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Domingo, 15 de mayo de 2016

CULTURA

Infinitos antecedentes

La idea de bocetar paisajes es tan vieja como el arte. Viajeros de la estirpe de Wenceslaus Hollar (siglo XVII) reflejaron lo que veían en sus travesías; y luego Goya no se quedó atrás. En Oriente, el arte chino y el zen japonés dieron cobijo a incontables obras maestras. Más tarde, impulsado por las borrascas románticas, el francés Eugene Delacroix (1798-1863) viajó por África y registró en sus cuadernos toda una serie de impresiones a vuelo de pluma, fascinado ante el exotismo. En cambio Gustave Doré (1832-1883) se abocó a un trabajo de largo aliento para contar las maravillas y miserias que tenían lugar en la Londres de la Revolución Industrial. El mismísimo Van Gogh era un bocetero experimentado, en tanto que en Rusia, los Peredvizhniki (“Vagabundos”) dirigieron su sensibilidad hacia realidades que el arte académico ignoraba.

En el siglo XX esta diversidad se acentuó. Una de las corrientes fundamentales es la que rescató al dibujo como recurso para la crónica periodística, à la Joe Sacco. Otro eslabón, ciertamente subestimado hasta hace poco, es el del boceto popular. Por la economía de recursos y la actitud abierta, Urban Sketchers parece invitar a que los habitantes de las ciudades se integren a esta práctica de modo masivo. En ciudades como Barcelona, hasta se está gestando un circuito específico de “turismo de bocetos”, con excursiones a pie por las callecitas del Barrio Gótico y reuniones en los bares, donde profesionales, amateurs y curiosos se alcoholizan con similar destreza.

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