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Martes, 25 de marzo de 2014

CULTURA › OPINIóN

Una antología de dos márgenes

 Por Mario Goloboff *

Los contactos entre las literaturas francesa y argentina son antiguos, sólidos, constantes. Ellos datan del comienzo de nuestra vida independiente como nación y aun desde antes: uno de los mayores ideólogos y activistas de la Revolución de Mayo, Mariano Moreno, secretario de la Primera Junta de Gobierno, leyó ya en Chuquisaca a Montesquieu, Voltaire, Diderot, estudió y tradujo al español El Contrato Social, de Jean Jacques Rousseau, en cuyo prólogo escribió: “Este hombre inmortal que formó la admiración de su siglo y será asombro de todas las edades, fue quizás el primero que, disipando completamente las tinieblas con que el despotismo envolvía sus usurpaciones, puso en clara luz los derechos de los pueblos, y enseñándoles el verdadero origen de sus obligaciones, demostró las que correlativamente contraían los depositarios de sus gobiernos”.

A partir de entonces, entraron profusamente los enciclopedistas y los iluministas en nuestros jóvenes países hispanohablantes y, dentro de las literaturas extranjeras que ocuparon con la nacional el espacio rioplatense, la de fuente francesa fue reemplazando, en el campo político y filosófico, y también aunque algo menos en el puramente literario, a la literatura de origen español u otros.

Como hitos fundamentales de este transcurso, porque en ello influyeron, pueden señalarse el viaje de Esteban Echeverría a Francia y su estadía allí (1825-1830), con su lectura heteróclita de resabios de la Ilustración en el barón de Montesquieu y en Destutt de Tracy, del conservador y anticartesiano Joseph de Maistre, del católico y monárquico Louis de Bonald, del liberal y masón Pierre-Henri Léroux, de los socialistas utópicos conde Henri de Saint-Simon y Charles Fourier, y fundamentalmente, con su observación y aprehensión del romanticismo, que introduciría luego aquí y en América latina, y entre los poetas y literatos del mismo movimiento su adhesión especial a Alphonse de Lamartine.

Así también, la estancia de uno de los fundadores de la gauchesca, Hilario Ascasubi (1860-1875), quien escribió buena parte y terminó su famoso Santos Vega en París en 1870, permanencia que refrendó con la publicación de importantes textos suyos en la Maison Dupont, de París, en 1872; el nacimiento del modernismo en nuestro continente y, a instancias de Rubén Darío, el florecimiento en estas playas de los dictados del Parnaso, la presencia de simbolistas como Paul Verlaine, las lecturas de Charles Baudelaire, hasta las rupturas de Stéphane Mallarmé, que prepararían el temprano acogimiento de las vanguardias y especialmente de su cima y coronación, expresada por el surrealismo. Movimiento que tuvo una difusión internacional como hasta entonces no la había habido para ninguno de ellos y que en la Argentina repercutió de forma inmediata si se tiene en cuenta la publicación de la novela, hoy canónica y a la que se considera como la del cierre de la gauchesca, Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, de 1926, terminada entre Mallorca y París en esos años, plena de marcas de su adhesión a aquél. Movimiento que, asimismo, desde entonces ha tenido y tiene una presencia indubitable en muchos de nuestros mayores creadores contemporáneos, tales como Enrique Molina, Federico Madariaga, Alejandra Pizarnik, Juan Gelman y el propio Julio Cortázar, sobre cuyo “capítulo surrealista” no voy a extenderme en este prólogo, pero que aseguro crece sin cesar a medida que se analizan su obra y sus gestos. Casi inmediatamente después de la aparición, se difundió aquí el Manifiesto de los surrealistas de 1924 y los textos personales de sus cultores y militantes, y se prolongaron los itinerarios del movimiento, en la pintura con Raquel Forner y Antonio Berni, entre otros, y en la literatura con revistas y textos hasta bien pasados los ’60.

La misma repercusión se produjo años después en los contactos muchas veces premonitorios que tuvimos con el más importante movimiento colectivo de renovación de la narrativa occidental en el siglo XX, el Nouveau roman (Nueva novela), denominado también Objetivismo o Escuela de la Mirada. En efecto, el Nouveau roman, comodidad nominal que designa a un grupo de escritores disímiles (entre los que se cuentan Michel Butor, Marguerite Duras, Robert Pinget, Alain RobbeGrillet, Nathalie Sarraute, Claude Simon y otros), aunque unidos por la voluntad común de cuestionar los parámetros del realismo, nace como tal del bautismo impartido por Emile Henriot, quien por primera vez utilizó la expresión “nueva novela” para referirse al grupo en 1957, en su crónica del diario Le Monde sobre La jalousie (La celosía), de Alain Robbe-Grillet (1957), y Tropismes (Tropismos), de Nathalie Sarraute (1957).

