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Jueves, 8 de octubre de 2015

CINE › TAXI, DEL IRANí JAFAR PANAHI, PROHIBIDO EN SU PAíS Y GANADOR DEL OSO DE ORO DE LA BERLINALE

Cuando la censura estimula la creatividad

Condenado a veinte años de inactividad, el director de El círculo sin embargo sigue filmando y se vuelve cada vez más original. “De pronto, me entregan un DVD y me dicen ‘esto es lo último que hizo tu padre’...”, cuenta su hija, exiliada en París.

 Por Horacio Bernades

Jafar Panahi filma porque lo necesita. Cuanto más presionado se siente, más lo necesita. Y más filma. Aunque esté prohibido. Desde que en 2010 el gobierno de la República Islámica de Irán le vetó hacerlo por veinte años (el realizador tiene 55), Panahi lleva rodadas tres películas en un lustro. Todas ellas referidas, de un modo u otro, al estado de prisión domiciliaria en el que vive, producto de una condena del régimen de los ayatolás, que lo acusó como participante de una presunta conspiración política. “Nada puede impedirme filmar”, advirtió a comienzos de año el realizador de Esto no es un film (2011), cuando el Festival de Berlín eligió a su película más reciente, Taxi, para participar de la competencia oficial de su 65ª edición. Algo que ya había sucedido con la inmediatamente anterior, Pardé, conocida también como Cortina cerrada (2013). “Cuando me acorralan me conecto conmigo mismo, y en esos espacios privados, contra todas las limitaciones, la necesidad de crear se vuelve acuciante”, remató, en lo que podría interpretarse como mensaje elíptico a sus censores, el realizador iraní de mayor proyección internacional de los últimos años (mayor que la de su amigo y mentor Abbas Kiarostami, de hecho).

Panahi no fue el único que hizo declaraciones, cuando se supo que Taxi sería parte de la competencia oficial de Berlín. El ayatolá Ayyubi, director del organismo oficial que rige el cine iraní, envió una carta a Dieter Kosslick, director del festival. Allí decía: “Lamento que usen la película de un cineasta que de acuerdo a las leyes de mi país tiene prohibido filmar (aunque continúa haciéndolo) y que intenten subir a todos al taxi de nuevos malentendidos en contra del pueblo iraní”. No fue esa la única metáfora a la que recurrió el funcionario: “A pesar de todo lo que se ha dicho en ese festival, el realizador de Taxi se halla en el carril de alta velocidad de su vida (sic), disfrutando de todos los beneficios de su libertad”.

O sea que según Ayubbi, Panahi tiene prohibido filmar, pero disfruta de su libertad. En verdad, el régimen chiita podría aumentar el castigo y trasladarlo a prisión, por desobediente. ¿Por qué no lo hacen? Para no ganarse un problema internacional, ahora que el gobierno de los Estados Unidos corrió el Eje del Mal. No sólo no hay película de Panahi que no compita en la sacra trinidad laica de festivales cinematográficos –Cannes, Berlín, Venecia–, sino que suelen salir de allí con un premio. Premios que últimamente él no puede recibir en mano, ya que la retención de su pasaporte le impide viajar. El realizador obtuvo, hasta la fecha, dos Osos en Berlín –el de Plata por Pardé y el de Oro por Taxi–, un León de Oro en Venecia (por El círculo, 2000), una Cámara de Oro en Cannes (por su ópera prima, El globo blanco, 1995) y el premio mayor de la sección Un Certain Regard en ese mismo festival, por Crimson Gold (2003). Le falta sólo la Palma para completar la tripleta de oro que muy escasos cineastas pueden ostentar. Ese es el poder que le permite pulsear mano a mano con los ayatolás.

El poder simbólico de Panahi se vio magnificado cinco años atrás, cuando la condena a prisión domiciliaria y prohibición de filmar fueron contestados por una ola internacional de protestas, desde Frédérick Mitterand, ministro de Cultura francés por ese entonces, hasta Spielberg, Scorsese, Oliver Stone y centenares de funcionarios, programadores de festivales, cinematecas y críticos de cine. Incluyendo el Festival de Mar del Plata, donde a metros de los lobos marinos se tendió una pancarta que reclamaba la libertad del realizador. ¿Por qué lo condenaron, a todo esto? Por intentar filmar un documental sobre las protestas callejeras en su país tras las discutidas elecciones de 2009. Panahi fue detenido en julio de ese año, liberado más tarde (pero ya con el veto para salir del país), vuelto a arrestar junto a su esposa e hija en la cárcel de Evin (famosa por ser el destino de numerosos presos políticos) y liberado tres meses más tarde, tras una huelga de hambre.

