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Viernes, 19 de enero de 2007

Reflexiones para un debate abierto

- José Pablo Feinmann: “Moreno quiere ser jacobino, pero no tiene el actor social: una burguesía revolucionaria. No la tiene, no tiene pueblo. Tiene un plan, pero no tiene un pueblo. Saavedra convoca a la adhesión popular, pero no tiene un plan (...) Lo que quería Moreno era cambiar la globalización española, la pertenencia al imperio español, por los buques británicos que habían cañoneado festejando la revolución. Habían festejado la Revolución de Mayo, el 25 de mayo, con salvas de cañonazos. Entonces, se trata de cambiar la hegemonía española por la hegemonía británica. A esto yo no lo puedo llamar revolución. No puedo llamar revolucionario a un hombre como Moreno, que pensaba entregar la isla Martín García a Inglaterra. Yo creo que el enfoque más razonable no es llevar a hacer de Moreno un revolucionario sino un político lúcido que quería cambiar España por Inglaterra. Lo cual era progresivo en ese momento, muy progresivo, porque Inglaterra estaba representando la línea del progreso capitalista”.

- Carlos Altamirano: “Hacia los años ’30, y los ’40, el progreso era la afirmación de la lucha contra la reacción, encarnada por el orden conservador que buscaba preservarse a sí mismo contra las innovaciones. Para dar un ejemplo mucho más reciente y doméstico, cuando Carlos Menem dice que él abre la posibilidad de cambio contra los que se quedaron en el ’45, habla en nombre del progreso, habla en nombre del cambio y la renovación. Y cuando hoy el sindicalista Hugo Moyano reclama la devolución de los derechos laborales perdidos en los ’90, no lo hace porque sea un conservador o con espíritu conservador. Eso quiere decir que dilucidar qué es progresista y qué es conservador no es un dato obvio, como hubiera podido ser para quienes se definían en estos términos en 1880”.

- Luis Alberto Romero: “En primer lugar, hay que decir que en los estallidos y los golpes es sorprendente la cantidad de progresistas que acompañan esos procesos convencidos. Pero eso vale para el primer mes, después ya la historia va por otro lado. Lo cierto es que siempre las revoluciones tienen mucho consenso, porque aglutinan disconformidades de distinto tipo. (...) Es muy probable que en 1930 se pensara en una movilización básicamente cívica con militares que no son los que vinieron después sino todavía militares liberales que corrigieran las instituciones. Quiero mencionar algo muy cercano: mi tío Francisco, un eminente filósofo, era oficial del Ejército en los años ’30. Era muy amigo del general Mosconi –prácticamente se formó junto a él, ya que era ingeniero–, y en septiembre de 1930 comandaba la Escuela de Comunicaciones. Mi tío era liberal y socialista, diríamos un socialista no marxista. Era una persona claramente progresista, como lo demostró el resto de su vida. Y la Escuela de Comunicaciones es el único Cuerpo que marcha junto con el Liceo Militar en la revolución del 6 de septiembre. Entonces, cuando yo supe eso me di cuenta de que tenía que pensar las cosas de un modo distinto: no fue solamente el general filoalemán como era Uriburu, sino que había un estado de opinión antiyrigoyenista que cubría un amplio espacio de opinión y que esperaba de la revolución del ’30 otras cosas. De hecho, mi tío se retiró como militar a fines del ’30 porque tuvo una pelea fenomenal con el general Justo. Pero, eso fue en diciembre. En septiembre todavía pensaba que se debía hacer un golpe para reconstituir instituciones. Su idea era: ‘Hay algo que rectificar en esto que ha hecho la Ley Sáenz Peña’”.

- Felipe Pigna: “¿Qué hago con el poder? Tengo una capacidad muy grande para la destrucción, y una dificultad enorme para la construcción, que creo que tiene que ver con dificultades de la práctica política de los últimos años. Me parece que ése es un problema que a uno le cuesta mucho decirlo porque te tildan de reaccionario. Pero es el gran debate de la izquierda. Yo por supuesto me considero de izquierda y me duele lo que estoy diciendo, y aspiro a otra cosa. Milité mucho tiempo en el sindicalismo docente y observaba esta práctica destructiva de romper las asambleas, de plantear chicanas, de elegir, cuando se logra algo, la destrucción antes que la consolidación. El aislarse por problemas que son menores y por actitudes dogmáticas absolutamente absurdas. (...) Muchachos, acá no hay alternativa de integrarse o no al sistema. Sencillamente, no existe un no integrarse, porque ahora hasta el piquetero más desplazado está integrado al sistema, por la vía de reclamarle un Plan Trabajar, subsidios, o lo que sea. Por eso parece tan sin sentido escuchar en boca de ciertos jóvenes discursos que, por ejemplo, se enojan con Kirchner porque vino Bush a Argentina. ¿Y qué querían que hiciera nuestro presidente? O aquello de ‘No a la deuda’. O la consigna, que uno puede compartir en el deseo pero que es irrealizable, del sueldo mínimo de mil pesos. Bueno, cuando estudié la Revolución Rusa recuerdo que Trotsky decía que los partidos son proporcionalmente revolucionarios en sus promesas a la lejanía o cercanía que mantienen del poder. Si vos estás lejos del poder, entonces podés proclamar lo que se te ocurra. Pero, si planteás seriamente gobernar, estás obligado a comprender la realidad para poder influir en ella. Ese, me parece, es el verdadero dilema de los progresistas: no abandonar los sueños de justicia y dignidad del hombre. Pero, a la vez, pensar seriamente en la forma de alcanzarlos”.

- Atilio Boron: “Creo que Kirchner, en algunos temas, es un personaje que para la izquierda gratifica algunas de sus expectativas. Tiene algunos gestos, algunos desplantes hacia los capitalistas que lo hacen simpático ante los ojos de la izquierda. El hecho de que en un momento haya viajado a Francia y se haya negado a recibir a las empresas francesas que tenían el control de un conjunto de empresas privatizadas en Argentina, o que haya sido Fidel Castro el primer jefe de Estado al que recibió cuando asumió, postergando a los representantes de Estados Unidos (no importa que hoy ese vínculo se haya debilitado). En fin, hay una serie de gestos muy importantes, por ejemplo, una política de defensa de los derechos humanos muy activa, que hacen que Kirchner aparezca bajo una luz muy atractiva para amplios sectores de la izquierda”.

Fragmentos de El progresismo argentino. Historia y actualidad (Capital Intelectual).

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