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Viernes, 19 de marzo de 2004

TALK SHOW

un dios sin ateas

 Por Moira Soto

Estrella perenne sin ningún tipo de star system que la apuntale, que no da jamás una brizna de pasto a las fieras que se nutren de la intimidad (quienes, de todos modos, están siempre listas para violar la privacidad, aderezarla, teñirla de amarillo) y que prácticamente no necesita de la publicidad para que las entradas de sus espaciados shows se vendan con una celeridad casi misteriosa. Dios de una religión de mujeres, de generaciones de mujeres desde hace cuarenta años, que practican el culto en privado, oyendo sus discos, viendo sus películas, coleccionando objetos con su imagen hasta que –cuando por fin se realizan las presentaciones– llega la ansiada hora del rapto, del trasporte, del éxtasis, y entonces ellas, sus almas y sus corazones vueltos hacia su divinidad, se despojan de toda individualidad para fundirse enteramente con El. Porque, obviamente, las fans no se lo disputan a Sandro porque saben que es de todas, y es esta comunidad de sentimientos, este vínculo de unidad que produce en el templo –el Gran Rex, en este caso– lo que permite que todas las fieles de esta religión acepten de buen grado que una de ellas –la favorecida por el azar– suba al escenario y las represente, embebida de emoción al ser abrazada por su deidad.
Pero Sandro es un dios chacotón, seductor, divertido, que se toma el pelo, que se reconoce mortal (“Me fui, pero ya volví/ la muerte no me olió/ por el lecho me siguió”, entona al comenzar el espectáculo, aludiendo a la gravedad de la neumonía que lo atacó a fines del 2002); un dios que se permite convocar a la imponente Rita Cortese, más bella que nunca, que llega con su verdad puesta, gitana de ley que bien podría largarse a decir el Romancero gitano de Lorca. Pero no, estamos hablando de Sandro, un artista que ha ganado su permanencia gracias a su espléndida voz, a su emoción a flor de piel, a su indiscutible musicalidad. Y por cierto, él es muy dueño de poner un coro llamado Butterfly de muñequitas japonesas –de kimono y rodete, claro– para que canten Bésame mucho en japonés, de volver a actuar con el desenvuelto Matías Santoiani, de pedirle a la orquesta que interprete en el inicio Así hablaba Zaratustra, de llamar a un entusiasta cuerpo de baile todo terreno. Gustos que se da el astro, que tienen su sello genuino y forman parte de la liturgia que lo suele acompañar. A ninguna integrante de su grey se le ocurriría cuestionar algún componente del show, ni menos todavía aplicaría el adjetivo kitsch. La mística es así, entregada y confiada, incondicional, al margen de todo proceso intelectivo. Las funciones del fin de semana pasado, con ese renovado clima de fervor, regocijo, cariño que se vivió desde antes de empezar el show –en la calle, en el hall–, y desde luego durante, demostraron que Sandro es el único dios sin ateas entre las chicas de barrio de toda edad (quizás hasta le guste a Carmen Argibay).

P.D.: Esta cronista pide desde aquí públicamente perdón a Sandro por no haberse puesto de pie cuando la nombró –con generoso elogio– junto a otras colegas, cerca del final. Pero la timidez frente a esa enorme sala colmada y arrebatada se lo impidió. El cantante, con hidalguía, en vez de fastidiarse, pidió un aplauso para la vergonzosa. Gracias, Sandro, que la fuerza y la gracia te sigan acompañando.

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