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Domingo, 13 de noviembre de 2005

OPINION

La salvación demoníaca

Por horacio gonzalez

Nada más agradable que ciertas reminiscencias de lectura que regresan, como una tonada conocida. Con Kierkegaard podríamos sentirla con su concepto de lo demoníaco. Lo releemos, pues nunca estamos seguros de haberlo entendido bien. “Lo demoníaco –dice Kierkegaard– es lo reservado y lo involuntariamente revelado.” Incalculables posibilidades se extraen de este pensamiento. Parecería que estamos ante una crítica al secreto como cápsula de la expresión que impide volcarnos al mundo. Sin embargo, antes que nada, nos encontramos frente a las posibilidades dialécticas de la libertad. Es así, si tenemos en cuenta el complejísimo edificio espiritual que supone lo reservado. Somos reservados siempre, en la imposibilidad profunda de decirlo todo, y no porque imaginemos que debemos ocultar tal o cual cosa. Pero el silencio puede romperse involuntariamente. Entonces, uno de los sentidos de la revelación de lo oculto es ponernos definitivamente en posesión del lenguaje que usamos y nos constituye. Por eso lo demoníaco, para Kierkegaard, pasa a ser el acto por el cual se nos revela en el lenguaje lo que yacía desconocido e impensado. Con eso, quedan en un vínculo tenue y desesperante la oscura realidad del silencio y los actos de descubrimiento del yo. Estos se orientan por la pregunta ¿Quién soy?, y por la esencia angustiosa de toda comunicación. Lo demoníaco, como sinónimo de la circunspección que dolorosamente se desata, funda a la persona, al erotismo, a la música. En fin, recordar a un autor que nos ha tocado con su misterio supone también alzar un añejo recuerdo de lectura, como módico brebaje entre tantas y tantas páginas suyas que no hemos leído.

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