futuro

Sábado, 22 de marzo de 2003

¿Por qué es... ?

“El macho de algunas arañas y mantis es devorado rutinariamente por su compañera exactamente después de (o incluso durante) la cópula. (Sin embargo) La lógica evolutiva del macho araña es impecable y sólo resulta estrambótica a nuestros ojos debido a que otros aspectos de la biología humana hacen del canibalismo sexual una desventaja.”
¿Por qué es divertido el sexo?,
Jared Diamond,
Editorial Debate, 1999, Madrid.

Por Martin De Ambrosio

Probablemente la cuestión sexual sea uno de los temas que más llama la atención y más curiosidad despierta en el ser humano. Sucede que es, en el fondo, una pregunta por la propia condición humana; y como toda esa clase de preguntas fundamentales nos lleva a tratar de advertir si es que nos diferenciamos tajantemente de los animales o si seguimos conservando el mismo tipo de limitaciones e interdicciones con que nos agració la naturaleza. El sexo (tratado evolutivamente, fisiológicamente y con la perspectiva psicológica de género) fue entonces el tema central del Café Científico número 19, primero del tercer año consecutivo del ciclo que organiza el Planetario Galileo Galilei en la Casona del Teatro, los terceros martes de cada mes. En realidad, por momentos, el tema sexual sirvió casi como una excusa para especificar qué queda de esa animalidad en el hombre a la que se refiere Jared Diamond (en otras palabras: qué de nuestra condición biológica ciertamente palpable en nuestras rutinarias necesidades de comida, oxígeno, etc. condiciona nuestro comportamiento) y qué parte de nosotros es autoconstrucción (las sociedades humanas determinadas histórica y culturalmente).
Y quienes se encargaron de puntualizar las perspectivas fueron el doctor Francisco Argañaraz, especializado en sexología clínica (Universidad Nacional del Tucumán, que ejerce en el hospital público San Martín en La Plata), Irene Meler, psicoanalista (directora del Programa de Actualización en Psicoanálisis y Género, y coordinadora docente del Programa de Estudios de Género y Subjetividad) y Fabián Gabelli (biólogo que trabaja en el Laboratorio de Biología del Comportamiento, Conicet, y profesor adjunto de la cátedra “Biología del comportamiento”, Facultad de Psicología de la UBA). El próximo Café Científico será el 15 de abril y el tema será “La muerte del Universo”.

El sexo de Darwin
Fabián Gabelli: El sexo en humanos puede estudiarse desde numerosos puntos de vista. Lo que voy a hacer es utilizar un marco teórico muy particular, que es el de la teoría evolutiva, para ver si podemos entender cómo funciona nuestra mente al momento de buscar pareja. La idea de la psicología evolucionista es aplicar el mecanismo de selección natural propuesto por Darwin para entender cómo evolucionó nuestra mente, según contexto y necesidad. Porque uno tiende a hacer una diferenciación muy marcada entre el hombre y el resto de los animales pero no hay razón para tan tajante distinción.
Es que si bien está claro que en algún punto somos inusuales, no somos menos inusuales que los elefantes o los vampiros. Y cuando uno intenta descubrir cuáles son las adaptaciones evolutivas en el comportamiento de elefantes y vampiros utiliza las mismas herramientas evolutivas que para los humanos. La idea central es que nuestros cerebros –por lo menos desde hace unos 300.000 años– evolucionaron para resolver, entre otros, el problema de la reproducción, que es el más importante: un animal puede encontrar refugio, comida, agua, pero si no se reproduce todas las características se pierden. Para entender las estrategias reproductivas hay que entender cómo evolucionaron todos los procesos psíquicos que hacen que tengamos preferencias particulares, sesgos perceptivos, y en definitiva que pensemos la búsqueda de la pareja tal como lo hacemos. Y para eso tenemos que pensar en los problemas adaptativos con los que se encontraron los humanos hace 300.000 años. Y no hay que equivocarse: la vida tecnológica moderna tiene poca historia para atrás, pero nuestra mente tiene por lo menos 300.000 años. Entonces, durante el grueso de la historia nuestro grupo tuvo que resolver los problemas de pareja en un ambiente distinto del actual. Tenemos la gran virtud de tener un repertorio de comportamientos altísimo, pero hay sesgos que siguen de manera permanente.
Un punto central es que si bien los sujetos tienden de manera individual a dejar la mayor cantidad de descendientes posibles, es notable que las herramientas que tienen machos y hembras en general para resolver ese problema específico sean sumamente diferentes. Se trata del llamado “efecto Bateman”: las herramientas que tienen unos y otros para resolver el problema de la reproducción son totalmente diferentes; los machos tienen una cantidad ilimitada de gametas y las hembras una cantidad escasa. Un hombre en una eyaculación puede dispersar 60 x 10 7 (un número de nueve dígitos) espermatozoides. La mujer, en tanto, tiene unos cientos de gametas funcionales, de las cuales muy pocas pueden hacer “funcionar” en toda su vida por el tema de “inversión parental”, es decir, asumir el período de preñez, el tiempo de lactancia.
Como consecuencia de esto, el hombre genera muchas gametas económicas; y las de las mujeres son muy caras, muy costosas. Ese es el centro del conflicto que existe entre hombres y mujeres, cuando hay que maximizar el éxito reproductivo (así opera la selección natural): mientras el hombre va a hacer el mayor uso posible de su gran cantidad de gametas consiguiendo la mayor cantidad de parejas posible, la mujer al tener muy pocas gametas tiene como estrategia cuidar sus gametas como oro. Este es el efecto Bateman. Y es lo que define los roles: mientras las mujeres son selectivas a la hora de elegir una pareja, los hombres compiten entre sí por conseguir la mayor cantidad de óvulos posible. Si uno piensa en esta estrategia general puede sacar una primera conclusión predictiva: los hombres procurarán un mayor número de parejas, lo cual además implica en sociedades monógamas la infidelidad. Esta “predicción” se comprobó en una serie de encuestas sobre comportamiento sexual humano de las que suele hacer la empresa de preservativos Durex: el hombre es más infiel.

