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Viernes, 19 de marzo de 2004

RAMOS GENERALES

Soberanía, pero tampoco tanta

Si alguna vez en un rapto de ingenuidad terminaron ustedes creyendo en las profecías de Nostradamus, enterneciéndose (de cierta extraña, sádica, manera) ante las evidencias de cómo la decrepitud se ensaña despiadadamente con Su Santidad o confiando sin más en las posibilidades de contagio y multiplicación del pensamiento laico, tenemos algunas noticias. Han de haberse ya enterado de que, hace una semana, en Chile fue aprobada –después de diez años de negociaciones– finalmente la ley de divorcio, cuya sanción, gracias a alguna pirueta verbal que hubiera hecho empalidecer al más pintado de los sofistas, fue leída en más de una oportunidad como “una victoria” del gobierno de Lagos. Mientras que desde el espectro derechista chileno llegaron quejas airadas porque “fue muy poco lo que hizo la jerarquía de la Iglesia para impedir que se legislara sobre el divorcio” –sic de un diputado de Unión Demócrata Independiente– y los prelados se apenaron por los valores perdidos, un detalle nada menor –y que habilita dudas sobre cuán victorioso puede considerarse el gobierno chileno– se coló en el texto aprobado: el artículo 20 otorga validez legal al matrimonio religioso católico, ¡con lo cual se le adjudica el mismo estatuto que el asignado al matrimonio civil! Eso significa, desde ya, que en un país republicano, independiente y soberano viene a ser lo mismo lo que reconozca ese Estado que lo que asuma una religión más o menos antigua y ciertamente poderosa. Porque a eso íbamos: o Nostradamus se equivocó, el patetismo de ciertas imágenes engaña y eso de los Estados con voluntades más o menos independientes fue puro aspamento, o la reacción neoconservadora viene gozando de una excelente salud –inversamente proporcional a la que se supone ostenta uno de sus líderes espirituales, vaya casualidad–. El asunto es que en este mundo, como viene la mano, van quedando pocas opciones: o todo empieza a notarse como obscenamente notable e intrusivo, o volvemos a practicar el Mea Culpa (golpecitos al pecho, precisamente sobre el corazón, recitar: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”). Porque lo que es seguro es que no conviene ir a casarse a Chile.

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