sea que la serie presenta a Epifanía más como cómplice que como víctima?

–Ella es cómplice. Con Luis partimos de la base que ella estaba al tanto de todo. Eso la hace cómplice. Ella era la encargada de mantener la “normalidad” en la casa. Era la que contenía a los chicos ante una situación emotiva compleja que podían atravesar ante lo que ocurría en su casa, la que se preocupaba por que se comiera bien, la que mantenía afectivamente a la familia. Los Puccio mejorararon su situación económica con los años, pasaron de tener una rotisería a tener una casa de náutica, de tener poca plata a tener un buen vivir. Ella era irremediablemente cómplice. No era una familia en la que se hablara mucho. En el sentido de que se hablara sobre lo que le pasaba al otro, sobre cómo se sentían. Los apoyos era tremendamente tradicionales: las mujeres deben cumplir tal rol, los hombres son así, lo que dijiese Arquímides era incuestionable. Lo que a mí más me llama la atención es que no es que secuestraban, cobraban el rescate y los devolvían: mataban a quienes secuestraban aún cobrando el rescate. Y Epifanía era cómplice absoluta.

–¿Se puede pensar a los Puccio como exponente extremo de un determinado tipo de familia argentina, que por pertenecer es capaz de mantener las formas a cualquier precio?

–No me atrevería a tanto. No debo generalizar. Además, como actriz no me lo permito. Si tengo que construir a Epifanía, trato de no juzgarla, de entender cuáles son sus movimientos internos, sus laberintos emocionales, para estar metida en una situación como esa y no salir. De hecho, ella sigue dueña de la casa todavía.

–Epifanía estuvo detenida pero fue sobreseída por falta de pruebas.

–Ella estuvo dos años en la cárcel y fue liberada por falta de pruebas. Pero evidentemente sabía, porque los secuestrados estaban ocultos en su propia casa. No podía no saber. De hecho, todos se declararon inocentes. Hasta el mismo Arquímedes, que declaró que no podía contar lo que en realidad había pasado porque estaríamos todos en peligro. Un psicópata de libro.

–Que además se encargó de involucrar a toda su familia, al mantener cautivos a los secuestrados en su propia casa.

–Es muy difícil entenderlos. Arquímides era un psicópata al cual el dolor de las víctimas, pero también del que provocaba en su familia, le era ajeno. Inclusive, en sus vínculos con los más cercanos, con su propia familia. Creo que había una idea de plan místico que sobrevolaba la mente de Arquímedes, o en la que se ocultaba, en todo caso. Los Puccio iban todos los días a misa, bendecían a diario la mesa... Se mezcla todo con cierta idea del deseo divino. Alguien que involucra a su familia en secuestros y asesinatos es porque cree que lo que está haciendo no está mal. No tiene ningún tipo de culpa ni de planteo moral, ni siquiera legal.

–Tampoco se planteó la idea de resguardar a sus seres queridos.

–Arquímedes creía que involucrando los era su forma de resguardarlos. Esa era su manera de cuidarlos. “Esto es por ustedes”, solía decir. Hay gente así. El mal existe y está entre nosotros. No está en el infierno.

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“Buscamos animamos a pensar cómo pudo haber sido esa familia que tenía a los secuestrados en su casa”, asegura Cecilia Roth.
Imagen: Pablo Piovano
 
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