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Lunes, 9 de julio de 2007

OPINION

Los intereses de la filosofía

 Por Horacio Gonzalez

¿Cómo se presenta realmente la filosofía? Si fueran solamente textos y no instituciones, no deberíamos preocuparnos sobre qué tipo de sociedad era la Grecia de Aristóteles, la Prusia de Kant o la Argentina de Alberdi. Es larga la tradición según la cual se nos dice que para filosofar hay que averiguar las condiciones en que se lo hace. ¿Oculta algo la filosofía? En la Argentina, no digamos las tradiciones marxistas, sino las nacionales populares –influidas por las primeras en Hernández Arregui e incluso en Jauretche–, postularon que ciertos escritos filosóficos manieristas y abstractos solamente se podían descifrar si se los consideraba como parte de una economía agropecuaria que no osaban criticar; como parte de una civilización agrícola-ganadera impotente para pensar su independencia y que enviaba a sus intelectuales hacia la espiritualidad más estetizante e insensible. ¿Cuándo la filosofía es realmente independiente? Nunca fue descabellado afirmar que muchos filósofos del Estado –el nombre de Hegel se impone aquí como un furioso chicotazo–, podrían verse como ocultos promotores de una autonomía radical de la conciencia. Sin estudiar esta paradoja no sabemos filosofía. Hasta el tan vapuleado Heidegger –nombre que es el verdadero vía crucis de la filosofía contemporánea– puede verse por su reverso autonomista, si es que consideramos su odioso compromiso nacionalsocialista como un infecundo momento de captura de su verdadero lenguaje interior, de cuño libertario.

Cuando la filosofía se presenta bajo forma académica, no suele buscar estos pliegues internos de todo lenguaje, de toda acción. Reconozcámoslo: la Universidad no suele “leer a contrapelo”. Como el peor Hegel, se expulsa la ironía del pensamiento. Pero si apenas dijéramos que la filosofía (o lo que se nos presenta en sustitución, pues nunca sabemos cuándo estamos de verdad en ella) hay que juzgarla por una cadena de implícitos intereses que la esgrimen como fachada (las grandes corporaciones, los Estados, los medios de comunicación, las petroleras privadas, etc.), no destinaríamos a esos lenguajes milenarios más esfuerzos que un catecismo desmitificador, las más de las veces rutinarios y autocomplacientes. Un congreso de filosofía –pongamos por caso éste de San Juan–, debería dedicarse precisamente al examen de este debate sobre el conjunto de los “intereses” (incluso los “intereses desinteresados”) que golpean la ciudadela del filósofo.

Repasemos: los subsidios académicos (con sus oscuras disputas y absurdas categorizaciones); los medios de comunicación (con su etérea y simbólica construcción de cerrojos lingüísticos); los Estados (con sus tenazas donde no se entra ni se sale indemne, como en el caso de Carlos Astrada, el drama intelectual y filosófico más importante de la historia argentina); los simposios realmente interesantes donde podrán esgrimirse un Swedenborg, un Spinoza o un Derrida, pero en ciertas ocasiones avalados por sponsoratos de petroleras o de telefónicas. Sinceremos, compañeros, sinceremos. No es fácil atreverse a cuestionar el poder de los medios, porque ellos escriben con elementos más fuertes que los que imaginaron los más viejos retóricos de la antigüedad. Frente a ellos, los Estados, con sus rechinantes ruedas de cremallera, son a veces entidades ridículas, oxidadas. Poseen represión y capacidad espuria, pero tienen más fragilidad que los diagramas imaginarios de los medios de comunicación, a los que concurrimos muchas veces para someternos a un espolvoreo de cutis y al examen suavemente denigrante del locutor de turno.

La filosofía, para transformar el mundo, debe interpretar estas situaciones y condiciones en todos sus aspectos. Debe enfrentar toda coacción. Pero sin disolverse como la lengua filosófica del gran legado. ¿Qué sería una lengua filosófica? Operemos por sustracción. La lengua filosófica es lo que hay que restar de un probable chantismo en la heredada expresión academicista; lo que hay que restar de un demasiadas veces seguro reduccionismo en la expresión politizante; lo que hay que restar de una alisada literalidad en la necesaria denuncia de los “intereses” y lo que hay que restar de hipocresía en la denuncia hacia los “políticos desprestigiados” por parte de los “prestigiados columnistas de televisión”. El tema verdadero de un congreso de filosofía –pongamos ahora éste, el de San Juan–, donde convocan “universidades”, “bibliotecas” y ¡ay! “casas de gobierno”, es uno solo: indagar sobre sí mismo para poder hablar de las circunstancias históricas que, como siempre, nos abruman.

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