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Sábado, 6 de noviembre de 2004

NOVEDADES EN CIENCIA

NOVEDADES EN CIENCIA

CAIDA LIBRE

Discover Bastaron dos físicos (una experta en mecánica teórica y aplicada y un estudiante a punto de recibirse) para desenmarañar un problema que desde hace siglos no deja dormir a los hombres y mujeres de ciencia: por qué las cosas que son delgadas y planas –como una hoja de papel, por ejemplo– se elevan primero y planean luego mientras se precipitan al suelo. Jane Wang y Umberto Pensavento (de la Universidad de Cornell, Estados Unidos) abandonaron por un instante la teoría para calcular los movimientos de una hoja de papel . Y se llevaron algunas sorpresas: Wang cree que la subida y caída de básicamente cualquier cosa plana (como las llamadas “hojas de otoño” que acaban aterrizando muy lejos de su árbol, incluso en los días sin viento) está gobernada por el caos.
A través de técnicas de modelado por computadora, los investigadores calcularon cómo a medida que se aproxima al suelo el aire del ambiente se las arregla para arremolinarse alrededor de los bordes de las hojas, lo que hace que ondeen y den vueltas alocadamente. Y como el flujo cambia drásticamente alrededor de los bordes agudos del papel, la teoría aerodinámica clásica no sirve para predecir la trayectoria exacta de la caída del cuerpo.
Pero el análisis financiado por la fuerza aérea estadounidense: “La fuerza que hace el aire depende mucho del acoplamiento entre los movimientos de rotación y de traslación del objeto –explicó Wang–. Así, el efecto del ‘papel que cae’ es casi el doble de efectivo a la hora de frenar su descenso que el conocido `efecto paracaídas’, lo cual beneficia a los árboles y otras plantas que necesitan dispersar semillas hacia una cierta distancia desde el punto de origen”.
Pese a la conspicuidad de tales evidencias, aún hay quienes por los pasillos cargan en silencio a Wang y a Pensavento. Pero no les importa: el escocés James C. Maxwell también fue seducido por el problema del “papel que cae” y antes de darse cuenta terminó de atarle el moño a la teoría que enlazó de una vez por todas electricidad y magnetismo.

CAMINO AL OJO

Science Cuando escépticos y oscurantistas medievales (como el primer ministro italiano Silvio Berlusconi) quieren asestar un golpe de efecto contra Charles Darwin apuntan directamente hacia el talón de Aquiles evolucionista: los ojos. No es para menos: el mismo Darwin consideró alguna vez “absurda” la propuesta de que la compleja estructura ocular puede explicarse por medio de la evolución por mutación espontánea y selección natural, dejando sin explicar el desarrollo del sistema visual en el ser humano. Desde entonces, el problema quedó picando. Hasta ahora: un grupo de investigadores del Laboratorio Europeo de Biología Molecular acaba de presentar pruebas contundentes del origen evolutivo del ojo humano. La investigación no fue nada sencilla si se tiene en cuenta que las células fotosensitivas (o sea, sensibles a la luz) de los vertebrados y de los invertebrados son diferentes, lo cual llevó a algunos biólogos ha considerar la posibilidad de que el ojo surgiera en la evolución no una sino dos veces, una en cada tipo de animal. Según Detlev Arendt y Jochen Wittbrodt, el origen de los bastones y los conos del sistema ocular humano derivaría entonces de antiguas células fotosensitivas que estaban localizadas en el cerebro de un ancestro común de vertebrados e invertebrados
“No es tan sorprendente que las células del ojo procedan del cerebro. Todavía tenemos células fotosensitivas en nuestro cerebro que detectan la luz e influyen en nuestros ritmos diarios de actividad”, explicó Wittbrodt quien llegó a tal conclusión luego de analizar al enigmático Platynereis dumereili, un gusanito marino que apenas ha cambiado en 600 millones de años. “Sólo un proceso evolutivo posterior puede explicar cómo aquellas células fotosensitivas cerebrales terminaron yendo a parar a lo que hoy se conoce como ojo”, agregó. Que sean dos y no tres, cuatro o cien es otro problema.

 

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