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Sábado, 15 de septiembre de 2012

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No parece justo interpretar la segunda película del ex videoartista británico Steve McQueen (sin relación con el actor homónimo, como se ha recalcado hasta el cansancio) como una condena general a la libertad sexual o la promiscuidad, en tanto nada sugiere que su protagonista deba ser tomado como paradigma de nada. Por el contrario, todo lleva a verla como el estudio de un “caso”, al que la película, por lo demás, se cuida de no estigmatizar. Lo que sí representa este Brandon es un estilo de vida prototípico de toda gran urbe, en el que parecería no haber relación humana que no esté tamizada por el uso. Idea que no tiene nada de nuevo. El mérito de Shame es la sensorialidad de su puesta en escena, gélida, aséptica e impersonal.









Hacia fines de los ’50, Marilyn estaba en el pináculo de su carrera. O sea, a punto de caer a pique. En ese momento y del otro lado del Atlántico (del otro lado del mundo, en todo sentido), sir Laurence Olivier quiso tirarse una canita al aire, dirigiéndola en una película llamada El príncipe y la corista. Así como estaba, Marilyn era incapaz de recordar una línea de diálogo, su flamante matrimonio con Arthur Miller se iba al tacho, una cuasi stalinista gurú del Método no la dejaba a sol ni a sombra y se presentaba en el set con horas de demora. Pero era Marilyn. Y buscó consuelo en un oscuro asistente de dirección. Por más que Mi semana con Marilyn sea tan crasa como un telefilm, los personajes y la situación no dejan de ser fascinantes.

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