Durante su encierro y haciendo gala de esa obstinación contra viento y marea que le permite desafiar a los representantes de Alá sobre la tierra (obstinación que comparten los personajes de sus películas, desde las niñas de El globo blanco y El espejo hasta él mismo en las tres últimas), el 18 de mayo de 2009 Panahi logró difundir una carta en la que denunciaba malos tratos. “El sábado 15 de mayo los guardias de la prisión entraron de repente en nuestra celda, nos sacaron a mí y mis compañeros, nos hicieron desnudarnos y nos tuvieron en el frío durante una hora y media”. Por ese motivo inició su huelga de hambre. Con su película-desafío Esto no es un film, donde violaba abiertamente la prohibición de filmar, Panahi inició una práctica que suena a film de espionaje. En abril de 2011 hizo llegar una copia de la película a Cannes, oculta en un pendrive que pasó secretamente todas las aduanas. “Eso de que lo mandó adentro de una torta no es verdad”, se ríe Pooya Abbasian, joven videasta iraní radicado en París, que posproduce sus películas desde allí.

“De Pardé me llegó una versión no definitiva, que había que remontar”, recuerda Abbasian. “El problema es que las conexiones por Internet son malas en Irán, por lo cual no podía trabajar con él por Skype, YouTube o Vimeo. Tuvimos que hacerlo por teléfono: yo le describía qué era lo que me parecía que había que cortar y qué dejar, y él me daba el OK a ciegas. De hecho, ni siquiera vio la versión que mandamos a la Berlinale”. No sólo Panahi es sometido a persecución por parte del gobierno de su país. Varios de sus colaboradores en Esto no es un film y Pardé también la sufrieron, por lo cual en Taxi se optó por no incluir sus nombres en los créditos. Nadie sabe quién la montó, quién la sonorizó, y así con todos los rubros técnicos. Sólo se sabe que se trata de gente joven.

Panahi no le cuenta de sus proyectos ni a su hija, exiliada en París. “De pronto, un día viene alguien, me entrega un DVD y me dice ‘esto es lo último que filmó tu padre’...”, cuenta Solmaz Panahi. Desde ya que sus películas no pueden verse en Irán. No oficialmente, al menos. Como en todo régimen prohibicionista, la circulación de material clandestino es prolífica. La propia Taxi lo testimonia con el personaje del vendedor de devedés piratas, que sube al auto manejado por el director. La película debió filmarse a las apuradas, para evitar que corriera el rumor de que el condenado andaba suelto y lo mandaran a prisión. En quince días estaba filmada, montada y enviada al exterior. Para no llamar la atención no se podían usar luces artificiales. En su remplazo el realizador hizo levantar el techo del auto para poder usar la luz natural, “poniéndolo” de nuevo en la copia final mediante un efecto digital. Para ganar tiempo montaba de noche lo que filmaba de día.

El problema del gobierno iraní es que Taxi ganó uno de los premios mayores del mundo del cine, con lo cual en cuestión de segundos la noticia había corrido de una punta a otra del globo. Tal vez algo apichonado ante el Oso de Oro, un vocero del Ministerio de Cultura recurrió a la vieja y querida teoría conspirativa, acusando al Festival de Berlín de estar en contra de la República Islámica de Irán desde siempre. Enseguida llamó “a todos quienes por razones variadas enfrentan obstáculos en sus actividades artísticas, a no convertirse en títeres de los enemigos del régimen, no permitiendo falsos elogios que apuntan a desmerecer la originalidad cultural y religiosa de nuestro país”. No se le movió ni un pelo de la barba cuando dijo que “esperamos que esos artistas, en lugar de llevar sus obras al extranjero, se comprometan libremente con sus actividades artísticas en el país”. ¿Libremente? ¿En el país? “Muestro mis películas en el extranjero porque en mi país no me permiten hacerlo”, respondió sencillamente Panahi, volviendo a ganarles la pulseada a sus carceleros.

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“Cuando me acorralan, me conecto conmigo mismo y la necesidad de crear se vuelve más acuciante”, declaró Jafar Panahi desde Teherán.
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