Parecería, sin embargo, inconsistente pensar que hacia 1955, que es cuando empieza a ser conocido el Nouveau roman en estas tierras, las literaturas latinoamericana y argentina no estén ya y por su propia cuenta poniendo seriamente en duda los modos de representación realista en la narrativa. Los trabajos de Macedonio Fernández datan de décadas antes; Jorge Luis Borges fue, casi irrefutablemente, el primer lector hispanoamericano del Ulises y, como bien consta, el primer traductor al español de sus últimas páginas y, mucho más allá de ello, debe de haber resultado casi imposible para los escritores franceses que fueron sus contemporáneos ignorar la obra cuentística, las concepciones del libro y de la literatura, la visión antirrealista, la construcción del personaje o el procedimiento de relato borgianos (advertidos, por otra parte, en tempranos trabajos de un Maurice Blanchot, de un Pierre Macherey).

Además de la valiosa presencia de la poesía de Vicente Huidobro, de César Vallejo, del primer Neruda, y de toda la remoción de las vanguardias estéticas y literarias, desde México al Río de la Plata, hacia los ’50 estaban elaborando y hasta publicando sus obras Juan Rulfo (El llano en llamas es de 1953 y Pedro Páramo de 1955), Juan Carlos Onetti (La vida breve es de 1950), Antonio Di Benedetto (Zama es de 1956). Es por ello que me refiero preferentemente a relaciones, es decir, a coincidencias o a convergencias y no a influencias, concepto antiguo y fuera de lugar literario y estético, más aún para quienes leyeron en Jorge Luis Borges, en su célebre trabajo sobre Kafka, que un gran escritor crea siempre a sus precursores. De todas formas, los vínculos a los que aludo pueden encontrarse en textos de Alberto Vanasco (Sin embargo Juan vivía), de Antonio Di Benedetto (especialmente, Zama), de Juan José Saer y del uruguayo Juan Carlos Onetti, algunas de cuyas narraciones, vinculadas de modo muy estrecho con Buenos Aires o escritas directamente aquí, experimentan, avanzan o pergeñan lo novedoso de “la nueva novela”. Sin olvidar las reflexiones, sí que anticipatorias, de Macedonio Fernández, en los fragmentos de los años veinte que darían origen al texto póstumamente armado y editado por su hijo Adolfo de Obieta, Museo de la Novela de la Eterna. Todos ellos, y todo ello, hecho con la particularidad que es tan característica y esencial de América latina desde su fundación misma: la de recibir de otros lugares movimientos, escuelas, estilos, modalidades, y macerarlos, trabajarlos, reelaborarlos en nuestros territorios y nuestras cabezas y nuestras prácticas estéticas y culturales, y volver a darlos al mundo con esa vivaz originalidad que nos es propia.

Por supuesto que hay y ha habido todo tipo de vínculos científicos, pedagógicos, estéticos, culturales en sentido general, muy valiosos y muy estimables: la llegada de buena parte de la teoría del marxismo durante el siglo XX no pudo sino venir o pasar por Francia, y resultaría casi obvio mencionar los ecos argentinos del existencialismo sartreano, de las lecciones de Jacques Lacan, de Edgar Morin, de Paul Ricoeur, de Jacques Derrida, así como, tan estrechamente ligado al de la literatura, el campo de los estudios críticos, el estructuralismo, las cátedras francesas, la lingüística de Emile Benveniste y la de Oswald Ducrot, la crítica literaria y teórica de Roland Barthes, la revista Communications creada en el otoño de 1961, los trabajos del grupo Tel Quel, nacido en el ’68 a la vera del Mayo francés.

Claro que nosotros, aquí, desde la literatura argentina, podemos señalar agradecidamente lo que recogimos de la francesa, sin sustituir a sus escritores para hablar de un beneficio mutuo, pero en esta Antología hay suficientes demostraciones de una conveniente reciprocidad en los intercambios y en las adquisiciones, y me parece que los textos aquí seleccionados dan buena cuenta de ellos, así como de lo que bien podríamos llamar “el viaje inverso”: Antonin Artaud, René Char, André Breton, Valéry Larbaud, Roger Caillois, Alain Robbe-Grillet, Jean-Marie Gustave Le Clézio... Entiendo, en suma, que estos que comento han sido los contactos fundamentales en materia literaria y los subrayo entre los demás. No solamente para historiarlos y dejar constancia de ellos sino también con el deseo y la intención de que se profundicen, se continúen y se acrecienten en el tiempo.

* Escritor.

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