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Viernes, 1 de abril de 2011

CULTURA

Textual

En tiempos de la colonia, Farrusco, hijo de un campesino del sur de Portugal, había servido en el cuerpo de paracaidistas destacado en Africa. Al licenciarse del ejército se quedó en Angola y trabajó como mecánico de coches. Cuando estalló la sublevación contra los portugueses, se presentó en el Estado Mayor del MPLA (organización independentista de corte socialista) y ofreció su ayuda (...) Kapuscinski, que lo había conocido en el frente sur de la guerra angoleña, lo describió primero en una serie de reportajes y, más tarde, en el libro Un día más con vida. Dejó a los lectores con Farrusco gravemente herido: cuando se marchaba de Angola, no sabía que su camarada de trinchera iba a sobrevivir, ni que le iban a hacer prisionero, ni que le iban a proponer cambiar de bando y pasarse a los adversarios del MPLA, tentándolo con curarle las heridas en una clínica de lujo en Sudáfrica. Como rechazó la oferta, lo metieron entre rejas. En cuanto se puso bien organizó dos cosas: la fuga de la cárcel y, más tarde, en el sur del país, una guerrilla leal al gobierno socialista del MPLA en Luanda. (...)

–¿Cómo era el Ricardo que usted recuerda?

–Estuvo con nosotros durante nuestros combates en el sur. No lo tratábamos como a un simple periodista.

–Entonces, ¿cómo?

–Como a uno de los nuestros.

–¿Porque era de un país socialista? ¿Porque pensaba igual que vosotros?

–No sólo por eso, sino porque, cuando era necesario, también disparaba.

Por unos instantes sospecho que Farrusco ha hecho volar la imaginación. Las simpatías políticas de Kapuscinski, tanto en tiempos de aquélla como de otras guerras, en todos los conflictos y revoluciones en pos de la liberación, ya en Africa, ya en América latina, siempre estaban meridianamente claras, nunca dejaron lugar a dudas. Sin embargo, entre simpatizar y disparar hay una enorme diferencia. En unas entrevistas a Kapuscinski de los años setenta encuentro fácilmente las confesiones que disipan mis dudas acerca de la memoria del general.

–¿Se vio usted en algún momento en una situación en la que tuvo que disparar?

–Sí, por ejemplo, en Angola. Cuando se está en el frente, a menudo se producen situaciones en que es imposible no incorporarse al combate.

–¿Llegaste a pegar tiros?

–Sí, pero eran excepciones que confirman la regla. Siempre es mejor ir al frente sin nada, pues si te cogen puedes defenderte con tu indefensión, fingir haberte perdido y encontrarte allí por casualidad, esbozar sonrisas estúpidas y mostrar las mejores intenciones. Más vale no llevar nada, ni siquiera una navaja.

–¿Por qué, entonces, te desviaste de esta regla?

–El periodista, cuya especialidad es la de corresponsal de guerra, a veces acompaña a un destacamento en una acción y entonces se siente ligado a esos hombres. Incluso doblemente ligado. Apoya su causa, se solidariza con ellos; éste es el primer vínculo. En segundo lugar, cuando la situación se vuelve peligrosa, realmente grave, lo que más desea es prestar apoyo a sus compañeros y no ser para ellos una carga, alguien de quien tienen que ocuparse y a quien deben proteger. En medio del fuego todo lo demás pierde importancia. Nadie tiene cabeza para pensar en salvar a un corresponsal para que, luego, dé fe de ese combate. El tiene que responsabilizarse de sí mismo, disparar para no ser abatido a tiros. Uno lucha por sobrevivir.

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