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Jueves, 5 de octubre de 2006

LITERATURA › OPINION

Los inconvenientes del Efecto Rowling

 Por Rodrigo Fresán

Está visto que –en tiempos de Harry Potter– la noticia de una continuación “oficial” y “autorizada” del Peter Pan del escocés James Matthew Barrie (1860-1837) es asunto importante. Las pruebas están a la vista: búsqueda planetaria del candidato a asumir el gran reto (que, era de esperarlo, sería mujer; porque lo que convenía era conseguir un “Efecto Rowling”), más que sospechosa filtración a la prensa para avivar días antes del magno evento las llamas de la expectativa y lanzamiento mundial por todo lo alto y ancho. Desde un punto de vista estrictamente literario, la cosa no resulta tan trascendente: para empezar, el mismo y original Peter Pan tal como lo conocemos –primero obra de teatro en 1904 y recién novela en 1911– ya era, en sí, una suerte de continuación. Porque el personaje del niño volador que no quería crecer ya había aparecido como secundario en The Little White Bird, la muy inquietante y magistral novela de la que –a pedido de público y editores, luego del gran éxito obtenido en el teatro– se habían extraído los capítulos protagonizados por Peter Pan para convertirse en best-seller con el título de Peter Pan in Kensington Gardens. Más adelante, el mismo Barrie –vencido y atormentado por sucesivas tragedias, imposible de descoserse la sombra de su creación persiguiéndolo como la criatura a Frankenstein– jugueteó con la idea de una secuela y/o exorcismo. En sus cuadernos de notas aparecen varios apuntes reveladores en cuanto a una posible Michael Pan (que contaría la historia del hermano de Peter) o a una La vejez de Peter Pan. Una nota en un margen deja bien claro la intensidad de su sufrimiento y, demasiado tarde, la dolorosa conciencia de su error: “Es como si, tanto tiempo después de haber escrito Peter Pan, su verdadero significado por fin me resultara claro, transparente: la desesperación de intentar crecer y de no conseguirlo jamás”, confiesa Barrie. Y cabe pensar que a Barrie no le habría gustado el Peter Pan de Steven Spielberg/Robin Williams y que seguramente le produciría un orgulloso desconcierto el que el sex-symbol Johnny Depp hubiera interpretado su gran genio y su pequeña figura en el cine.

No se puede estar tan seguro, en cambio, de su opinión en cuanto a este muy promocionado Peter Pan de rojo escarlata firmado por la muy reconocida Geraldine McCaughrean. Las intenciones son buenas (es muy respetuosa de la fuente), aunque las motivaciones sean económicas: se trata de un encargo del hospital infantil de la londinense Great Ormond Street que perderá los derechos a la explotación total de la marca en el 2007, aunque seguirá percibiendo los royalties del libro que Barrie le dejó como legado con una única condición. Barrie –como hechicero de cuento de hadas– le hizo prometer a las autoridades del hospital que jamás revelarían las cifras del dinero recibido gracias a las idas y vueltas voladoras de Peter. Nadie duda que ha sido un dinero más que respetable. La idea es que esta segunda parte –50 por ciento de las ganancias para la autora y 50 por ciento para el hospital– ayude a paliar la inevitable disminución de ingresos. Y lo cierto es que el producto final es todo lo noble que podía y puede llegar a serlo aunque, a la hora de la verdad, resulte del todo innecesario. Porque si hay algo que Peter Pan no pide –y esto queda en evidencia en Peter Pan de rojo escarlata– es una continuación. Todo, absolutamente todo, ya está ahí, en el principio, desde hace tanto tiempo, en las playas del País de Nunca Jamás. Peter Pan no empieza ni termina. Su trama es un loop donde se reedita, una y otra vez, el eterno duelo entre el orden adulto (Garfio) y la anarquía infantil (Peter).

Y, entre uno y otro, nosotros. Por siempre indecisos. Preguntándonos si el héroe es tan bueno y el villano es tan malo.

Y si crecer es morir o –quizá, en realidad– vivir un poco.

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