Contra la interpretacion (biologica)
Irene Meler: Yo empezaría contándoles un cuento, un cuento oriental. En el desierto, un grupo de ciegos se encuentra con un camello. Uno de ellos le toca una pata y dice “el camello es largo y fibroso”; otro le toca la cola y dice “el camello es finito y flexible”; otro le toca la joroba y dice “pero no, si es blando como un almohadón”; el último le toca la boca y dice “el camello es baboso”. Esto es lo que ocurre con los relatos de las disciplinas que estudian al ser humano. Son relatos parciales, y los distintos expertos somos como ciegos que planteamos un pedacito y damos cuenta de una visión parcial. Ustedes hasta ahora escucharon la versión de Gabelli y la de Argañaraz (ver aparte), que es una versión más anclada en la biología y en la medicina. Mi percepción de la sexualidad deriva del psicoanálisis y las ciencias sociales; y más específicamente de los estudios multidisciplinarios sobre género. Entonces, yo les voy a trasmitir “otra ceguera” y en todo caso ustedes tendrán la libertad de hacerla jugar en sus mentes con los otros relatos parciales.
En primer lugar, yo desearía alertar contra la tendencia que tenemos a reducir el análisis de procesos que son complejos a sólo un nivel de análisis. Pero ninguno de estos análisis es suficiente para explicar los complejos procesos humanos, que son procesos que también deben entenderse desde la perspectiva de lo social y lo psíquico. Sin embargo, no somos ángeles: tenemos un cuerpo. Y por lo tanto podemos aceptar un cierto parentesco con los animales y recordarles que los animales no sólo copulan sino que tienen jerarquías; hay relaciones sexuales y hay relaciones de poder. Los seres humanos nos caracterizamos por lo que se ha llamado el “desarraigo evolutivo”; tenemos muy pocas conductas preformadas y casi todo lo tenemos que aprender. Hay por supuesto algunas disposiciones generales muy amplias que son comunes a la especie. Pero hay una enorme variabilidad, y nuestra pobreza instintiva se compensa con nuestra riqueza inventiva, con la capacidad casi ilimitada que tenemos para inventar respuestas para las cambiantes condiciones del entorno; y el entorno escogido por nosotros son las sociedades humanas, que van transformando constantemente la naturaleza a través de la tecnología y entre otros cambios. De modo que esta enorme variabilidad de conductas es lo que puede explicar con más claridad los comportamientos sexuales humanos. Y yo empezaría hablando de sexo, diciendo que el sexo es divertido –como indica el título de la charla– justamente porque los seres humanos somos animales inventores, porque nos apartamos de la rutina del instinto, y porque hemos inventado una serie de cosas, desde los corsés negros, hasta los portaligas, y toda la serie de inventos que hacen que el sexo sea variable, sea creativo. Pero, cuando uno dice que “el sexo es divertido” también debe preguntarse ¿para quién es divertido? Y vemos que no todo el mundo se divierte igual. Es decir, no siempre los partenaires de la relación sexual se divierten al unísono. Y esto no es sólo por una cuestión biológica o por falta de entrenamiento: es que existen relaciones de poder asimétricas entre hombres y mujeres.

La dimension politica del sexo
Meler (continúa): Yo no creo que los pobres varones sean esclavos de sus genes que los llevan a tratar de esparcir sus semillas para fecundar la mayor cantidad de mujeres posibles. Yo creo que esto es una burda racionalización del hecho de que los hombres tratan de ser infieles porque pueden, y pueden porque tienen mayor poder. Porque cuando las mujeres pueden, también aprecian un buen cuerpo. Por eso, y porque los varones tienden a exagerar y las mujeres a ser más cautas en sus comentarios sobre infidelidades propias, yo tomaría con más cautela las encuestas del compañero biólogo en cuanto al sesgo que puedan tener. Porque cuando un hombre diga que fue muy infiel, o diga que tuvo muchas amantes, réstenle el 50 por ciento, porque el imperativo del género dominante sigue siendo penetrar, gozar y triunfar. Y cuando sea una mujer quien hable, súmenle el 50 por ciento a las infidelidades confesadas. Aunque reconozco que existe una tendencia en las mujeres a ser más fieles, todavía.
Pero mi supuesto epistemológico que se basa en las relaciones de poder me indica que esto no es porque imperan los genes, sobre todo en un momento cultural e histórico en el que como especie estamos enfrentándonos al antiguo imperativo de reproducirnos. Las mujeres todavía son más selectivas y menos promiscuas, porque no pueden ser de otra forma, porque tienen menos poder social, porque ganan menos en sus trabajos, porque si el marido las sorprende y se divorcia, ellas tienen más posibilidades de ser pobres porque tienen un peor o ningún empleo; porque tal vez sean golpeadas. La mujer siempre corre más riesgos. Por eso lo piensan más, porque tienen menos poder. Entonces, las diferencias en la conducta sexual no se pueden explicar –solamente– por los genes, hay que explicarlas –también– por las diferencias de poder económico, por las herencias culturales que desprestigian la sexualidad de las mujeres y prestigian la de los varones, aun cuando fuese promiscua. Muchos de los discursos de la biología y la medicina son discursos sesgados por el poder. Un ejemplo: cuando se habla de la “supervivencia del más apto” se está justificando el sistema político liberal, que crea la exclusión, y legitimando que la riqueza esté en este momento en tan pocas manos. Si son los más aptos...

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