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Miércoles, 20 de enero de 2016

TELEVISION › CóMO ES LA LEONA, LA NUEVA TELENOVELA DE TELEFE

Un culebrón nacional y popular

La novela protagonizada por Nancy Dupláa y Pablo Echarri parece destinada a transgredir las reglas del género. Y la conflictividad social que atraviesa la trama asoma como un elemento que compite de igual a igual con la historia de amor.[HTML]

 Por Emanuel Respighi

La reivindicación de la cultura del trabajo, de ese particular arraigo barrial que se construye alrededor de la fábrica que da de comer pero que es también lugar de pertenencia, de la vida obrera a la vieja usanza. Esos parecen ser algunos de los elementos del perfume nostálgico que aromatizó el primer episodio de La Leona, la ficción que desde esta semana Telefe emite de lunes a jueves, a las 22. Con la festividad de Carnaval de fondo (“fiesta pagana que iguala a ricos y pobres”), la telenovela protagonizada por Nancy Dupláa y Pablo Echarri parece destinada a recuperar valores y dinámicas colectivas que la sociedad de consumo actual puso en peligro de extinción. Hay un dejo de amarga alegría, de brillante melancolía, en este culebrón nacional y popular que transgrede las reglas del género. El debut de La Leona dejó en claro que el cuento de hadas, la historia rosa de La Cenicienta, asumirá un tamiz menos edulcorado y romántico que lo que el género se suele permitir.

Desde la presentación de la trama, a través de un muy logrado clip en blanco y negro en el que María Leone (Dupláa) narró en off su vida familiar, que no es otra que la historia de la fábrica textil Liberman, La Leona marcó la inquietud estética de la ficción. La telenovela avanza a través de María, una operaria que ya en el primer capítulo demostró que le sube rápidamente la tanada cuando de defender los derechos de sus compañeros se trata. Con aguinaldo y vacaciones impagos, parece que el destino sindical de María será una fija. Encima, el dueño de la fábrica, Klaus Miller (Miguel Angel Solá), está planificando generar una quiebra fraudulenta, en medio de un divorcio que se presentó como complejo y del diagnóstico de una grave enfermedad. Para ese fin, Miller contrata a Franco Uribe (Echarri), un especialista en “saneamiento empresario”, que no es otra cosa que el eufemismo que utiliza para liquidar empresas sin pagar indemnizaciones. En el medio de ese plan maquiavélico, se tejerán todo tipo de historias de amor, traiciones y poder.

Es verdad que al capítulo presentación se le podrá achacar que tuvo altas dosis de trazo grueso en la construcción de su trama. Que ciertos clichés y arquetipos se volvieron evidentes a la hora de sentar las bases de una historia bien “popular”. Incluso, que en el afán de dejar en claro sus diferentes tramas, se subrayó más de lo que se sugirió. Lo que no se puede negar es que, en su debut, La Leona asumió riesgos poco comunes para un culebrón. Sin romper del todo con el género, pero sin temor a dar un paso más allá de lo que señalan las supuestas fórmulas televisivas, la telenovela escrita por Susana Cardozo y Pablo Lago jugó con una serie de elementos disruptivos alrededor de la pareja protagónica. Estos elementos merecen ser celebrados. No sólo por los televidentes, que encuentran una ficción que los sorprende. También por la industria argentina de la pantalla chica, que puede ver reflejado un producto que arriesga y sale ganando.

Sin apelar al suspenso previo al beso entre los protagonistas de ese amor imposible que impone el culebrón, el primer episodio de La Leona cerró con un apasionado encuentro callejero entre María y Franco. En medio de la noche, botella de cerveza en mano, la pareja de opuestos llevó a cabo lo que en cualquier otra novela hubiera esperado entre 50 y 70 capítulos. No sólo eso: no fue un beso soñado, con música romántica y pétalos de rosas, sino el revoltijo propio de lenguas desesperadas. Hay que decir las cosas como son: Uribe y Leone transaron/chaparon/apretaron (utilice el término que más afín le parezca) con ganas, muchas ganas, contra una de las tantas paredes desvencijadas del barrio de La Hilada. Hubo manos impiadosas más que suaves caricias. ¿Efectismo? No, simplemente ¡ca-len-tu-ra! La pulsión sexual –y mucho más real– que suele invadir el cuerpo de dos personas que acaban de conocerse, que se atraen físicamente y que bebieron de más en una fiesta de Carnaval. ¿El amor? Habrá otros 119 episodios para construirlo, seguramente. Pero por ahora entre María y Franco sólo hubo el encanto del arrebato. Ni amor ni romanticismo, por ahora.

La decisión de no esperar el paso del tiempo para que los amantes se besen ni de caer en la típica escena romántica que suele marcar el pico de rating de cualquier culebrón no es el único aspecto para celebrar de la coproducción entre Telefe y El árbol (la productora de Echarri y Martín Seefeld). La problemática del trabajo, y de la posibilidad de perderlo, en una fábrica textil a la que el dueño quiere vaciar y quebrar para luego recomprar por centavos a través de un testaferro, asume en la trama un lugar central que contendrá, condicionará y explicará las relaciones sentimentales que se construirán entre los trabajadores. La conflictividad social planificada por Klaus Miller y ejecutada por Uribe (ver recuadro) asoma como un elemento que compite de igual a igual con la historia de amor. Habrá que ver cómo, en todo caso, esa problemática –que en este tiempo dialoga con la realidad– influye en la decisión de los televidentes. Hasta el momento, el debut fue auspicioso: con un promedio de rating de 15,5, La Leona fue el programa más visto del lunes, superando por casi tres puntos a su competencia directa (Los ricos no piden permiso marcó 12,7).

El cuidadoso trabajo de posproducción fue otro de los fuertes del debut de la novela. La cámara lenta para determinadas tomas, los flashbacks, el sonido para reforzar los problemas de salud de Miller y la música fueron recursos que le dieron dinamismo a la trama. El numeroso elenco es otro punto disfrutable de La Leona. En el primer episodio quedó demostrado que Dupláa (a riesgo de caer en el exceso) tiene con qué interpretar a una heroína que tiene más actitud y convicciones que racionalidad, sin por eso perder la seducción que su personaje necesita. La magnífica interpretación de Solá, como el malvado dueño de la textil, enalteció cada una de las escenas en las que le tocó estar presente. Martín Seefeld, como el delegado gremial picarón de la fábrica, y las operarias compuestas por Andrea Rincón y Andrea Pietra también se destacaron, entre un elenco tan variado como la paleta de colores con los que La Leona comenzó a transitar su historia.

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El Carnaval, “fiesta pagana que iguala a ricos y pobres”, presente en el primer capítulo.
 
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